1865: La viña

San Juan Bosco, Don Bosco, Sueños de Don Bosco, Salesiano, Parroquia Espíritu Santo, Las CharcasEl 16 de enero, Don Bosco habló así a los jóvenes del Oratorio, después de las oraciones de la noche:

La mitad de enero ha pasado ya. ¿Cómo hemos empleado el tiempo? Esta noche, si les parece bien, les contaré un sueño que tuve anteayer.
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Me pareció encontrarme de viaje en compañía de todos los jóvenes del Oratorio y de otros muchos a los cuales no conocía. Nos detuvimos a desayunar en una viña y todos mis acompañantes se desparramaron por acá y por allá para comer fruta. Unos comían higos, otros uvas; quiénes albaricoques, quiénes guindas. Yo estaba en medio de mis muchachos y cortaba racimos de uva, cogía higos y los distribuía entre todos, diciendo:

—Para ti; toma y come.

Me parecía que estaba soñando y sentía que así fuese, pero al fin me dije:

—Sea lo que fuere, dejemos que los jóvenes coman.

Entre las hileras de las vides estaba el dueño.

Cuando restauramos nuestras fuerzas, proseguimos la marcha atravesando la viña; el camino era difícil. La viña, como acontece ordinariamente, ofrecía en toda su amplitud profundos surcos, de manera que unas veces había que subir, otras teníamos que bajar y, de cuando en cuando, menudeaban los saltos. Los más fuertes lo hacían con facilidad, pero los más pequeños al intentarlo caían al foso. Esto me disgustaba sobre manera, por lo que mirando a mi alrededor encontré un camino que bordeaba la viña. Entonces me dirigí hacia él en compañía de todos mis jóvenes.

Pero el dueño de la viña me detuvo y me dijo:

—Mire, no vaya por ese camino; es impracticable, está cubierto de piedras, de espinas, de fango y de fosos; continúe por el camino que había elegido anteriormente.

Yo le repliqué:

—Tiene razón; pero estos pequeños no pueden andar a través de esos surcos.

—¡Oh!, eso pronto se arregla —continuó el otro—; que los mayores lleven a cuestas a los menores y podrán saltar aunque vayan cargados con tal peso.

No me convencí de lo que me acababa de decir y me dirigí con todos mis jóvenes al límite de la viña, junto al camino que había visto y comprobé que mi interlocutor me había dicho la verdad. El camino era infame, impracticable. Vuelto a Don Francesia. le dije: —Incidit in Scyllam qui vult vitare Charibdim.

Y fue forzoso, tomando por un sendero, atravesar de la mejor manera posible toda la viña, siguiendo el consejo del dueño de la misma.

Al llegar al final nos encontramos con un tupido vallado de espinas y nos abrimos en él un paso con mucha dificultad; bajando por una pendiente nos hallamos después en un valle amenísimo, lleno de árboles y cubierto de jugosos pastos. En medio de aquel prado vi a dos jóvenes antiguos alumnos del Oratorio, los cuales, apenas me divisaron se dirigieron a mí y me saludaron. Nos detuvimos a hablar y uno de ellos, después de cambiar conmigo algunas impresiones:

—¡Mira qué hermosura!— me dijo, enseñándome dos pájaros que tenía en la mano.

—¿Qué pájaros son esos?—, le pregunté.

—Una perdiz y una codorniz que he cogido.

—¿Está viva la perdiz?—, le pregunté nuevamente.
—¡Claro! ¡Mírala!—, me dijo mientras me entregaba una hermosísima perdiz de algunos meses.

—¿Come sola?

—Ya empieza a hacerlo.

Y mientras le daba de comer me di cuenta de que tenía el pico dividido en cuatro partes. Le manifesté mi extrañeza, preguntando a aquel joven el motivo de aquel fenómeno.

—¿Cómo? —me replicó—. ¿Don Bosco no sabe eso? Lo mismo significa el pico de la perdiz dividido en cuatro partes, que la misma perdiz.

—No comprendo.

—¿Que no comprendes habiendo estudiado tanto? ¿Qué nombre se le da a la perdiz en latín?

—Perdix.

—Pues ahí tiene la clave del misterio.

—Hazme el favor de hablar claro.

—Mire: fíjese en las letras que componen el vocablo perdix. P quiere decir perséverantia; E, Aeternitas te expectat; R, Referí unusquisque secundum opera sua, prout gessit, sive bonum, sive malum; D, Dempto nomine. Echada a un lado la fama, la gloria, la ciencia, la riqueza. I, significa ¡bit. He aquí lo que representan las cuatro partes del pico: los novísimos.

—Tienes razón, he comprendido; pero, dime: ¿Y la X dónde la dejas? ¿Qué quiere decir?

—¿Cómo? ¿Habiendo estudiado tantas matemáticas no sabe qué quiere decir la X?

—Sé que la X representa la incógnita.

—Pues bien, cambie el término y llámelo lo desconocido: Irá a un lugar desconocido (in locum suum).

