Crece el árbol y extiende sus ramas: 1846-1856

San Juan Bosco, Don Bosco, Memorias del Oratorio, Salesianos1- Una jornada en el Oratorio

La nueva iglesia

Aunque la nueva iglesia era una auténtica miseria, sin embargo, como había un alquiler con un contrato formal, nos libraba de la inquietud de tener que emigrar en cualquier instante a otro sitio con graves trastornos. Además, a mí se me antojaba que era verdaderamente el sitio en donde yo había visto, en sueños, escrito: Esta es mi casa: de aquí saldrá mi gloria; pero las disposiciones del ciclo no acababan ahí. No era pequeña la dificultad que resultaba de encontrarnos junto a una casa de inmoralidad; dificultad también había por parte de la taberna “La Jardinera”, actualmente llamada casa Bellezza, en donde, especialmente los días festivos, se reunía la gente alegre de la ciudad. Al poco tiempo pudimos vencer las dificultades y comenzar a celebrar regularmente las reuniones con nuestros chicos. Terminados los trabajos, el arzobispo, el 10 de abril, concedía la facultad de bendecir y dedicar al culto divino aquel modesto local. Esto sucedía el 12 de abril de 1846, domingo (de Pascua). El mismo arzobispo, para demostrar su satisfacción, renovó la facultad que nos había concedido antes cuando estábamos en el Refugio: poder cantar la misa, celebrar triduos, novenas y ejercicios espirituales, administrar la confirmación, la santa comunión y también, poder cumplir con el precepto pascual. Todo esto extensivo a cuantos frecuentaban nuestra institución.

Relatos de historia

El hecho de disponer de un local fijo, las benemerencias del arzobispo, la solemnidad de las funciones, la música, la noticia de que poseíamos un patio de juegos, atraían a muchachos de todas partes. Algunos sacerdotes comenzaron a volver. Entre los que prestaban colaboración destacaron don José Trivero, el teólogo Jacinto Cárpano, el teólogo José Vola, el teólogo Roberto Murialdo y el intrépido teólogo Borel.

Las funciones se celebraban del siguiente modo:

Los días de fiesta se abría la iglesia muy temprano; empezaban las confesiones: éstas duraban hasta la hora de misa, La misa estaba anunciada para las ocho, pero comoquiera que teníamos que atender a los muchos chicos que querían confesarse, frecuentemente se retrasaba hasta las nueve, y aun más tarde. Algunos de los sacerdotes, cuando estaban, dirigían las oraciones y se hacían cargo de la masa.

En la misa comulgaban cuantos querían. Terminada la misa y quitados los ornamentos, subía yo a un púlpito, nada alto por cierto, a explicar el Evangelio. Por aquel entonces, en vez de homilía, comenzamos a narrar ordenadamente la historia sagrada. Estos relatos hechos en forma sencilla y popular, y revestidos con datos de las costumbres de los tiempos y de los lugares correspondientes, y completados con los nombres geográficos y su versión actual, agradaban muchísimo al juvenil auditorio, y a los adultos y a los propios sacerdotes presentes. Después de la plática venía la clase, que duraba hasta el mediodía.

Catecismo, rosario y vísperas

A la una de la tarde comenzaba el recreo, con bochas, zancos, fusiles y espadas de madera, y con los primeros aparatos de gimnasia. A las dos y media empezaba el catecismo. La ignorancia era, en general, grandísima. Muchas veces me sucedió empezar el canto del avemaría y entre cerca de cuatrocientos jóvenes allí presentes, si yo callaba, no encontraba ni uno capaz de continuar. Terminado el catecismo, como todavía no se podían cantar las vísperas, se rezaba el rosario. Más tarde empezamos a cantar el Ave maris stella; después el Magníficat; más adelante el Dixit Dominus; luego los otros salmos y, al fin, alguna que otra antífona, hasta llegar a ser capaces de cantar al cabo de un año todas las vísperas de la Virgen. Y como remate de estas prácticas, se tenía una breve instrucción, consistente de ordinario en un ejemplo, en el que se hacía resaltar un vicio o una virtud. Todo acababa con el canto de las letanías y la bendición del Santísimo Sacramento.

Una palabrita al oído

Al salir de la iglesia empezaba el tiempo libre, durante el cual cada uno podía entretenerse a su gusto. Uno seguía la clase de catecismo, otro la de canto o lectura, pero la mayor parte de los chicos se entregaba a saltar, correr y divertirse en diversos juegos y pasatiempos. Los que se reunían con intención de saltar, hacer carreras y dedicarse a juegos de manos o de habilidad sobre cuerdas y barras, como yo todo eso lo había aprendido en mis tiempos de saltimbanqui, lo practicaban bajo mi disciplina. Así podía frenar de alguna manera a aquella multitud de la que en buena parte se podía decir también: Son como borriquillos y mulos que no tienen seso (Sal 31,9). Por otra parte, he de decir que, en medio de tan gran ignorancia, pude admirar siempre un gran respeto por las cosas de la Iglesia y ministros sagrados, y una gran inclinación por aprender las verdades religiosas.

Es más, yo me servía de aquellos recreos, tan movidos, para buscar ocasión de insinuar a mis muchachos pensamientos espirituales e invitarles a que frecuentaran los sacramentos. A unos, con una palabrita al oído, les recomendaba más obediencia, una mayor puntualidad en sus deberes; a otros, que frecuentasen el catecismo y se viniesen a confesar; y cosas semejantes. Para mí aquellas diversiones eran un modo eficaz de hacerme con una multitud de jóvenes que, cada sábado por la tarde o cada domingo por la mañana, viniesen a confesarse con el mejor deseo del mundo. «De rodillas y a confesarse» A veces apartaba de los mismos juegos a algunos para llevármelos al confesionario, pues me había percatado de que andaban un tanto rezagados en el cumplimiento de tan importante deber. Contaré un hecho de entre muchos.

Había insinuado muchas veces a uno que cumpliese con Pascua; cada domingo me lo prometía, pero no acababa de cumplir. Un día de fiesta, terminadas las funciones sagradas, se puso a jugar con frenesí. Mientras corría y saltaba por todas partes, todo bañado de sudor, y con tal entusiasmo que no sabía si estaba en este mundo o en el otro lo llamé a toda prisa rogándole que viniera conmigo a la sacristía, pues me iba a hacer un encargo. El quiso venir tal como estaba, en mangas de camisa.
-No, le dije; ponte la chaquetilla y ven.

Ya en la sacristía, lo conduje al coro, y entonces le espeté:
-Arrodíllate en este reclinatorio.
Lo hizo, pero con ademán de tomarlo y llevarlo a otro sitio.
-No, añadí; el reclinatorio déjalo donde está.
-Entonces, ¿ qué quiere?
-Pues confesarte.
-No estoy preparado.
-Esto ya lo sé.
-Entonces, ¿qué?
-Entonces, que te prepares y te confesaré después.
-Bueno, no está mal la cosa, exclamó; en realidad tenía necesidad de ello, verdadera necesidad; de lo contrario, no hubiera venido aún a confesarme por miedo a mis compañeros.

