Un mes con Domingo Savio – Día 20: “Sus dos mejores amigos y Mamá Margarita parten al cielo”

Santo Domingo Savio, Domingo Savio, Salesiano, Salesianos, Santidad SalesianaEn el oratorio todos eran amigos de Domingo, sin embargo, sus amigos preferidos eran los socios de la Compañía de la Inmaculada. Y entre estos, había un grupito muy contado, con los que había contraído una amistad del todo particular.

“El que encuentra un buen amigo, ha encontrado un tesoro”, dice el Eclesiástico (6,14).

Don Bosco vio siempre con buenos ojos aquella amistad de Domingo, sobre todo por esa labor de apostolado que llevaba a cabo en el oratorio.
Dos amigos sobre todo, merecen mención especial y la haremos aquí, guiándonos por lo que dice Don Bosco en la biografía de Domingo Savio.

CAMILO GAVIO

Este joven había venido a la ciudad de Turín para continuar sus estudios de pintura y escultura, para los que tenía una disposición particular. Don Bosco lo recibió en el oratorio dándole posibilidades de ir a la ciudad para hacer sus estudios. Todo comienzo es difícil y a Camilo se le veía triste y abatido por los patios y pórticos del oratorio. Domingo lo ve, se le acerca, y entabla un diálogo con él… dando así inicio a una amistad maravillosa y profunda. Fue a Camilo Gavio, a quien Domingo respondió con aquella frase imperecedera: “nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre muy alegres”, cuando a él le preguntó cómo podría hacerse santo en el oratorio. Camilo había padecido una afección cardiaca que lo puso al borde del sepulcro y de cuando en cuando tenía sus momentos depresivos. Ahora, lejos de la casa, y en un ambiente nuevo, la tristeza se le hacía insoportable.

Desde ahora en adelante Camilo será otro, gracias a la ayuda espiritual y a los buenos consejos de Domingo. Pero la enfermedad reapareció pronto y lo obligó a suspender sus estudios. Domingo fue a visitarlo varias veces para hacerle compañía y llevarle un poco de consuelo. Finalmente, después de haber recibido la unción sagrada, murió santamente, a fines de diciembre de 1856. Domingo lloró desconsolado, pero con una gran conformidad, la muerte del amigo bueno y fiel; y como se lo había prometido oró con mucho fervor por su alma.

JUAN MASSAGLIA

Había entrado al oratorio de Don Bosco el 18 de noviembre de 1853, a la edad de 15 años. Domingo entró el 29 de octubre de 1854 y desde el principio contrajeron una sana y sincera amistad.

-Nosotros vamos a ser sacerdotes- le decía Domingo- y debemos prepararnos bien desde ahora. Vamos a corregirnos mutuamente nuestros defectos. Cualquier falta que notemos entre nosotros nos la decimos con entera confianza.

Massaglia gozaba de buena salud y estaba siempre alegre. Al terminar brillantemente el curso de humanidades, tuvo la satisfacción de recibir de manos de Don Bosco el hábito eclesiástico. Domingo compartió con el amigo esas horas de alegría.

-Pronto -dijo Massaglia a Domingo- también tú podrás llevar también la sotana.

Pero un repentino mal cambió el rumbo de las cosas. Todo comenzó con una simple gripe que no mejoraba. Don Bosco prefirió mandarlo a su casa y lo que pareció ser un simple mal se transformó rápidamente en la enfermedad que habría de llevarlo en poco tiempo a la tumba. Massaglia murió el 20 de mayo de 1856. Había cumplido los 18 años de edad. Dejó una profunda impresión en todos los que asistieron a su agonía. Murió como un santo. Todos lloraban desconsolados y en la casa conservaron intacta, como preciosa reliquia, la cama donde Juan pasó los últimos años de su vida. Tan dura y dolorosa fue esta pérdida para Domingo, que lo lloró durante varios días, y pasaba largos ratos orando por el amigo. Sus dos amigos más íntimos habían muerto.

La salud de Domingo, que ya estaba bastante delicada, se resintió fuertemente. ¿Cuándo iré yo también a unirme contigo y con Camilo en el cielo? Era el grito desgarrador que brotaba de aquel corazón golpeado por un dolor profundo, ante la tumba del amigo.

“Esta fue la primera vez que vi aquel rostro angelical entristecerse de verdad y llorar amargamente de dolor”, escribió Don Bosco más tarde refiriéndose a la pena de Domingo por la muerte de su amigo Massaglia.

Don Bosco, en la biografía que escribió sobre Domingo Savio, hizo del conocimiento público una carta que escribió Massaglia a Domingo desde su lecho de muerte.

