1860: Las catorce mesas

San Juan Bosco, Don Bosco, Sueños, SalesianoEl 5 de agosto de 1860 se celebró en el Oratorio con toda solemnidad la festividad de Nuestra Señora de las Nieves.

San Juan Bosco cerró la jornada narrando después de las oraciones de la noche, el siguiente sueño:

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«Se encontraban todos mis jóvenes en un lugar tan ameno como el más hermoso de los jardines, sentados ante unas mesas que ascendiendo desde la tierra en forma de gradas, se elevaban tanto que casi no se divisaban las últimas. Dichas mesas, largas y espaciosas, eran catorce, dispuestas en un amplio anfiteatro y divididas en tres órdenes, sostenido cada uno por una especie de muro en forma de terraplén.

En !a parte baja, alrededor de una mesa colocada en el suelo desnudo y desprovista de todo adorno y sin vajilla alguna, vi a cierto número de jóvenes. Estaban tristes; comían de mala gana y tenían delante de sí un pan semejante al de munición que le dan a los soldados, pero tan rancio y lleno de moho que daba asco. Este pan estaba en el centro de la mesa mezclado con suciedades e inmundicias. Aquellos pobrecitos estaban como los animales inmundos en las pocilgas. Yo les quise decir que arrojasen lejos aquel pan, pero me hube de contentar con preguntar por qué tenían ante sí tan nauseabundo alimento. Me respondieron:
—Hemos de comer el pan que nosotros mismos nos hemos preparado, pues no tenemos otro.

Aquello representaba a los que están en pecado mortal.

Dicen los Proverbios en el Capítulo I: “Odiaron la disciplina y no abrazaron el temor de Dios y no prestaron atención a mis consejos, y se mofaron de todas mis correcciones. Comerán, por tanto, el fruto de sus obras y se saciarán de sus pensamientos”.

Más a medida que las mesas subían, los jóvenes se mostraban más alegres y comían un pan de mejor calidad. Eran los comensales hermosísimos; dotados de una belleza cada vez más esplendorosa. Las riquísimas mesas a las cuales estaban sentados, estaban cubiertas de manteles raramente trabajados, sobre los cuales brillaban candeleros, ánforas, tazas, floreros de un valor indescriptible, platos con viandas exquisitas, objetos de un precio inestimable. El número de estos jóvenes era crecidísimo.

Representaba aquello a los pecadores convertidos.

Finalmente, las últimas mesas colocadas en lo más alto, tenían un pan que no sabría describir. Parecía amarillo… rojo… y el mismo color del pan era el de los vestidos y el de la cara de los jóvenes que resplandecía circundada de una luz suavísima. Estos gozaban de una alegría extraordinaria y cada uno procuraba hacer partícipe de su gozo al compañero. Por su belleza, luminosidad y esplendor superaban en mucho a cuantos ocupaban puestos inferiores.

Esto representaba el estado de inocencia. De los inocentes y de los convertidos afirma el Espíritu Santo en el Capítulo I de los Proverbios: “El que me escucha gozará de un sereno reposo, vivirá en la abundancia, libre del temor de los malos”.

Pero lo más sorprendente es que reconocí a todos aquellos jóvenes, desde el primero al último, de forma que al ver ahora a cada uno de ellos me parece contemplarlo allá sentado en su sitio de la mesa que le correspondía.

Mientras no podía ocultar mi maravilla ante tal espectáculo, imposible de comprender, vi a un hombre allá a lo lejos. Corrí a hacerle algunas preguntas, pero tropecé con algo y me desperté, encontrándome en el lecho.

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Vosotros me habéis pedido que les contara el sueño y yo os he complacido, pero al mismo tiempo les recomiendo que no le hagan más caso que el que los sueños se merecen.

Al día siguiente, San Juan Bosco indicó a cada uno el lugar que ocupaba en las mesas. Al hacerlo comenzaron a contar desde la más alta hasta llegar a la más baja. Se le preguntó si uno podía subir de una mesa inferior a otra superior. Respondió que sí, menos a aquella que estaba por encima de todas, pues los que descendían de ella no podían volver a ocupar más aquel lugar de privilegio. Era el puesto reservado a los que conservaban la inocencia bautismal. El número de los éstos era tan exiguo como grande el de los segundos y terceros.

Don Domingo Ruffino y Don Juan Turchi que estaban presentes y que oyeron el relato del sueño, nos legaron testimonio del mismo y los nombres de algunos de los que estaban sentados en la primera mesa. Más que agradecidos, consignaremos algunos datos sobre los dos afortunados testigos y coetáneos de San Juan Bosco, que nos legaron el texto del sueño que acabamos de relatar.

Don Domingo Ruffino era natural de Giaveno y fue uno de los primeros profesos de la Sociedad de San Francisco de Sales, el 14 de mayo de 1862. Según datos que nos ofrecen las Memorias Biográficas, Don Juan Turchi fue ordenado de sacerdote en 1861, cantando su primera Misa el 26 de mayo del mismo año.

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