Novena a Domingo Savio: Día 06

Mira la novena breve a Santo Domingo Savio presionando aquíDomingo Savio, Santo Domingo Savio, Savio, Salesiano, Salesianos, Las Charcas, Parroquia Espíritu Santo, Novena

Señal de la Cruz

Acto de Contrición

Jesús mi Señor y Redentor, yo m arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar, y confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis culpas y me has de llevar a la vida eterna.

Oración Inicial

Señor Dios Padre Celestial: Tú que has suscitado en Santo Domingo Savio un modelo admirable para la juventud, un benefactor eficaz para los pobres y angustiados, y un generoso bienhechor para los que necesitan salud, empleo, facilidades de estudio, tranquilidad espiritual, conversión y otra gracia especial, y que con el auxilio de la Virgen María le has permitido hacer tantos y tan admirables prodigios en favor de los devotos que le rezan con fe, concédenos imitarlo en su gran interés por salvar las almas, y por obtener el mayor bien espiritual y corporal para el prójimo. Imitarlo también en su gran pureza, en su admirable alegría, y en el cumplimiento exacto de los deberes de cada día, y después, gozar de su compañía, junto a Ti en el cielo para siempre.

Por la intercesión de tan amable protector, concédenos las gracias que te pedimos en esta novena.

(Cada uno pida los favores que desea obtener)

Desde ahora aceptamos que se cumpla siempre y en todo tu Santísima Voluntad, pero te suplicamos humildemente que tengas misericordia de nosotros, remedies nuestros males, soluciones nuestras situaciones difíciles y nos concedas aquello que más necesitamos para nuestra vida espiritual y material. Todo esto te lo suplicamos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, quien contigo y en el Espíritu Santo, vive y reina y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Día Sexto: Las dos armas que los hicieron triunfar en los combates

Desde que estaba en la escuela ya le llamaban la atención aquellas palabras del profeta: ‘Un corazón arrepentido, Dios nunca lo desprecia’, y la promesa de Jesús a todos sus sacerdotes: ‘A todos los que perdonéis los pecados les quedan perdonados’; por eso desde la edad de ocho años se confesaba cada quince días, con especial arrepentimiento y propósito de ser mejor. Y apenas llegado al Oratorio de Turín escogió a Don Bosco como su confesor fijo; a él le contaba sus preocupaciones y sus buenos deseos, y con obediencia lo más perfecta que le era posible obedecía cuanto el confesor le ordenaba.

Don Bosco insistía siempre a sus jóvenes: ‘Nadie puede atravesar el desierto de la vida sin un guía. Así como los israelitas nunca hubieran podido llegar a la Tierra Prometida si no hubieran obedecido a Moisés que los guiaba, así un joven nunca podrá llegar a la santidad si no encuentra un sacerdote que lo vaya guiando y aconsejando’. Savio se propuso seguir exactamente todos los consejos que su confesor le daba, seguro de que se habría de cumplir lo que Cristo prometió a sus delegados: ‘El que a vosotros escucha a Mí me escucha’. Esto le sirvió muchísimo porque le evitó aquellos errores que los jóvenes cometen cuando no tienen una persona mayor que los guíe hacia la santidad.

Por algún tiempo sufrió la enfermedad de los principiantes: los escrúpulos, o sea, creer que es pecado lo que no lo es. Y así, quería confesarse cada cuatro días. Pero Don Bosco se lo prohibió y le insistía frecuentemente: ‘Si no puedes jurar sobre una Biblia que estás en pecado, es señal de que no lo estás. Vete a comulgar sin confesarte’. Así logró superar este mal que tantas angustias trae a ciertas almas.

Don Bosco repetía muchas veces a sus alumnos: ‘Los dos remos para que la barca de nuestra vida llegue al reino celestial son: Confesión y Comunión. El que comulga con frecuencia llegará el tiempo en que habrá desterrado de su vida aquellos pecados que más le disgustaban a Nuestro Señor’. Y no cesaba de recordarles las maravillosas promesas de Jesús: ‘El que coma mi Cuerpo tendrá la Vida Eterna y Yo lo resucitaré en el último día’.

Estas frases sonaban con sabor de Paraíso en los oídos de Domingo Savio. Él, desde el día de su Primera Comunión, se había propuesto comulgar cada domingo.

Estaba convencido de que en la Sagrada Hostia está el Cuerpo de Jesucristo con su sangre, su alma y su divinidad, y algunas veces decía a sus compañeros: ‘¿Qué más me falta para ser feliz? Ya he recibido en mi corazón al mismo Dios, a Jesús en persona. Ya lo único que me falta es verlo personalmente en el cielo’. Éste y otros pensamientos parecidos lo llenaban de felicidad.

De la Sagrada Comunión provenían aquella alegría, aquel gozo que lo acompañaba en todas sus acciones y palabras. Durante el día recordaba varias veces que había recibido a Jesucristo y que lo llevaba en su corazón, y se decía: ‘Tengo que portarme como uno que ha recibido a Nuestro Señor. Mi conducta debe decirle a los demás no con palabras sino con buenos ejemplos: He recibido a Jesús. Llevo a Cristo en mi corazón’.