Mientras yo recé una parte del breviario, él se preparó algo; después se confesó de buena gana y dio gracias con mucha devoción. A partir de aquel momento fue uno de los más asiduos en el cumplimiento de los deberes religiosos. Cuando él contaba la anécdota a sus compañeros, solía terminar diciendo.
-Don Bosco empleó una buena estratagema para cazar al pájaro y meterlo en la jaula.

Cuando anochecía, un toque de campana reunía a todos en la iglesia. Allí se hacía un poco de oración o se rezaba el rosario con el ángelus, y terminaba todo con el canto del Alabado siempre sea el Santísimo Sacramento. Y… «¡buenas noches!»

Al salir de la iglesia me ponía en medio de ellos y les acompañaba entre cantos y algazara. Cuando, subiendo, llegábamos hasta la plaza del Rondó, se cantaba una estrofa de una canción religiosa, se citaban entre sí para el siguiente domingo y, dándonos unos a otros las buenas noches, cada cual se marchaba a su casa.

En el momento de irse del Oratorio se producía una escena singular. Al salir de la iglesia, todos, formando un grupo daban mil veces las buenas noches sin acertar a separarse. Yo les decía:
-Id a casa; se hace de noche; os aguardan los padres.

Inútilmente. Era preciso dejarles seguir reunidos; entonces, seis de los más robustos formaban con sus brazos una especie de silla, sobre la cual, como sobre un trono, me tenía yo que sentar por fuerza. Se ordenaban en varias filas, y con don Bosco sobre aquel palco de brazos, que destacaba así por encima de los de mayor estatura, caminaban cantando, riendo y aplaudiendo hasta la plaza llamada el Rondó. Se cantaban todavía allí algunas canciones; terminaban con el canto solemne del Alabado siempre sea. Se hacía después un gran silencio, y yo entonces podía hacerme oír y augurar a todos una buena noche y una buena semana. Todos respondían a pleno pulmón: «¡Buenas noches!».

En aquel momento se me bajaba del trono; íbanse todos a sus propias casas, y solamente algunos de los mayores me acompañaban a la mía, medio muerto de cansancio.

2-El rey Carlos Alberto salva al Oratorio

«Me pareció que se iba a celebrar el juicio universal»

A pesar del orden, la disciplina y la tranquilidad de nuestro Oratorio, el marqués de Cavour, teniente-alcalde de gobernación de la ciudad, seguía en el empeño de acabar con nuestras reuniones porque las juzgaba peligrosas. Cuando supo que yo siempre había procedido con el consentimiento del arzobispo, reunió el tribunal de orden público en el palacio episcopal, por encontrarse algo enfermo el prelado. Estaba formado este tribunal por una selección de concejales, en cuyas manos se concentraba todo el poder civil. El presidente del tribunal, llamado jefe de orden público, tenía más poder que el alcalde. -Cuando yo vi a todos aquellos magnates, me dijo más tarde el arzobispo, reunirse en esta sala, me pareció que se iba a celebrar el juicio universal. Se disputó mucho en pro y en contra, y concluyóse en que aquellas reuniones debían impedirse y desbaratarse totalmente, porque comprometían la tranquilidad pública.

Intervención del rey

Formaba parte del tribunal el conde José Provana de Collegno, insigne bienhechor nuestro, y entonces ministro de Hacienda del rey Carlos Alberto. Varias veces me había dado subvenciones de su propio bolsillo, y también de parte del soberano, pues este príncipe oía con verdadero gusto hablar del Oratorio, y cuando se celebraba alguna solemnidad, leía siempre gustoso la relación que yo le mandaba escrita o que el referido conde le hacía verbalmente. Diversas veces me hizo saber que él, el soberano, apreciaba mucho esta actividad del ministerio eclesiástico, que comparaba él con las misiones en el extranjero, y que expresaba vivo deseo de que se establecieran instituciones similares en todas las ciudades y lugares de su Estado. Por Año Nuevo solía enviarme un regalo de trescientas liras con estas palabras: «Para los pilluelos de don Bosco». Y cuando supo que el tribunal de orden público amenazaba con prohibir nuestras reuniones, encargó a dicho conde les comunicara su voluntad con estas palabras: -Es mi intención que estas reuniones dominicales sean protegidas y favorecidas; si hubiese peligro de desórdenes, estúdiese el modo de prevenirlos y evitarlos. Pues bien, el conde Collegno, que asistió en silencio a toda aquella viva discusión, cuando vio que se proponía la orden de dispersión y disolución definitiva, se levantó, pidió la palabra y comunicó la intención del soberano y la protección que el rey quería dispensar a aquella minúscula institución. Ante tales palabras, calló Cavour y todo el tribunal.

Guardias municipales en el Oratorio

Me mandaron llamar de nuevo a toda prisa, y en tono amenazador y llamándome terco, terminó Cavour con estas palabras claramente permisivas: -No quiero el mal de nadie. Usted trabaja con buena intención, pero lo que hace está lleno de peligros, y como yo tengo obligación de velar por el orden público, haré que le vigilen a usted y sus reuniones. A la más mínima cosa que le pueda comprometer, dispersaré inmediatamente a sus pilluelos, y usted me tendrá que dar cuenta de cuanto ocurra.

Fueran las agitaciones en que anduvo envuelto, fuera la enfermedad que ya le minaba, el hecho es que aquélla resultó ser la última vez que Cavour estuvo en el palacio municipal. Atacado de gota, tuvo que sufrir mucho, y en poco tiempo bajó a la tumba (15 de junio de 1850).

Pero durante los seis meses que aún vivió enviaba cada domingo algunos guardias municipales para pasar con nosotros todo el día, vigilando cuanto ocurría en la iglesia o fuera de ella.
-Y bien, dijo el marqués de Cavour a uno de aquellos guardias en cierta ocasión. ¿Qué habéis visto y oído en medio de aquella gentuza? -Señor marqués, hemos visto una multitud de muchachos que se divierten de mil maneras; en la iglesia hemos oído sermones que meten miedo. Dijeron tales cosas sobre el infierno y los demonios que me entraron ganas de ir a confesar.
-¿Y de política?
-De política, nada; aquellos críos no entenderían una palabra. Opino que digieren mejor el tema de los panecillos; en eso todos están en condición de ser los primeros. Una vez muerto Cavour, no hubo nadie en el ayuntamiento que nos ocasionase la menor molestia; es más, cuantas veces se presentó ocasión hasta 1877, el municipio de Turín nos favoreció siempre.

3- Los analfabetos tienen derecho a la escuela

Texto fundamental: el catecismo

Ya cuando estaba en la iglesia de San Francisco de Asís advertí la necesidad de una escuela, pues hay jóvenes bastante avanzados en edad que ignoran totalmente las verdades de la fe. Para éstos, la enseñanza verbal resulta larga y, de ordinario, enojosa, por lo que fácilmente la abandonan. Se hizo la prueba de darles algo de clase, pero no prosperó por falta de local y de maestros que nos quisiesen ayudar.

