Don Bosco entra en agonía

Don Bosco, San Juan Bosco, SalesianosCiudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Internet

La salud de Don Bosco ha decaído considerablemente a sus 72 años; desde hace varias semanas se encuentra en cama. Su organismo está completamente desgastado de tanto trabajar.

Durante 40 años un continuo dolor de cabeza (“a veces pareciese que me saltará la tapa del cráneo de tan violento que es el dolor” solía decir), lo atormenta, sin embargo, nadie lo sabe más que el médico. Un dolor agudísimo en un ojo lo ha hecho sufrir lo indecible durante 30 años, hasta que ha perdido el ojo, pero nadie, fuera de sus más íntimos amigos, lo ha sabido.

Nunca los dolores han hecho desaparecer la sonrisa de sus labios ni la alegría de su corazón. Desde su primer año de sacerdote (tenía 47 años de haber sido ordenado) se contagió, por confesar en una deprorable cárcel, un brote molestísimo por toda su piel, pero nunca ha demostrado impaciencia por las torturas que esto proporciona. Una protuberancia dolorosa en la espalda le hizo sufrir mucho durante las 10 a 12 horas continuas que pasaba confesando (de esto nadie supo hasta el momento de su muerte, cuando le cambiaron su ropa).

Sus dolores de muelas eran tan desesperantes que a veces algunos jóvenes le pidieron que les pasara a ellos ese dolor mientras predicaba y sufrieron tanto, tantísimo en ese rato, que creyeron enloquecer. Sin embargo, él los soportaba con la calma más admirable, todo por el reino de Dios y la salvación del alma de sus discípulos a quienes tanto amaba.

Desde el momento en que cayó en cama, con el hígado atascado, los riñones en condiciones desastrosas; los pulmones casi deshechos y una parálisis que bloqueaba sus piernas, el médico declara: “El cuerpo de Don Bosco es como una máquina a la cual han hecho trabajar sin descanso día y noche por años y años. Ya no hay nada que pueda curarlo. No muere de enfermedades; muere de desgaste total por tanto trabajar”.

Era un lunes, 30 de enero de 1888, Don Bosco ha entrado en agonía. Los médicos que lo examinan coinciden en que le quedan pocas horas de vida; la parálisis que comenzó en las piernas, avanza por el cuerpo de Don Bosco con cada hora que transcurre.

Sus queridos muchachos quieren despedirse de su amigo Don Bosco por lo que, uno a uno, pasa junto a la cama, durante toda aquella tarde, y besa la mano semiparalizada del moribundo.

Entrada la noche, el Padre Rúa se arrodilla junto a él y le dice: “Don Bosco, aquí estamos sus hijos, sus discípulos a quienes tanto amó. Le pedimos perdón por todos los disgustos que le hemos dado, por todo lo que ha tenido que sufrir por nuestra culpa. En señal de su perdón total, yo le guiaré su mano para que nos dé su bendición”; y le fue llevando la mano hasta trazar la cruz de bendición sobre todos sus discípulos y amigos.

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