Meditación para el día viernes: El Paraíso

Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco, Parroquia Espíritu Santo, Las CharcasCuanto más grande es el temor que produce el pensar en el infierno, tanto mayor consuelo y alegría se sienten al pensar en el Paraíso que Dios tiene preparado a quienes se esfuerzan por llevar en esta vida una conducta que a Él lo deje contento y satisfecho.

Jesús nos prometió: “Me voy a prepararles un sitio, y cuando les haya preparado un sitio vendré y los llevaré para que donde yo estoy, esten también ustedes. En la casa de mi Padre en el cielo hay sitio para todos ustedes”.

Y nos recomendaba: “Alégrense porque su gloria será grande en el Reino de los cielos”.

Para hacerte una ligera idea de l o que es el cielo, contempla una noche serena y llena de estrellas. Qué hermoso es el cielo, con tanta multitud y variedad de astros! Contempla un atardecer coloreado con los más hermosos arreboles, o un amanecer entre cantos de aves, frescura y aguas cristalinas que corren suavemente.

Imagina cuanto de hermos y deslumbrante pueda encontrarse en el mar, en las montañas, en los valles, en las más modernas ciudades, en los palacios más elegantes de los grandes millonarios…añade a todo esto las bebidas exquisitas, las comidas más sabrisas, las músicas más agradables, una alegría total y duradera. Una salud perfecta, un amar siempre a todos y sentirse amado por todos, especialmente por el buen Dios. Y esto para siempre, para siempre.

El Señor ha prometido: “su tristeza se convertirá en gozo y su gozo, nadie se lo quitará”.

Cuan deseable y amable es aquel estar donde se goza de todo por toda la eternidad y no se sufre ningún mal. Los que están en el cielo repiten lo que dijo San Pedro en el Tabor: “Señor, qué bueno es estar aquí”.

Detente un momento a pensar cuán grande será la alegría que sentirá tu alma al entrar en el Paraíso. Saldrán a recibirte, después de Dios, tu Creador , y de Cristo tu redentor, la Santísima Virgen, los ángeles y muchos santos, especialmente aquellos santos que más honraste en esta vida. Vendrán a saludarte festivos todos aquellos familiares tuyos que se hayan salvado, y tantos amigos buenos y conocidos y las personas que lograste ayudar y salvar con tus palabras y oraciones. ¡Qué grato encuentro será aquel!

Verás extasiado la inmensa y maravillosa belleza de Dios, y de sus querubines, ángeles santos y serafines. San Pablo decía: “Ningún ojo ha visto jamás aquí en la tierra, ningún oído ha escuchado nunca lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”.

Oirás el coro inmenso y soberanamente agradable de los millones de ángeles y santos que alaban a su Creador. Te encontrarás con el selecto grupo de los apóstoles, con el inmenso ejército de los mártires que derramaron su sangre por amor de Cristo y con la multitud incontable de santos y santas que prefirieron morir antes que pecar y en quienes se ha cumplido la profecía de Daniel: “Los que enseñaron a otros a ser buenos, brillarán como estrellas por toda la eternidad”. Allí encontrarás un enorme grupo simpático de jóvenes con vestiduras balquísimas y rostros más brillantes que el sol, por haber conservado la santa virtud de la pureza.

Allí se cumple lo que prometió el Señor: “Ya no volverán a tener hambre, ni sed, ni frío, y Dios emjugará toda lágrima de sus ojos”.

Oh cuánto gozan los que están en el cielo: Siempre alegres. Amando santamente y siendo amados. Sin enfermedades, sin disgustos ni preocupaciones. Siempre jóvenes. Sin peligro de pecar. Viendo a Dios día por día y gozando de su Santísima presencia en compañía de los seres más selectos de todo el universo. ¡Y para siempre!

Pero recuerda que tu más grande e intensa alegría en el cielo será ver a Dios y amarlo. “En esto consiste la vida eterna decía Jesús en que te conozcan a Tí, oh Padre y a tu enviado Jesucristo”

Tu más gande gozo será ver a Dios, amarlo y sentir que Dios te ama inmensamente, Él será tu consuelo y tu alegría y llenará tu alma de una dicha tan grande como jamás habías imaginado.

Así como el sol llena de luz y de vida a toda la tierra, así Dios con su presencia llena de gozo eterno a todos los que viven en el Paraíso y les proporciona inenarrables alegrías.

El profeta Davide pensando en el cielo exclamaba: “Señor, cuán amables son tus moradas, más prefiero un día en tu casa santa, que mil días en casas de pecadores”.

Y el profeta Isaías dice que en el cielo los ángeles y santos le cantan a Dios diciendo: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”.

San Pablo nos recuerda: “No hay compaaración entre lo poco que tenemos que sufrir en esta tierra, con lo mucho que vamos a gozar en el cielo. Por un poco de penar aquí en la vida recibiriremos un peso de gloria incomparable”.

Ánimo: ahora tendrás que esforzarte y sufrir y aguantar, como el atleta o el deportista que sube la empinada cuesta. Pero después como a él, te espera la copa del vencedor, la corona del campeón. El premio que te espera en el PAraíso recompensará infinitamente todo lo que hayas hecho y sufrido en la tierra. Qué gran consuelo sentirás cuando al llegar al cielo puedas exclamar con gozo: “Eternamente estaré en tu Casa, Señor”.

En el cielo bendecirás para siempre el momento en el que te propusiste dedicarte a luchar decididamente contra el pecado, el día en el que hiciste una buena y santa confesión; las veces que comulgaste con fervor; el valor que tuviste para dejar de tratar con malas amistades, con toda persona que te llevaba a ofender a Dios. Bendecirás mil veces las limosnas generosas que repartiste entre los templos y los pobres, las oraciones que rezaste mañana, tarde y noche, los buenos libros que leías y repartías, el deber cumplido cada día, el buen trato y amabilidad que supiste repartir entre familiares y compapñeros. Y dirás con gran alegría: ¡Oh Señor!: que felices son los que se preocupan por ser tus amigos. Felices en la tierra y felices en el cielo para siempre. Amén.

Oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal, Amparadme y guiadme a la Patria Celestial.

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