1865: Los monstruos y los niños

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Don Bosco, San Juan Bosco, BoscoEl 24 de febrero Don Bosco decía a sus jóvenes en las buenas noches: Durante algunos días he estado lejos de vosotros, mis queridos jóvenes, y mi más vivo deseo es el de encontrarme siempre en su compañía, para hacerles el mayor bien posible, porque quiero consagrarme y sacrificarme en todo en beneficio suyo. Pero también cuando estoy ausente, trabajo por la casa y les puedo asegurar que en estos días he realizado más labor estando ausente, que la que habría hecho permaneciendo en el Oratorio. Tenía muchos asuntos que arreglar, muchas cartas a las que contestar, y ¿cómo podría haber hecho todo esto asediado por las mil audiencias y consultas a las que tengo que atender cuando me encuentro en casa? Pero aun estando lejos de vosotros he pensado siempre en mis queridos hijos rezando por ellos. ¿Habéis acordado vosotros de mí? ¿Habéis rezado por mis intenciones? Algunos, sí. ¿Y los otros? Pero… hagamos las paces. Los que no han rezado por Don Bosco, que lo hagan en adelante.

Me marché, pues, días pasados a Cúneo invitado por el señor Obispo, el cual me trató magníficamente; la primera noche, después de haber comido bien y bebido mejor (risas generales), llegó la hora de marcharse a dormir. Después de la cena, una buena cama, gusta, ¿no es cierto?

Yo le pedí permiso al señor Obispo para quedarme a la mañana del día siguiente un poco descansando, y él me respondió:
—Sí, sí, y desearía que no se levantase antes de las ocho y , media.
—¡Oh!, —repliqué—; me quedaré solamente hasta las seis y media; es suficiente para descansar.
—No, no; desearía que se levantase más tarde: a las ocho.

Y al fin determinamos que lo haría a las siete. Y así me marché a descansar a eso de las once. Me quedé dormido inmediatamente.

Y ¿qué quieren? Comencé a soñar según mi costumbre, y como donde está tu tesoro allí está tu corazón…

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…Soñé que me encontraba en el Oratorio, en medio de mis queridos hijos. Me pareció estar en mi habitación, sentado a mi mesa de trabajo, mientras los jóvenes jugaban en el patio. El recreo estaba muy animado, mejor dicho, animadísimo: los jóvenes gritaban, chillaban, saltaban de tal forma que aquello parecía el fin del mundo. Yo estaba contentísimo, pues me satisface ver a los muchachos entregados al recreo de esta forma, convencido de que cuando se enfrascan en el juego, el demonio, a pesar de sus argucias, nada tiene que hacer. Mientras gozaba, pues, al oír tal estrépito, noto que se hace un gran silencio, sin que yo supiera explicarme el motivo.

Me levanto asustado de la mesa para comprobar la causa de aquel cambio y apenas llego a la antesala, veo entrar por la puerta a un monstruo horriblemente feo, caminando con el hocico hacia el suelo y con los ojos clavados en la tierra. Parecía que no se hubiese dado cuenta de mi presencia, avanzando siempre en la actitud que adopta una bestia feroz cuando intenta lanzarse sobre alguno.

Temblé entonces pensando en mis queridos hijos y desde la ventana observé el patio para comprobar lo que había sido de ellos.

Entonces vi todo el patio lleno de monstruos semejantes al que había entrado en mi habitación, pero más pequeños. Mis jóvenes habían sido obligados a guarecerse muy lejos, junto a los muros y bajo los pórticos. Muchos estaban tendidos por el suelo, acá y acullá, pareciendo que estuvieran muertos. Ante aquel tan doloroso espectáculo lancé un grito de espanto tal que me desperté.

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Al oírme se despertaron los criados del señor Obispo, se despertó el señor Vicario y el mismo señor Obispo, que se habían asustado al escuchar aquel grito.

Mis queridos jóvenes: a los sueños en general no se les debe prestar fe alguna, pero cuando de ellos se puede sacar una conclusión moral, es provechoso hacer alguna reflexión sobre ellos. Yo procuro buscar siempre una aplicación a todas las cosas, por eso lo hago también así con los sueños.

Aquel monstruo parece que quiere significar el demonio, el cual procura continuamente nuestra ruina. De los jóvenes, unos caen y otros huyen. ¿Quieren que les enseñe a no tenerle miedo y a resistir sus asaltos?

¡Escuchen! No hay cosa que más tema Satanás que estas dos prácticas:

1- La Comunión bien hecha.

2- Las visitas al Santísimo Sacramento.

¿Queréis que el Señor les conceda muchas gracias?, visítenlo frecuentemente. ¿Queréis que les conceda pocas?, visítenlo pocas veces. ¿Queréis que el demonio los asalte?, visiten pocas veces a Jesús Sacramentado. ¿Queréis que huya de vosotros?, visiten frecuentemente a Jesús. ¿Queréis vencer al demonio?, acudan frecuentemente a los pies de Jesús. ¿Queréis ser vencidos?, dejen de visitar a Jesús. ¡Mis queridos jóvenes! La visita al Santísimo Sacramento es un medio muy necesario para vencer al demonio. Acudan, pues, frecuentemente a visitarlo y el demonio no les podrá vencer.

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