Capítulo 05: Su conducta en la Escuela de Castelnuovo de Asti. Palabras de su maestro

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Frecuentando Domingo esta escuela, comenzó a aprender la conducta que debía observar respecto de sus compañeros. Si veía a uno atento, dócil, respetuoso que sabía siempre sus lecciones, cumplía bien sus deberes y merecía las alabanzas del maestro, éste era bien pronto amigo suyo. ¿Había, por el contrario, un niño díscolo, insolente, que descuidaba sus deberes, malhablado o que blasfemaba? Domingo huía de él como de la peste. A los que eran algo insolentes, los saludaba, les hacía algún favor siempre que se ofrecía el caso, pero no tenía con ellos ninguna familiaridad.

Su conducta en la escuela de Castelnuovo de Asti puede servir de modelo a todo estudiante que desee adelantar en las ciencias y en la virtud. A este propósito traslado aquí el concienzudo juicio de su maestro, el presbítero Alejandro Allora: «Me es muy grato dar mi opinión acerca del niño Domingo Savio el cual supo en breve tiempo ganarse toda mi benevolencia y a quien he querido con la ternura de un padre. Y no puedo menos de aceptar de mil amores tu invitación, porque aún conservo fresco el recuerdo de su aplicación, conducta y virtud.

»No puedo decir muchas cosas acerca de su piedad, porque, como vivía bastante lejos de este pueblo, estaba dispensado de intervenir en las congregaciones dominicales a las que hubiera dado mucho lustre con su ejemplo.

»Concluidos los estudios de la clase primera elemental en Murialdo, pidió y obtuvo fácilmente pasar a mi clase, la segunda elemental, cabalmente el 21 de junio de 1852, día en que los estudiantes celebran la fiesta de San Luis, protector de la juventud.

»Era Domingo algo débil y delicado de complexión, de aspecto grave y al par dulce, con un no sé qué de agradable seriedad. Era afable y de apacible condición y de humor siempre igual. Guardaba constantemente en la clase y fuera de ella, en la iglesia y en todas partes, tal compostura, que el maestro sentía la más agradable impresión con sólo verle o hablarle, lo cual es para un maestro una dulce recompensa de las duras fatigas que tiene a menudo que sostener en balde en el cultivo de los áridos y mal dispuestos ánimos de ciertos alumnos. Por lo que puedo decir que Savio fue sabio, de nombre y de hechos. Esto es, en los estudios, en la piedad, en el trato con los compañeros y en todas sus acciones.

»Desde el día primero en que entró en mi clase hasta el fin de aquel año escolástico y en los cuatro meses del curso siguiente, progresó de una manera extraordinaria en sus estudios. Obtuvo siempre el primer puesto de su sección y las demás distinciones honoríficas de la escuela, y casi siempre logró las mejores notas en todas las materias que se le iban enseñando. Tan felices resultados en el estudio de las ciencias no se deben solamente atribuir al talento nada común de que estaba dotado, sino también al grande amor que tenía al estudio y a la virtud.

»Es asimismo digna de especial admiración la diligencia con que procuraba cumplir los más insignificantes deberes de un estudiante cristiano, y especialmente su interés y puntualidad admirables en asistir a la escuela-, de suerte que, no obstante su delicada salud, recorría diariamente unos cuatro kilómetros de camino, haciéndolos cuatro veces entre idas y vueltas.

»Esto lo hacía con maravillosa tranquilidad de ánimo y serenidad de rostro, a pesar de la crudeza del frío, de las lluvias y de la nieve; cosa que no podía menos de ser conocida por el maestro como prueba de rara virtud. Enfermó, entre tanto durante el mismo año escolar 1852-53, y cambiaron sus padres sucesivamente de domicilio, lo que fue para mí motivo de verdadera pena, pues no pude así seguir la educación de este querido alumno de tan grandes y halagüeñas esperanzas que, por otra parte, se iban debilitando a medida que crecía en mí el temor de que no pudiera seguir sus estudios por falta de salud o de recursos. Mucho me alegré, pues, cuando supe que había sido admitido entre los jóvenes del Oratorio de San Francisco de Sales, puesto que así se le abría un camino para que no quedase inculto su claro ingenio y acendrada piedad».

Hasta aquí su maestro.

La relación de don Alejandro Allora, consignada en las actas del proceso (p.447-450), fue por él enviada a Don Bosco el 25 de agosto de 1857, el mismo año de la muerte. El biógrafo tomó de ella lo que hacía al caso, ordenando mejor la materia y mejorando la forma de expresión.

Comentario especial merecen las palabras congregaciones dominicales. A tenor del Reglamento Albertino de 1831, abolida en 1859, eran obligatorias para los alumnos las reuniones o congregaciones dominicales, de las que estaban dispensados los que residían en alejados arrabales, como precisamente le ocurría a Domingo Savio. El mismo reglamento imponía también la asistencia diaria a la misa antes de la escuela.

Después de afirmar que «casi siempre logró las mejores notas», añade el maestro: «Como atestiguan los registros escolares que aún hoy se conservan». Palabras que Don Bosco no juzgó necesarias y que, por lo mismo emitió.

Por último, recordando hacia el fin de su relación una visita que hizo al Oratorio, «tal vez en el año 1854», dice don Allora: «Allí volví a ver a este óptimo discípulo mío dedicado al estudio, y supe que, llegado a muchacho, no había abandonado en absoluto el camino de la sabiduría y que, precisamente por sus virtudes y raros méritos en los estudios, se había captado la benevolencia de los superiores y el favor de algún bienhechor que le daba la mano para poder terminar su carrera».

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