Santoral

04 de agosto: San Juan María Vianney

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Santoral, Santo del DíaSan Juan María Vianney

Es el patrono de los párrocos, que son los sacerdotes que cuidan de una parroquia en el nombre del Señor.

Lo bautizaron el mismo día de su nacimiento, el 8 de mayo de 1786. Era el cuarto hijo de una familia de campesinos de Dardilly, junto a Lyon (Francia). El pequeño Juan María se crió en un ambiente de religiosidad sencilla. Era monaguillo en la iglesia del pueblo, pero cuando el gobierno de la Revolución Francesa cerró la iglesia en 1793, todos los fieles se quedaron sin poder asistir a las celebraciones y sin sacramentos. Por eso todos los parroquianos solicitaron que se volviese a abrir y lo lograron a los dos años. Su padre lo dedicó a ser pastor del rebaño. Durante varios años fue su oficio y no tuvo posibilidades de ir a la escuela.

En otoño de 1799 hizo la Primera Comunión. Se preparó muy bien con los sacerdotes misioneros que actuaban en un pueblo vecino, ya que el párroco del pueblo era uno de los que habían hecho el juramento que exigía el gobierno y eso los apartaba de la Iglesia Católica.

Quería ser sacerdote, pero no tenía estudios y eso era una gran dificultad. Así que se puso bajo la protección del cura de Ecully, un pueblo cercano, el abate Belley, que tuvo una gran influencia en su vida.

El abate Belley lo volvió a acoger y empezó a enseñarle la teología, la ciencia de Dios, en francés. Y por ahí las cosas marcharon mejor. El mismo abate Belley pidió al obispo que Juan María fuese ordenado sacerdote, para estar con él en la parroquia de Ecully. Y así fue: lo ordenaron sacerdote el 13 de agosto de 1815 en Grenoble (Francia). Se quedó en Ecully como sacerdote.

Cuando murió el abate Belley, Juan María fue enviado al pueblo de Ars, como párroco. Y allí, despacio, despacio, fue cambiando todo. Hizo que todo el pueblo fuese a misa los domingos, instituyó la cofradía del Rosario, la del Santísimo Sacramento, las catequesis a los niños, creó una escuela para ellos, fundó un orfanato para niñas y un internado, adecentó la iglesia. Y sobre todo, llevó una vida santa, de mucha oración, amor al prójimo y dedicación a hacer el bien.

Pero en lo que más destacó fue en el sacramento de la Penitencia. Se pasaba horas y más horas confesando y, con el tiempo, no sólo a sus feligreses de Ars, sino a una multitud de gente forastera que acudían a confesarse con el santo cura. Hubo que mandarle un sacerdote para que se encargase de la parroquia mientras que él sólo atendía a las confesiones.

Murió el 4 de agosto de 1859, agotado y dulcemente. El Papa Pío XI lo proclamó santo el 31 de mayo de 1925.

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