En el Refugio, y más tarde en la casa de Moretta, comenzamos una escuela dominical estable, e incluso una escuela nocturna regular cuando se llegó a Valdocco. Para obtener un buen resultado se acometía una sola materia de enseñanza por vez. Por ejemplo, un domingo o dos se empleaba en dar o repasar el alfabeto o las sílabas; a continuación se echaba mano del catecismo elemental, y en él se les hacía silabear y leer hasta que fuesen capaces de entender una o dos de las primeras preguntas del catecismo; ésta era la lección para la semana siguiente. Y cuando llegaba el domingo, se hacía repetir la misma materia, añadiendo nuevas preguntas y respuestas. De esta forma pude conseguir que algunos llegaran en ocho días festivos a leer y a aprender por sí mismos páginas enteras del catecismo. Con esto ganamos tiempo, ya que los mayorcitos hubieran necesitado, de no haber aprendido a leer, bastante tiempo antes de alcanzar la suficiente instrucción para poder confesarse.

Leer, escribir y religión

La asistencia a las clases dominicales beneficiaba a muchos; pero no bastaba, pues no pocos, de cortísimo ingenio, olvidaban durante la semana lo aprendido el domingo anterior. Fue entonces cuando introdujimos las escuelas nocturnas, que, comenzadas en el Refugio, continuaron con una mayor regularidad en casa Moretta, y que ahora, en Valdocco, mejoraban notablemente al poder disponer de un local estable. Estas escuelas nocturnas producían sus resultados; animaban a los jovencitos a venir al Oratorio para instruirse en las letras, de las que sentían gran necesidad y, al mismo tiempo, nos ofrecían la oportunidad de instruirles en religión, que era la finalidad de nuestra institución.

La época de los «maestrillos»

Pero ¿de dónde sacar tantos maestros si casi cada día nos veíamos obligados a añadir nuevas clases? Para resolver el problema, me puse a preparar a cierto número de jóvenes. Les enseñaba yo a ellos italiano, latín, francés y aritmética sin cobrarles nada, pero tenían la obligación de venir a ayudarme a enseñar el catecismo y dar la clase dominical y nocturna. Estos mis maestrillos, unos ocho o diez entonces, fueron en aumento, y de ellos nació la sección de estudiantes.

Cuando estaba en el colegio de San Francisco de Asís, tuve entre mis chicos a Juan Coriasco, hoy maestro carpintero; Félix Vergnano, ahora negociante en pasamanería, y Delfín Paolo. Este último es ahora profesor de curso técnico. En el Refugio tuve a Antonio Melanotte, ahora droguero; Juan Melanotte, confitero; Félix Ferrero, corredor; Pedro Ferrero, cajista; Juan Piola, carpintero, patrón de taller. A éstos se unieron Luis Genta, Víctor Mogna y otros, que no fueron constantes. Tenía que gastar mucho tiempo y mucho dinero, y, generalmente, cuando estaban en condiciones dc ayudarme, la mayor parte me abandonaban. A éstos se añadieron varios piadosos señores de Turín. Fueron constantes el señor José Gagliardi, quincallero; José Fino, de la misma profesión; Víctor Ritner, joyero, y otros.

Los sacerdotes me ayudaban especialmente celebrando la misa, predicando e impartiendo catecismo a los mayorcitos.

La Historia Sagrada de don Bosco

La falta de libros constituía toda una dificultad, porque, aprendido el catecismo elemental, ya no disponíamos de texto alguno. Examiné todos los compendios de historia sagrada que se usaban en las escuelas, pero no encontré ninguno que resolviese satisfactoriamente mi problema. Les faltaba sencillez, traían a cuento hechos inoportunos y eran largas sus preguntas y fuera de lugar. Además, no pocos estaban expuestos de tal forma que ponían en peligro la inocencia de los muchachos. Además, todos se preocupaban bien poco de subrayar los puntos que han de servir de fundamento a las verdades de la fe. Dígase lo mismo de los ejemplos que hacían referencia al culto externo, al purgatorio, a la confesión y a la eucaristía y demás.

A fin de subsanar esta deficiencia en la educación de aquel entonces, me entregué en cuerpo y alma a la redacción de una historia sagrada que, a más de poseer facilidad de dicción y sencillez de estilo, estuviese libre de los mencionados defectos. Este es el motivo que me movió a escribir e imprimir la titulada Historia sagrada para uso de las escuelas. No podía garantizar un trabajo de calidad literaria, pero trabajé con toda ilusión por servir a la juventud.

Después de algunos meses de clase hicimos una pública demostración de lo quenuestros alumnos habían aprendido en las lecciones de los domingos. Los alumnos fueron interrogados sobre toda la historia sagrada y sobre la geografía relacionada con ella, siguiendo un cuestionario. Estaban como espectadores el célebre abate Aporti, Boncompagni, el teólogo Pedro Baricco y el profesor José Raynieri: todos aplaudieron la experiencia.

De la calle a la escuela

Animados por los progresos conseguidos en las clases dominicales y nocturnas, se añadieron clases de aritmética y dibujo a la de lectura y escritura. Era la primera vez que en nuestro país tenían lugar semejantes clases. Muchos profesores y otros distinguidos personajes venían con frecuencia a visitarlas. El mismo municipio envió una comisión, con el comendador José Dupré a la cabeza, encargada exclusivamente de comprobar si los tan decantados resultados de las escuelas nocturnas eran una realidad. Ellos mismos preguntaron sobre pronunciación, contabilidad y declamación, y no podían comprender cómo jóvenes del todo iletrados hasta los dieciocho y veinte años pudiesen adelantar tanto en educación e instrucción en pocos meses. Al contemplar aquel nutrido grupo de jóvenes, ya mayores, que, en vez de pasarse las noches vagando por las calles, se juntaban para instruirse, aquellos señores salieron entusiasmados. Cuando informaron al ayuntamiento en pleno, se nos asignó como subvención una anualidad de trescientos francos, que se estuvo cobrando hasta 1878, en que, sin que se haya podido saber el porqué, nos la suprimieron para dársela a otra institución. El caballero Gonella, cuyo celo y caridad dejaron en Turín glorioso e imperecedero recuerdo, era entonces director de la obra La mendicidad instruida. También él vino varias veces a vernos, y al año siguiente, 1847, introdujo el mismo tipo de enseñanza, con los mismos métodos, en la obra confiada a sus cuidados. Al contarles nosotros a los administradores de esta obra cómo funcionaba todo, después de haber deliberado, nos otorgaron una ayuda de mil francos para nuestras escuelas. Luego, el ayuntamiento hizo algo parecido y, en el espacio de pocos años, las escuelas nocturnas se habían propagado por las principales ciudades del Piamonte,

Un libro de oraciones y otro de aritmética

Pronto surgió una nueva necesidad. Precisábamos de un devocionario adaptado a los tiempos. Son innumerables los que, salidos de muy buenas plumas, corren por las manos de todos, pero, en general, están hechos para personas de cierta cultura, y tant sirven para católicos como para judíos y protestantes. Al ver cómo la peligrosa herejía se iba infiltrando cada día más, procuré compilar un libro adaptado a la juventud y a la altura de sus conocimientos religiosos, basado en la Biblia, y que expusiese los fundamentos de la religión católica lo más breve y claramente posible. Este sería El joven instruido.