“Querido amigo: Pensaba permanecer solamente algunos días en mi casa y volver pronto al oratorio por cuya razón dejé allí todos mis libros; pero veo que las cosas van despacio y el resultado de mi enfermedad es cada día más incierto. El médico me dice que voy mejorando. A mí me parece que estoy empeorando. Veremos quién tiene razón. Querido Domingo, estoy sumamente afligido por hallarme lejos de ti y del oratorio, y porque no tengo comodidad de cumplir con mis prácticas de piedad. Unicamente me consuela el recuerdo de aquellos días que pasábamos juntos preparándonos para acercarnos a la santa comunión. Espero sin embargo, que, si estamos separados por el cuerpo, no lo estemos por el espíritu. Te ruego entre tanto que tengas la bondad de ir hasta el salón de estudio y revises mi pupitre. Allí encontrarás algunos cuadernos y el “Kempis” o sea “De imitatione Christi” (La Imitación de Cristo). Haz un paquete con todo y mándamelo. Fíjate bien que este libro está escrito en latín, pues aunque me agradaba la traducción, es siempre una traducción, y no encuentro ahí el gusto que pruebo en el original latino. Estoy aburrido de no hacer nada. Con todo, el médico me tiene prohibido estudiar. Doy vueltas por mi cuarto y a menudo digo entre mí: ¿sanaré de esta enfermedad? ¿veré nuevamente a mis compañeros? ¿será ésta mi última enfermedad? Sólo Dios lo sabe. Creo de todos modos que estoy preparado y dispuesto en los tres casos a hacer la santa voluntad de Dios. Si tienes algún consejo, no dejes de escribírmelo. Dime cómo estás de salud y acuérdate de mí en tus oraciones, especialmente cuando recibas la santa comunión. Animo, amigo mío. Cuento con tu amistad sincera y de todo corazón. Si no podemos vivir por largo tiempo juntos en la tierra, sí podemos vivir felices en agradable compañía allá en el cielo. Saludos a nuestros amigos y especialmente a los socios de la Compañía de la Inmaculada. El Señor esté contigo y créeme siempre tu afmo. Juan Massaglia.”

Domingo cumplió fielmente con el encargo del amigo y lo acompañó con la siguiente carta:

“Querido Massaglia: Muy grata me ha sido tu carta, porque desde tu partida no teníamos noticias tuyas, y yo no sabía si rezar el Gloria Patri o el De Profundis. Ahí van los objetos que me pides. Sólo debo notarte que el Kempis es un buen amigo, pero que, como está muerto, en donde lo ponen allí se queda. Es, pues, preciso que tú lo busques, lo sacudas y lo leas, haciendo lo posible por poner en práctica los consejos que ahí encuentres. Suspiras por la comodidad que tenemos nosotros aquí para cumplir nuestras prácticas de piedad. Y tienes razón. Cuando voy a Mondonio, me aflige a mí la misma pena. Procuro entonces suplir esta deficiencia, haciendo cada día alguna visita a Jesús Sacramentado y llevando conmigo a cuantos compañeros puedo. Además del “Kempis” leo el “Tesoro Escondido de la Santa Misa”, del Beato Leonardo. (San Leonardo de Puerto Maurizio). Si te parece, haz tú lo mismo. Me dices que no sabes si volverás a verme en el oratorio. Pues bien, has de saber que el armazón de mi cuerpo está también muy deteriorado, y todo presagia que me acerco rápidamente al término de mis estudios y de mi vida. De todos modos, hagamos así: roguemos mutuamente el uno por el otro para que ambos podamos tener una buena muerte. El primero que muera le preparará un puesto al amigo y le dará la mano para que suba al cielo. Dios nos conserve siempre en su santa gracia y nos ayude a santificarnos pronto, porque temo que nos falte tiempo. Todos nuestros amigos suspiran por tu vuelta al oratorio y te saludan afectuosamente en el Señor. Tu afectísimo, Domingo Savio”.

A la muerte de sus amigos más íntimos, se unió la de Mamá Margarita, la cual entregaba su alma a Dios en el oratorio, el 25 de noviembre de 1855. Domingo Savio, tan apreciado por ella, sentía, a su vez, hacia ella un gran afecto. Esta muerte lo afectó en lo más profundo de su ser.

PALABRAS DE DOMINGO SAVIO

Tengo que correr, de lo contrario la noche me va a sorprender en el camino. (Refiriéndose a que le quedaba poco tiempo de vida)

PISTAS DE REFLEXIÓN

¿Has perdido a un ser querido? ¿ Elevas una oración por su alma?

Recuerda que la Iglesia nos pide que oremos por los difuntos, para que su alma encuentre el descanso en el Señor.

ORACIÓN

Tú que fuiste un santo desde tu nacimiento y supiste siempre entregarte al Señor sin miedo, ayúdame a que yo también me entregue a Él y deposite en sus manos mi confianza absoluta. Guíame, Domingo, para que mis pasos me conduzcan por buenos caminos; para que pueda descubrir que en la alegría se encuentra la santidad y que, con amabilidad y amor, debo hacerlo todo en nombre de Dios.

Domingo, se siempre mi modelo a seguir y que mi única preocupación sea no pecar, para que así, con mis actos pueda agradar al Señor y honrarlo con mi vida entera para que, al final de la misma pueda como tú alcanzar la santidad. Amén.

Santo Domingo Savio, ayúdame a ser como tú.

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