Sin salir de mi asombro y mientras atendía a estas explicaciones, fe pregunté:

—¿Me regalas esta perdiz?

—Sí; con mucho gusto. ¿Quiere ver también la codorniz?

—Sí; enséñamela.

E inmediatamente me presentó una hermosa codorniz, al menos eso parecía. La tomé en mis manos, le levanté las alas y vi que estaba toda cubierta de llagas y, poco a poco, se fue tornando tan fea y asquerosa, despidiendo un hedor tan pestilente que provocaba náuseas.

Entonces pregunté al joven qué significaba aquel cambio.

Y me respondió:

—¡Vos sois sacerdote y no sabéis estas cosas! ¡Vos que habéis estu-diado Sagrada Escritura! ¿Recordad cuando los hebreos, estando en el desierto, murmuraron de Dios y él Señor les mandó codornices y comieron de ellas, y aún las estaban gustando, cuando millares de ellos fueron castigados por la mano divina? Por tanto, este animal quiere decir que mata más gente la gula que la espada y que el origen de la mayor parte de los pecados proviene de este vicio.

Entonces di las gracias al joven por sus explicaciones.

Entretanto, en los vallados, sobre los árboles, entre la hierba, iban apareciendo perdices y codornices en gran número; unas y otras semejantes a las que tenía en la mano mi joven acompañante. Los muchachos comenzaron a cazar procurándose así la comida.

Después continuamos el viaje. Todos los que comieron perdices se tornaron robustos y pudieron seguir adelante. Cuantos comieron codornices se quedaron en el valle, dejaron de seguirme y, a poco, los perdí de vista, no volviéndoles a ver más.

Pero de pronto, mientras caminaba, la escena cambió por completo.

Me pareció estar en un inmenso salón más grande que el Oratorio, comprendido el patio; todo aquel local estaba ocupado por una gran multitud de personas. Miré a mi alrededor y no conocí a nadie, no había allí ni un solo individuo del Oratorio.

Mientras estaba contemplando todo aquello sin poder salir de mi extrañeza, se me acercó un hombre diciéndome que había un pobrecito que estaba gravemente enfermo, en peligro de muerte, que tuviese la bondad de ir a confesarlo. Yo le respondí que con sumo gusto lo haría; y sin más lo seguí.

Entramos en una habitación y me acerqué al paciente; comencé a confesarlo, pero viendo que se iba debilitando poco a poco y temiendo que se muriese sin la absolución, corté por lo sano y se la di. Apenas lo hube hecho, el desgraciado murió. Su cadáver comenzó inmediatamente a despedir mal olor, hasta tal punto que era imposible soportarlo. Entonces dije que era necesario enterrarlo cuanto antes y pregunté por qué hedía de aquel modo. Me fue respondido:

—El que muere tan pronto, pronto es juzgado.

Salí de allí. Me sentía muy cansado y pedí que me dejasen des-cansar.

Me aseguraron que inmediatamente sería complacido y me hicieron subir por una escalera que conducía a otra habitación.

Al entrar en ella vi a dos jóvenes del Oratorio que hablaban entre sí; uno de ellos tenía un envoltorio. Les pregunté:

—¿Qué tienes ahí? ¿ Qué haces aquí?

Me pidieron excusas por encontrarse en aquel lugar, pero no me respondieron a lo que les había preguntado. Yo les volví a decir:

—Les he preguntado que por qué se encuentran aquí.

Ellos se miraron y después me dijeron que prestase atención.
Seguidamente abrieron el envoltorio y sacaron de él, extendiéndolo, un paño fúnebre. Yo miré a mi alrededor y vi en un rincón tendido y muerto a un joven del Oratorio. Pero no lo reconocí.

Pregunté a los dos jóvenes quién era, pero se excusaron y no me lo quisieron decir. Me acerqué al cadáver; observé su rostro: por un lado me parecía conocerlo, y por otro, no; así que no pude identificarlo.

Decidido entonces a saber quién era, fuere como fuere, bajé de nuevo la escalera y me encontré en el gran salón. La multitud de gente desconocida había desaparecido y en su lugar estaban los jóvenes del Oratorio. Apenas éstos me vieron se apiñaron a mi alrededor diciéndome:

—Don Bosco, Don Bosco, ¿no sabe? Ha muerto un joven del Oratorio.

Yo les pregunté el nombre del difunto y ninguno quiso contestarme; los unos me mandaban a los otros, nadie quería hablar. Pregunté con mayor insistencia, pero se excusaban y no me lo querían decir. En tal estado de inquietud, después de haber fracasado en mi intento, me desperté encontrándome en mi lecho.

El sueño había durado toda la noche, y por la mañana me encontré tan cansado y maltrecho que en realidad parecía que había estado viajando toda la noche.