Lo mismo me pasaba con la enseñanza de la aritmética y del sistema métrico. Cierto que no sería obligatorio el empleo del sistema hasta el año 1850; pero empezó a introducirse en las escuelas en 1846; más aún, introducido oficialmente en las escuelas, faltarían, ciertamente, libros de texto. Para llenar este vacío lancé mi librito titulado El sistema métrico decimal simplificado.

4- Don Bosco se pone a la muerte

Por los campos de Sassi, en busca de don Bosco

El enorme trabajo que tenía en las cárceles, en cl Cottolengo, en el Refugio, en el Oratorio y en las escuelas, me obligaban a trabajar de noche si quería redactar las mencionadas obritas, que necesitaba sin falta. Por ello, mi salud, ya de por sí bastante delicada, se quebrantó de tal forma que los médicos me aconsejaron abandonar toda ocupación. El teólogo Borel, que me apreciaba mucho, me envió para reponerme a pasar una temporada con el cura de Sassi (a los pies de Superga). Descansaba durante la semana, y el domingo ya estaba en cl Oratorio trabajando. Pero no era suficiente. Los jovencitos venían a visitarme en grupos. A ellos se añadieron los del propio pueblo. Total: que ellos me molestaban a mí más que si estuviese en Turín, y yo a ellos, pobres, los llevaba de cabeza. No sólo los que frecuentaban el Oratorio acudían, se puede decir que cada día, aSassi, sino, además, los alumnos de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. He aquí, al caso, un episodio entre muchos. Habían predicado los ejercicios espirituales a los alumnos de las escuelas (municipales) de Santa Bárbara, dirigidas por esos religiosos. Como muchos solían confesarse conmigo, al acabarlos fueron en grupo a buscarme al Oratorio. Pero como no me encontraron, fueron a Sassi, que está a cuatro kilómetros de Turín. El tiempo era lluvioso, y como quiera que los chicos no conocían bien el camino, anduvieron vagando por campos, prados y viñas en busca de don Bosco. Llegaron, por fin, en número de unos cuatrocientos, deshechos por el cansancio y el hambre, empapados en sudor y cubiertos de barro, pidiendo confesarse.
-Nosotros, decían. hemos hecho ejercicios, queremos mejorar, y hemos pensado hacer una confesión general; venimos con permiso de nuestros maestros.

¿Dónde estaban los muchachos?

Se les aconsejó volver en seguida al colegio para evitar la ansiedad de susmaestros y sus padres, pero respondían suplicando que querían confesarse. Nos pusimos a confesar los tres sacerdotes del lugar y yo; pero hacían falta al menos quince confesores. Mas ¿cómo aliviar, o mejor acallar, el hambre de aquella multitud? El buen párroco, el actualmente teólogo Abbondioli, dio a aquella fatigada turba todas sus provisiones: pan, polenta, arroz, patatas, queso, fruta…, todo lo preparó como pudo y se los dio. ¡Qué desconcierto luego en el colegio cuando llegaron los predicadores, los maestros y algunas personalidades invitadas para la clausura de los ejercicios, la misa y la comunión general y no encontraron ningún alumno! Fue un verdadero desbarajuste. Naturalmente, se tomaron las medidas pertinentes para que no se repitiese el caso.

«Preparado para morir»

En cuanto a mí, de vuelta a casa, víctima del agotamiento, me llevaron a la cama. La enfermedad se manifestó en forma de bronquitis, a la que se añadió tos y una inflamación peligrosa. En ocho días me puse a la muerte. Recibí el santo viático y los santos óleos. Pienso que en aquel momento estaba preparado para morir; sentía abandonar a mis chicos, pero estaba contento, porque acabaría mis días después de haber dado forma estable al Oratorio. Al esparcirse la noticia de que mi enfermedad era grave, se produjeron tales muestras de sentimiento que no es posible explicar. Constantemente llamaban a la puerta hileras de jovencitos llorosos, que preguntaban por mi enfermedad. Cuantas más noticias les daban, más insistían en sus preguntas, yo oía los diálogos que tenían con el criado, y me emocionaba. Después supe de qué fue capaz el afecto de mis jóvenes. Espontáneamente rezaban, ayunaban, oían misa, ofrecían sus comuniones. Se alternaban para pasar la noche y el día en oración ante la imagen de la Consolata. Por la mañana encendían velas, y hasta última hora de la tarde había siempre un número considerable de ellos
rezando y suplicando a la augusta Madre de Dios que conservase a su pobre don Bosco.

«Dios los oyó»

Algunos hicieron voto de rezar el rosario entero durante un mes; otros, durante un año, y hasta llegó a darse que algunos lo hicieron por toda la vida; tampoco faltaron quienes prometieran ayunar a pan y agua durante meses, años y mientras vivieran. Me consta que hubo albañiles, peones, que ayunaron a pan y agua durante semanas enteras, aun sin disminuir sus pesados trabajos de la mañana a la tarde. Más aún, si tenían un rato libre, iban presurosos a pasarlo delante del Santísimo Sacramento. Dios los oyó. Era sábado por la tarde, y se veía que esa noche iba a ser la última de mi vida. Así lo afirmaron los médicos que se reunieron en consulta, y así lo pensaba yo, que me veía totalmente falto de fuerzas y perdiendo continuamente sangre. Pero, entrada la noche, sentí que me vencía el sueño. Dormí. Al despertar me encontré fuera de peligro. Cuando por la mañana me visitaron los doctores Botta y Cafasso, me dijeron que fuera a dar gracias a nuestra Señora de la Consolata por el favor alcanzado. Mis muchachos no lo creían si no me veían, y me vieron a poco ir con un bastoncito al Oratorio con una emoción fácil de imaginar y difícil de describir. Se cantó un Tedeum y el entusiasmo y las aclamaciones fueron indescriptibles. Una de las primeras medidas fue cambiar en algo posible los votos y promesas que aquellos jóvenes habían hecho sin la debida reflexión cuando yo estaba en peligro de muerte.

En el pueblo natal

Esta enfermedad tuvo lugar a primeros dc julio de 1846, precisamente cuando debía abandonar el Refugio y trasladarme a otro lugar.

Me fui a pasar algunos meses de convalecencia a casa, en Morialdo. Hubiera podido prolongar más tiempo mi estancia en el pueblo natal, pero empezaron a venir de visita grupos de jovencitos, y ya no había manera de disfrutar de reposo y tranquilidad. Todos me aconsejaban que pasase al menos un año fuera de Turín, en lugares desconocidos, para recuperar así la primitiva salud. Don José Cafasso y el arzobispo eran del mismo parecer. Pero como ello me resultaba demasiado penoso, me consintieron volver al Oratorio, con la obligación de no confesar ni predicar en el espacio de dos años.

Desobedecí. De vuelta al Oratorio volví a trabajar como antes, y durante veintisiete años no necesité de médicos ni de medicinas. Esto me ha convencido de que no es el trabajo lo que daña a la salud corporal.

5- Vuelta a Valdocco con mamá Margarita

Toda la fortuna en una cesta

Pasados algunos meses de convalecencia con la familia, pensé que podía volver a estar con mis queridos hijos, de los que cada día venía alguno a verme o me escribía. Pero ¿dónde alojarme ahora, habiendo sido despedido del Refugio? ¿Cómo sostener una obra que cada día suponía más gastos y más trabajo? ¿Cómo iba a hacer frente a mis gastos y a los de las personas que me eran indispensables? Quedaron por entonces libres, en la casa Pinardi, dos habitaciones, y las alquilamos para vivienda de mi madre y mía.