Se preparaba muy bien a la Sagrada Comunión, orando y pensando en quién es el que nos visita en la Santa Hostia. Y antes de comulgar, cualquier tiempo le parecía corto para dar gracias a dios. Las más de las veces si no lo llamaban, se olvidaba del desayuno, del recreo y a veces hasta de la clase, quedando en oración, o mejor dicho, en contemplación de la bondad divina que de tal manera se nos comunica a nosotros de todo tan admirable en la Sagrada Eucaristía.

Era para él una delicia pasar un rato ante el Sagrario adorando la Sagrada Hostia en el templo. Nunca dejaba un día sin hacer una visita al Santísimo en la iglesia, y casi siempre iba acompañado de otros jóvenes a los cuales había invitado a ofrecer este acto de gratitud a Nuestro Señor.

Para comulgar con mayor fervor, se proponía cada día una intención especial, y por esa intención ofrecía su misa y su comunión. Así por ejemplo, el lunes ofrecía la comunión por todos los que le habían hecho favores materiales o espirituales. El miércoles comulgaba por la conversión de los pecadores. El jueves por las benditas almas. El sábado ofrecía la Sagrada Comunión a la Virgen María para pedirle protección en vida y en la hora de la muerte.

Ejemplo: El joven moribundo

Sucedió en 1857 en el primer colegio salesiano, el Oratorio de Turín.

Hallándose en plena clase uno de los alumnos cayó repentinamente al suelo como fulminado por un atroz dolor, a manera de un cólico que lo hacía retorcerse sin que fueran capaces los médicos de contener el mal, ni siquiera de aliviar el sufrimiento. Pronto estuvo ya agonizante aquel joven.

Don Bosco, que regresaba de la ciudad, fue conducido de inmediato a la cabecera del enfermo. Llegado allí dijo a cuantos se hallaban presentes: ‘¡Calma, aún no se le ha dado permiso para morir! Todos de rodillas, imploremos la intercesión de nuestro Domingo Savio’. Lo hicieron con gran fervor.

Repentinamente cesaron los gemidos del atormentado muchacho, que se sentó en su lecho con rostro radiante, declarando: ‘¡Ya estoy curado, me siento bien!’

‘Levántate ahora y ven a comer’, ordenó Don Bosco. El enfermero intervino: ‘Perdone, padre, pero creo que puede ser fatal que se levante a comer’. ‘¡Nada de eso!’ -replicó Don Bosco- ‘Domingo, que jamás hizo las cosas a medias, va a hacer ahora muy bien sus favores’.

No sólo fue el que estaba enfermo, acompañado de todos a comer, sino que pudo seguir asistiendo a clases sin sentir molestia alguna. Domingo Savio le había conseguido la curación completa.

Práctica

Pediré perdón a Dios por mis pecados, especialmente por aquellos que más repito”.

Himno y Gozos

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Oid el lema tan sagrado, de Jesucristo Redentor;
abajo el vicio y el pecado, viva el trabajo y la oración.
Ha de vencer la juventud cristiana, a las huestes sin fe, de Satán;
porque es su excelsa inmortal capitana, la Auxiliadora Celestial.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

A lucha cual Domingo Savio, supo valiente en la lid combatir;
siempre repitan como él nuestros labios, nunca pecar, antes morir.
Quiero vivir repitiendo, antes morir que pecar.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Gloria, oh Savio, a ti se cante, bella flor de juventud;
haz de nuestra alma tan amante, como tú de la virtud.
Por senda de lirios, que lleva al Edén,
invita a las almas, que anhelan el bien.
Oh angélico Savio, modelo gentil,
tu ejemplo enardezca, la edad juvenil.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

De tu bella juventud, oh Domingo, fue ideal;
el vivir venciendo al mal, y buscando la virtud.
La dulzura de tu vida, fue la Santa Eucaristía.
Y por eso fuiste fuerte, y por eso fuiste puro
como un ángel de alegría.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

De Don Bosco tu maestro, eres fúlgida victoria;
y aprendiste la sonrisa, que difunde las bellezas infinitas de la gloria.
Oh modelo juvenil, haz que crezca la pureza,
haz que crezca el heroísmo, y sigamos tus ejemplos
con amor y fortaleza.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Oración Final

Angélico Domingo Savio, que en la escuela de Don Bosco aprendiste a recorrer los caminos de la santidad juvenil, enséñanos a imitar tu amor a Jesús y María y tu celo por la salvación de las almas, y alcánzanos del Señor que practicando tu lema: “Antes morir que pecar”, podamos conseguir la salvación eterna. Tú que pasaste la vida amando a Dios y haciendo el bien a los demás, intercede ante el Señor para que si conviene para el bien de nuestra alma nos conceda la gracia que te estamos pidiendo en esta novena, y pídele a la Divina Bondad que después de una vida llena de buenas obras en esta tierra, logremos hacerte compañía alabando en el cielo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria

Santo Domingo Savio, ruega por nosotros.

Señal de la Cruz

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