Deseo que las cosas que les cuento no salgan del Oratorio; hablen de ellas entre Vosotros todo cuanto quieran, pero que queden siempre en casa.
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Al día siguiente de haber contado este sueño, Don Bosco marchó a Lanzo para visitar el Colegio allí existente, y habiendo regresado el 18 al Oratorio, después de las oraciones, dijo a los jóvenes, entre otras cosas:

«Ciertamente que desearán saber algo sobre el sueño que les conté antes de mi marcha. Solamente les voy a explicar el significado de la perdiz y de la codorniz. La perdiz es la representación de la virtud, y la codorniz, del vicio. Esto último lo pueden deducir del hecho de que la codorniz fuera tan bella exteriormente y después, vista de cerca, apareciera cubierta de lla-gas debajo de las alas y despidiera un hedor insoportable: todas estas cosas representan las acciones deshonestas. Entre los jóvenes, unos comían con avidez y glotonería la carne de la codorniz, a pesar de estar en mal estado; son los que se entregan al vicio del pecado. Los que preferían la perdiz son los que tienten temor a la virtud y la practican. Algunos tenían en una mano la perdiz y en la otra la codorniz, y comían de esta última; son los que conociendo la belleza de la virtud no quieren aprovecharse de la gracia de Dios para hacerse buenos. Otros, teniendo en una mano la perdiz y en la otra la codorniz, comían la perdiz, lanzando miradas codiciosas a la codorniz; tales son los que siguen la virtud pero con desgana, como por fuerza; de éstos se puede asegurar que si no cambian de proceder, una vez u otra caerán. Otros comían la perdiz mientras veían a la codorniz saltar delante de ellos sin darle importancia ni hacer caso; son ¡os que siguen la senda de la virtud y aborrecen el vicio, considerándolo con desprecio. Otros comían un poco de codorniz y un poco de perdiz, y son los que alternan entre el vicio y la virtud y así se engañan con la esperanza de no ser tan malos.

Vosotros me diréis: ¿Quién de nosotros comió la codorniz y quién la perdiz? A muchos ya se lo he dicho; los demás, si quieren saberlo, que vengan a verme y se lo diré».

He aquí el comentario de Don Lemoyne:

«¿Qué diremos nosotros del sueño anteriormente referido?

Don Bosco, según su costumbre, no refirió todas sus circunstancias; no dio todas las explicaciones, limitándose a lo relacionado con la conducta de sus jovencitos y a alguna previsión sobre el porvenir. Y, con todo, estudiando sus palabras, si no nos equivocamos, vemos que en ellas resaltan tres ideas; El Oratorio, la Pía Sociedad y las Ordenes Religiosas.

Vamos a exponer algunos de nuestros pensamientos, remitiéndonos al juicio de los más expertos:

1º —La viña es el Oratorio. Don Bosco, en efecto, distribuye como dueño, toda suerte de frutas a los jóvenes. Se trata de una de aquellas viñas espirituales predichas por Isaías en el Capítulo XLV: “Plantarán las viñas y comerán el fruto. Plantabunt vineas et comedent fructus earum. La escena sucede evidentemente en plena vendimia.

2º —El viaje de Don Bosco; el consejo del dueño de la viña, a saber, que los más robustos, o sea los Salesianos, llevasen sobre sus hombros a los más pequeños, ¿no podría indicar la necesidad de que el tirocinio espiritual de los congregantes no estuviese del todo separado de la vida activa?

Y el sendero de la viña que bordea el camino, siguiendo la misma dirección e idéntica meta, ¿no puede simbolizar el nuevo instituto fundado por Don Bosco?

3º —La perdiz. Uno de los caracteres de este animal es la astucia. Cornelio a Lapide comentando el capítulo XVII de Jeremías, cita la epístola XLVII de San Ambrosio, en la que se describen la astucia y artes, a veces afortunadas, de la perdiz para huir del cazador y para salvar su nido. La frase que con frecuencia solía Don Bosco repetir a sus hijos, era precisamente ésta ¡Sed astutos! Con esto les quería indicar, como medio para huir de los lazos del demonio, el recuerdo de la eternidad.

4º —La codorniz. El vicio de la gula es la muerte de las vocaciones.

5º —La gran sala y la multitud que la ocupaba, personas todas desconocidas para el Santo, debían tener un significado especial y alguna particularidad interesante. Don Bosco no creyó oportuno decir palabra alguna sobre ello. ¿No podría tener relación con la futura obra de los Cooperadores Salesianos?

6º —En cuanto al enfermo moribundo, Don Bosco nos dijo algún tiempo después a nosotros los sacerdotes: «Era un ex alumno del Oratorio de! que quiero pedir informes para ver si en realidad ha muerto».

7º —¿Y el joven muerto? Parece que se trata de Don Ruffino, tan amado por Don Bosco; lo que explicaría la actitud de los jó-venes al no querer comunicar la noticia. El [Santo] no lo reconoció; en cambio, el sueño lo preparaba para tan sentida pérdida, sin amargarle con una doloroso realidad. Don Ruffino era un ángel de virtud y en aquellos días se encontraba bien. Pero murió el 16 de julio de aquel mismo año. Expuestas nuestras opiniones —concluye Don Lemoyne—, dejando que unusquisque abundet in sensu suo, continuemos fe lectura de cuanto nos ofrecen las crónicas.

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