-Madre, le dije un día, tendré que trasladarme a vivir a Valdocco; por razón de los que viven en aquella casa, no puedo llevar conmigo a nadie más que usted.

Comprendió ella la fuerza de mis razones, y añadió enseguida:
– Si crees que es del agrado del Señor, dispuesta estoy a partir al momento. Mi madre hacía un enorme sacrificio, porque en la familia, aunque no fuese rica, era, sin embargo, la dueña de todo, amada por todos y considerada como reina por pequeños y grandes.

Enviamos por delante algunas cosas de las más necesarias, que, con las que ya tenía yo en el Refugio, sirvieron para hacer algo acogedora la nueva vivienda. Mi madre llenó el canasto de ropa blanca y puso en él otros objetos indispensables: yo tomé mi breviario, un misal, algunos libros y mis apuntes de mayor utilidad. Esto era toda nuestra fortuna.

Salimos a pie de I Becchi hacia Turín. Hicimos una corta parada en Chieri y, por la tarde del 3 de noviembre de l 846, llegamos a Valdocco. Al vernos en aquellas habitaciones faltas de todo, dijo bromeando mi madre:
-En casa todo eran preocupaciones para disponer y administrar, aquí estaré más tranquila, pues no tengo a quien mandar, ni dinero que gastar.

El ajuar de novia de la mama

¿Cómo hacer para vivir, comer, pagar el alquiler y atender a tantos chicos que continuamente pedían pan, calzado y vestido para poder ir al trabajo? Hicimos traer de casa un poco de vino, maíz, judías, trigo y cosas semejantes.

Para hacer frente a los primeros gastos, mi madre había vendido un pedazo de tierra y una viña. Se hizo llevar su ajuar de boda, que había guardado celosamente íntegro hasta entonces. Algunos de sus vestidos sirvieron para hacer casullas; con la lencería se hicieron amitos, purificadores, roquetes, albas y manteles. Todo pasó por las manos de la señora Margarita de Gastaldi, madre del que llegó a ser arzobispo de Turín, que desde entonces colaboraba en el funcionamiento del Oratorio.

Tenía también mi madre algún anillo y un collarcito de oro; lo vendió en seguida para comprar galones y adornos para los ornamentos sagrados. Una noche, mi madre, que siempre estaba de buen humor, cantaba riendo:
-¡Ay del mundo si nos mira, forasteros y sin lira!

Muchas clases y poco espacio

Arregladas las cosas de casa, alquilé otra habitación más, que se destinó a sacristía. Como no podía tener locales para clases, durante algún tiempo las di en la cocina y en mi habitación; pero los alumnos, verdaderos pilluelos, o lo dejaban todo patas arriba o, peor, lo echaban todo a perder. Se empezaron algunas clases en la sacristía, en el coro y en otros sitios de la iglesia; pero las voces, el griterío, el canto, el ir y venir de unos estorbaba a los otros. Algunos meses más tarde pudimos alquilar dos nuevas habitaciones y organizar mejor nuestras escuelas nocturnas.

Como ya hemos dicho, durante el invierno 1846-47 nuestras escuelas obtuvieron un resultado realmente convincente. Teníamos un promedio de trescientos alumnos cada noche. Además de la atención que dedicábamos a la cultura general, teníamos clases de canto gregoriano y música vocal, cosas ambas que fueron siempre cultivadas por nosotros.

6- El primer «Grupo Juvenil»

Reglamento para los Oratorios y compañía de San Luis

Una vez establecida la morada en Valdocco, me entregué con toda el alma a promover todo aquello que pudiese contribuir a mantener la unidad en el espíritu, en la disciplina y en la administración. Antes que nada confeccioné un reglamento en el que simplemente expuse lo que ya se practicaba en el Oratorio y lo que convenía seguir haciendo para lograr un modo uniforme de actuar. Como éste se halla impreso aparte, puede cada cual leerlo a su gusto. La ventaja de este breve reglamento fue muy notable: todos sabían lo que tenían que hacer, y como se acostumbraba dejar a cada cual la responsabilidad de su cargo, todos se preocupaban por conocer y cumplir su obligación. Muchos obispos y párrocos lo pidieron y estudiaron, y se esforzaron por introducir la obra de los oratorios en los pueblos y ciudades de sus respectivas diócesis.

Establecidas las bases orgánicas para la disciplina y administración del Oratorio, era preciso estimular la piedad con prácticas fijas y uniformes. Esto se logró con la institución de la Compañía de San Luis; terminados los reglamentos dentro de los límites propios de la juventud, los presenté al arzobispo, que los leyó personalmente y los dio luego a leer a otros para que los estudiasen y le dijesen su parecer. Finalmente, los alabó y aprobó, concediendo indulgencias particulares con fecha de…(12 abril 1847). Este reglamento dc la Compañía de San Luis se halla en folleto aparte. La Compañía de San Luis despertó gran entusiasmo entre nuestros jóvenes. Todos querían inscribirse en ella. Para conseguirlo, se exigían dos condiciones: buena conducta en la iglesia y fuera de ella, evitar las malas conversaciones y frecuentar los sacramentos. No tardó en advertirse una gran mejora en las costumbres.

El Arzobispo en el Oratorio

Para animar a los jóvenes a celebrar los seis domingos en honor de San Luis, se compró una estatua del santo, se hizo una bandera y dábamos a los jóvenes facilidad para confesarse a cualquier hora del día, de la tarde o de la noche. Además, como casi ninguno de ellos había recibido la confirmación, se les preparó para este sacramento, que recibirían el día de la fiesta del santo. La concurrencia fue numerosísima. La preparación fue posible gracias a la ayuda de varios sacerdotes y caballeros.

Para la fiesta del santo todo estuvo a punto.

Era la primera vez que una función de esta categoría se celebraba en el Oratorio, y también la primera vez que venía a visitarnos el arzobispo. Junto a la capillita, se preparó una especie de dosel, bajo el cual se colocó el prelado. Yo leí unas palabras de ocasión. A continuación algunos jóvenes pusieron en escena la comedia corta titulada “Un cabo de Napoleón”, del teólogo Cárpano. Produjo gran regocijo y muchas risas y fue un ameno esparcimiento para el arzobispo, que manifestó no haber reído nunca tanto en su vida.

Estuvo muy cordial con todos y expresó su satisfacción por la buena marcha de aquella obra; hizo grandes elogios y nos animó a continuar adelante. Finalmente, nos agradeció la cariñosa acogida que le habíamos dispensado. Celebró la santa misa y repartió la comunión a más de trescientos jovencitos, y a continuación administró el sacramento de la confirmación. Cuando le colocaron la mitra, sin pensar que no estaba precisamente en la catedral, levantó la cabeza y chocó con ella en el techo de la capilla. Esto excitó la hilaridad suya y la de todos los asistentes. Con frecuencia, y con su buen humor, recordaría a lo largo de su vida, en reuniones, aquel simpático episodio, que el abate Rosmini comparó con los que ocurren en tierras de misiones.

«Certificados preciosos»

Conviene saber que para asistir al señor arzobispo en las funciones sagradas vinieron dos canónigos de la catedral y otros varios sacerdotes. Acabada la función, se hizo una especie de acta, en la que se anotaron los nombres de cuantos habían recibido el sacramento, de quién se lo había administrado, de los padrinos y el lugar y la fecha. Después se confeccionaron los correspondientes certificados y agrupados por parroquias, se llevaron a la curia eclesiástica para que los remitiesen a los respectivos párrocos.

7- El primer huérfano

Ladronzuelos en el pajar

Mientras se organizaban los medios para poder impartir la instrucción religiosa y la cultura general, apareció otra necesidad imperiosa que había que afrontar: no pocos jovencitos de Turín y forasteros se mostraban llenos de buena voluntad para entregarse a la vida honesta y laboriosa, pero, invitados a que la emprendieran de verdad, solían responder que no tenían pan, ni ropa, ni casa donde morar, al menos durante algún tiempo. Para alojar a unos cuantos siquiera que no sabían adónde ir a dormir, se había adaptado un pajar, en que se podía pasar la noche sobre camastros de paja. Pero varias veces nos encontramos con que algunos se habían llevado las sábanas, otros las mantas y hasta hubo quienes robaron la misma paja y la vendieron.

El primer interno del Oratorio

Sucedió entonces que una tarde lluviosa de mayo de 1847 se presentó hacia el anochecer un jovencito como de unos quince años, totalmente calado. Pedía pan y alojamiento. Mi madre lo recibió en la cocina, lo arrimó al fuego y mientras se calentaba y secaba la ropa, le dio sopa y pan para que restaurara sus fuerzas. Entre tanto yo le preguntaba si había ido a la escuela, si tenía padres y en qué oficio trabajaba. El respondió:
-Soy un pobre huérfano venido del valle de Sesia en busca de trabajo. Tenía tres liras, pero las he gastado antes de que pudiera ganar nada, y ahora no tengo nada ni a nadie.
-¿Has hecho la primera comunión?
-Todavía no.
-¿Estás confirmado?
-No.
-¿Te has confesado?
-Alguna vez.
-Y ahora, ¿adónde vas?
-Pues no lo sé; le pido que, por favor, me dejen pasar la noche en cualquier rincón de esta casa.

Dicho esto se echó a llorar. Mi madre lloraba también, yo estaba conmovido.
-Si supiese que no eres un ladronzuelo, te ayudaría. Pero otros se me han llevado parte de las mantas y tú me vas a llevar las que quedan.
-No, señor. Esté usted tranquilo: soy pobre, pero no he robado nunca nada.
-Si quieres, intervino mi madre, yo le prepararé para que pase esta noche, y mañana Dios dirá.
-¿Y en dónde?
-Aquí mismo, en la cocina.
-Se nos va a llevar hasta los pucheros.
-Yo me las arreglaré para que no ocurra. La buena mujer, ayudada por el huerfanito, salió fuera, recogió algunos trozos de ladrillos, y con ellos hizo cuatro pequeñas pilastras en la cocina; colocó encima algunos tableros, y puso encima un jergón, preparando así la primera cama del Oratorio. Mi buena madre hízole después un sermoncito sobre la necesidad del trabajo, sobre la honradez y sobre la religión. Al final le invitó a rezar las oraciones.
-No las sé.
-Las rezarás con nosotros -y así se hizo.

Para que todo quedase bien seguro, se cerró con llave la cocina y no abrimos hasta la mañana siguiente. Este fue nuestro primer residente. A éste se le juntó en seguida otro, y luego otros, pero, por falta de sitio, aquel año tuvimos, que limitarnos a dos. Corría el año 1847.

Nuevas habitaciones y nueva música

Al advertir que para muchos chicos era inútil todo apostolado si no se les daba asilo, me apresuré a tomar otras habitaciones en alquiler, aunque fuese a precio exorbitante. Entre tanto se pudo iniciar la clase de canto llano y música vocal. Como era la primera vez que la música se enseñaba en clase a muchos alumnos a un tiempo, hubo una gran curiosidad por conocer el método que se aplicaba. Los famosos maestros Luis Rossi, José Blanchi, Cerrutti y el canónigo Luis Nasi venían gustosos cada noche a asistir a mis lecciones. Estaba en evidente contradicción aquello con el Evangelio, puesto que éste dice que el discípulo no puede estar sobre el maestro: y yo, que no sabía una millonésima naturalmente, venían a observar cómo se practicaba aquel nuevo método de enseñanza, que no es otro que el que actualmente aplicamos en nuestros colegios. Hasta entonces, el alumno que desease aprender música tenía que buscarse un maestro particular.

8- El Oratorio de San Luis

Batalla de las lavanderas

Cuanto mayor era nuestra solicitud por promover la cultura, tanto más, a su vez, iban aumentando los alumnos. En los días festivos, apenas si una parte de ellos cabían en la iglesia a la hora de las funciones sagradas; y lo mismo ocurría en el patio de recreo.

Así que, siempre de acuerdo con el teólogo Borel, a fin de hacer frente a la creciente necesidad, decidimos abrir un nuevo oratorio en otro sector de la ciudad. Con esa intención, tomamos en alquiler una casa en la Puerta Nueva, en el paseo del Rey, comúnmente llamado paseo de los Plátanos, por los árboles que lo flanquean. Para conseguir la casa hubo que sostener una verdadera lucha con sus habitantes. Estaba ocupado por lavanderas, que creían iba a llegar el fin del mundo si tenían que abandonar su antigua morada; pero, tratadas a las buenas y dándoles la debida indemnización, se pudieron arreglar las cosas sin que los beligerantes llegaran a la guerra. Era propietaria de aquel lugar y del correspondiente patio la señora Vaglienti, que luego dejaría heredero al caballero José Turvano. El alquiler supuso 450 liras. El Oratorio se llamó de San Luis Gonzaga, título que todavía conserva.

Compra de más terrenos

La inauguración la llevamos a cabo el teólogo Borel y yo el día de la Inmaculada Concepción del año 1847. El número de jóvenes que acudió fue realmente grande, quedando de paso algo aliviadas las filas del Oratorio de Valdocco, hasta entonces excesivamente compactas.

La dirección de aquel oratorio fue confiada al teólogo Jacinto Cárpano, que trabajó allí algunos años con absoluto desinterés. El mismo reglamento que teníamos en Valdocco se aplicó en San Luis, sin introducir ninguna variación. En este mismo otoño, con el deseo de dar cobijo al gran número de muchachos que pedían ayuda, se compró toda la casa Moretta. Pero al empezar los trabajos para adaptarla a nuestras necesidades, comprobamos que los muros no resistirían, por lo que se juzgó oportuno revenderla, tanto más cuanto que se nos ofreció un precio ventajoso. Adquirimos entonces también un pedazo de terreno del seminario de Turín, que es el lugar en donde más tarde se construyeron la iglesia de María Auxiliadora y los talleres de nuestros artesanos.

9- Año 1848, año difícil

Una bala en la capilla Pinardi

Durante este año, los asuntos políticos y el ambiente público experimentaron un cambio, cuyo desenlace no se puede todavía prever. Carlos Alberto concedió la Constitución (4 de marzo de 1848). Muchos se creían que la Constitución permitía también libertad para hacer a capricho el bien o el mal. Apoyaban su aserto en que se había permitido la emancipación de judíos y protestantes, y pretendían que ya no había diferencia entre catolicismo y otros credos. Este principio podía aceptarse en política, pero no en religión. Mientras tanto, una especie de locura se apoderaba de la ,juventud. Derramada por calles y plazas, se despachaba a placer contra el clero y contra la religión. Yo mismo sufrí varios atentados en casa y en la calle. Un día, mientras daba el catecismo, entró una bala de fusil por la ventana, perforándome la sotana entre el brazo y las costillas, e hizo una gran desconchadura en la pared. Otra vez, un sujeto bastante conocido, estando yo en medio de una multitud de niños, a pleno día, me agredió con un largo cuchillo en la mano. Por milagro, corriendo a toda prisa, pude huir y esconderme en mi habitación. El teólogo Borel se salvó también prodigiosamente de un pistoletazo y una cuchillada, una vez en que le confundieron conmigo. Resultaba, en consecuencia, muy difícil tener a raya a una juventud que vivía en tal ambiente.

Peligros en el trabajo

En tal confusión de ideas y pensamientos, sin embargo, en cuanto pudimos tener otras habitaciones se aumentó el número de los aprendices, que llegó a ser de quince; eran todos ellos muchachos abandonados y en peligro (1847). No obstante, las dificultades eran muchas. Como todavía no existían talleres en el colegio, nuestros alumnos iban al trabajo y a clase a la ciudad, con serios peligros morales para ellos, pues los compañeros con que se encontraban, las conversaciones que oían y cuanto veían frustraban todo lo que practicaban y aprendían en el Oratorio. Fue entonces cuando comencé a hacerles una brevísima platiquita por la noche, después de las oraciones, con el fin de exponer o confirmar alguna verdad que tal vez hubiese surgido a lo largo del día en las conversaciones. Lo que sucedía entre los aprendices, era también de lamentar entre los estudiantes. Porque, debido a las varias clases en que estaban divididos los más adelantados, tenían que ir los que estudiaban gramática a casa del profesor José Bonzanino, y los que estudiaban retórica, con el profesor don Mateo Picco. Eran unas óptimas escuelas, pero la ida y la vuelta estaban llenas de peligros. El año 1856, por fin, se establecieron de una manera permanente las clases y los talleres en la casa del Oratorio, con grandes ventajas para todos.

Preparar la mesa y decir una palabra amiga

Había en aquel entonces tal confusión de ideas y tal desorden, que no podía fiarse uno ni de las gentes de servicio; así que todos los trabajos domésticos los teníamos que hacer mi madre y yo; cocinar, preparar la mesa, barrer, partir leña, cortar y hacer calzoncillos, camisas, pantalones, chalecos, toallas, sábanas, con los consiguientes remiendos, era cosa de mi personal incumbencia. Pero estas cosas no dejaban de tener su ventaja moral, ya que con mayor facilidad podía alcanzar a los jóvenes con mis consejos o con una palabra amiga cuando les tenía a mano al servirles el pan, la sopa u otra cosa.

Primeros ejercicios espirituales

Con todo, como era necesario contar con alguien que me ayudase en los quehaceres domésticos y escolares del Oratorio, empecé a llevarme conmigo a algunos al campo, y a otros a veranear a Castelnuovo, mi pueblo; unos venían a comer conmigo; otros acudían por la tarde a leer o escribir alguna cosa, lo que siempre hacíamos de modo que les fuese de antídoto contra las venenosas opiniones del tiempo. Eso lo hice con mayor o menor asiduidad desde 1841 a 1848. Pero, con todos esos procedimientos, trataba yo de conseguir también una finalidad particular, que no era otra que la de estudiar, conocer y escoger a aquellos individuos que tuviesen cierta aptitud y propensión a la vida común, y admitirlos así conmigo en casa. Con ese mismo fin ensayé aquel año (1848) una pequeña tanda de e ejercicios espirituales. Reuní unos cincuenta en el Oratorio. Comían todos conmigo y por no haber camas para todos, algunos se iban a dormir a sus casas y volvían por la mañana. La ida y vuelta a su casa les hacía perder casi todo el fruto de los sermones e instrucciones que en semejantes ocasiones solía hacerles. Los ejercicios empezaron el domingo por la tarde, y terminaron el sábado a la misma hora.

Fue muy bien la cosa. Muchos, con los que se había trabajado largo tiempo sin fruto, ahora se dieron de lleno a la vida virtuosa. Algunos siguieron la vocación religiosa; otros permanecieron en el siglo, pero fueron modelos de asiduidad a los oratorios.

De esto último se hablará, aparte, en la historia de la Sociedad Salesiana. La parroquia de los muchachos sin parroquia También por ese tiempo algunos párrocos, especialmente el de Borgodora, y los del Carmen y San Agustín, se volvieron a quejar al arzobispo de que se administrasen los sacramentos en los oratorios. Por esta razón, el arzobispo dictó unas normas por las que nos daba amplia facultad para preparar niños a la confirmación y a la comunión, y para que pudiesen cumplir el precepto pascual si frecuentaban el Oratorio. Renovaba, además, la facultad de hacer todas las funciones religiosas que suelen hacerse en las parroquias. Estas iglesias, decía el arzobispo, para estos jóvenes forasteros y abandonados, serán como sus iglesias parroquiales mientras permanezcan en Turín.

10- Alentadoras lecciones de vida cristiana

Primer coro de voces blancas

Los peligros a que los jovencitos estaban expuestos en punto a religión y moralidad nos obligaban a unos mayores esfuerzos para tutelarlos, así que pareció conveniente añadir, a las clases nocturnas y diurnas y a la de música vocal, la enseñanza de piano y órgano y la de música instrumental. De esta suerte me vi convertido en maestro de canto y banda, de piano y órgano, sin haber nunca sido propiamente alumno de nada de eso. La buena voluntad lo suplía todo.

Después de haber preparado bien las mejores voces blancas del Oratorio, empezamos a hacer funciones en casa, luego en la ciudad, en Rívoli, Moncalieri, Chieri y otros lugares. El canónigo Nasi y don Miguel Ángel Chiatellino se prestaban de muy buen grado a enseñar a nuestros músicos, a acompañarlos y dirigirlos en las actuaciones por diversos pueblos; y, como hasta entonces no se habían oído en el coro conjuntos de voces blancas, resultaban los solos, los «duettos» y los corales de una tan gran novedad, que por todas partes se hablaba de nuestra música y, a porfía, nos invitaban a que nuestros cantores tomasen parte en diversas solemnidades. El canónigo Luis Nasi y don Miguel Ángel Chiatellino eran los que ordinariamente acompañaban a nuestra naciente sociedad filarmónica.

Teníamos por costumbre celebrar cada año una función religiosa en la Consolata, pero esta vez se fue hasta allí en procesión desde el Oratorio. El canto por la calle y la música en la iglesia atrajeron una innumerable muchedumbre. Se celebró la misa y se dio la sagrada comunión; hice después una plática de ocasión en la cripta, y a continuación, los oblatos de María nos improvisaron un suculento desayuno en los claustros del santuario.

Asignación del municipio

De este modo se iba venciendo el respeto humano, aumentaba el número de jóvenes ganados para nuestras actividades y se tenía oportunidad de inculcar a su debido tiempo las buenas costumbres, el respeto a la autoridad y la frecuencia de los sacramentos. Todo esto, que resultaba muy nuevo, daba mucho que hablar. También durante este año el municipio de Turín mandó una comisión, compuesta por el caballero Pedro Ropolo del Capello, llamado Moncalvo, y el comendador Dupré, para que se enterasen bien de cuanto la voz común divulgaba de una manera confusa. Quedaron satisfechísimos; y hecho el debido informe, se nos concedió una ayuda de mil liras, acompañada de una carta muy elogiosa.

Desde aquel año, el municipio nos asignaría una subvención anual que duraría hasta el 1878. En este año nos fueron denegados las trescientas liras que dicha comisión nos asignara para pago de la luz de las clases nocturnas en favor de los hijos del pueblo. La Obra de la Mendicidad, que había introducido nuestros métodos de clase nocturna y de música, me mandó también una delegación presidida por el caballero Gonella, con el fin de efectuar una visita. Con gran satisfacción de nuestra parte, nos fue concedida una nueva ayuda de mil liras.

El lavatorio de los pies

Cada año solíamos ir a visitar todos juntos los monumentos del jueves santo; pero, debido a algunas burlas o, mejor, desprecios de que éramos objeto, muchos no se atrevían a juntarse con sus compañeros. Para animar a nuestros jóvenes a superar el respeto humano, aquel año por primera vez fuimos procesionalmente, cantando el Stabat Mater y el Miserere. Entonces se pudo comprobar que jóvenes de toda edad y condición se iban incorporando sin miedo a nuestras filas en gran cantidad. Todo transcurrió con orden y tranquilidad.

Por la tarde se celebró por vez primera la función del mandato. Para ello se escogieron doce jovencitos, a quienes se les suele llamar los doce apóstoles. Después del lavatorio según el ritual, se dio una plática a todo el pueblo. A continuación invité a los doce apóstoles a una cena frugal, obsequiándoles, además, con un regalito, que todos se llevaron a su casa muy contentos. Al año siguiente, además, se erigió canónicamente el vía crucis (1 abril de 1847), bendiciéndose las estaciones con gran solemnidad. En cada estación se decían unas palabras y se cantaba una copla religiosa adecuada. Así se iba consolidando nuestro humilde Oratorio. Entre tanto ocurrían graves acontecimientos públicos que debían cambiar el aspecto de la política de Italia y aun del mundo (revolución del 1848).

11- El año 1849. Treinta y tres liras para Pío lX

Clausura de los seminarios

Este año fue particularmente memorable. La guerra del Piamonte contra Austria, empezada el año anterior, había conmovido a Italia entera. Las escuelas públicas estaban cerradas; los seminarios, especialmente el de Chieri y el de Turín, se habían clausurado y estaban ocupados por los militares. Consiguientemente, los clérigos de nuestra diócesis andaban sin maestros y sin lugar donde reunirse.

Fue entonces cuando, para poder tener al menos el consuelo de hacer algo para mitigar la calamidad pública, nos decidimos a alquilar toda la casa Pinardi. Los inquilinos pusieron el grito en el cielo. Amenazaron a mi madre, a mí y al mismo propietario. Tuvimos que hacer un buen desembolso de dinero, pero al fin se logró que el edificio entero quedara a nuestra disposición. De esta suerte, aquel nido de iniquidad, que hacía veinte años estaba al servicio del infierno, quedó en nuestro poder. Ocupaba toda el área que actualmente ocupa el patio que hay entre la iglesia de María Auxiliadora y la casa que está detrás. De esta forma pudimos aumentar nuestras clases, ampliar la iglesia y duplicar el terreno de juego; el número de jóvenes internos llegó a treinta. Pero el fin principal de esta operación era el estar en condiciones de recoger, como de hecho se recogieron, a los clérigos de la diócesis. Se puede decir que el Oratorio fue durante casi veinte años el seminario diocesano.

El óbolo de San Pedro

A fines de 1848, los acontecimientos políticos obligaron al Santo Padre pío IX a huir de Roma y refugiarse en Gaeta. Este gran pontífice había usado con nosotros de gran benevolencia. Al esparcirse la voz de que se encontraba en estrecheces económicas, se abrió en Turín una colecta bajo el título de óbolo de San Pedro. Una comisión compuesta por el canónigo Francisco Valinotti y el marqués Gustavo Cavour vino al Oratorio. Nuestra colecta alcanzó las 33 liras. Era poca cosa, pero nosotros la hicimos particularmente grata al Santo Padre adjuntando una dedicatoria que resultó muy de su gusto. Manifestó su complacencia con una carta dirigida al cardenal Antonucci, entonces nuncio en Turín y ahora arzobispo de Ancona, en la que le encargaba transmitirnos lo mucho que le había consolado no sólo la ofrenda, sino, sobre todo, los sentimientos con que la habíamos acompañado. Finalmente, con su bendición apostólica, nos enviaba un paquete de sesenta docenas de rosarios, que serían distribuidos solemnemente el 20 de julio de aquel mismo año (1850). Véanse el librito impreso en aquella ocasión, los diversos periódicos y la carta del cardenal Antonucci, nuncio en Turín.

Oratorio del Ángel de la Guarda

En vista del número creciente de jovencitos de la ciudad que acudían a los oratorios, fue menester pensar en fundar un tercero, y fue éste el oratorio del Santo Ángel de la Guarda, en Vanchiglia, no muy distante del lugar en donde, por especial cooperación de la marquesa Barolo, surgiría después la parroquia de Santa Julia. El sacerdote Juan Cocchi había fundado hacía varios años aquel oratorio con un fin algo semejante al nuestro. Con todo, encendido en amor patrio, determinó adiestrar a sus alumnos en el manejo del fusil para, luego, ponerse a su cabeza y marchar, como lo hizo, contra los austriacos.

Aquel oratorio permaneció cerrado un año. Después lo alquilamos nosotros, y seconfió su dirección al teólogo Juan Vola, de grata memoria. Permanecería abierto hasta el año 1871, en que fue trasladado junto a la iglesia parroquial (de Santa Julia). La marquesa Barolo dejó un legado para este fin, con la expresa condición de que local y capilla se destinasen a jóvenes pertenecientes a la parroquia, cosa que efectivamente se cumple.

Visita de senadores

En aquella época nos honraron con su presencia una comisión de senadores, que vinieron al Oratorio juntamente con otra enviada por el Ministerio del Interior. Todo lo vieron, en medio de una gran cordialidad; como resultado, entregaron un amplio informe a la Cámara de Diputados. Eso fue causa de una larga y viva polémica que se puede leer en la Gazzetta Piamontese del 29 de marzo de 1850. La Cámara de Diputados concedió a nuestros jóvenes ayuda de trescientos francos; Urbano Rattazzi, entonces ministro del Interior, por su parte, acordó concedernos la suma de dos mil francos. Consúltense los documentos. Por fin tuve la dicha de que uno de mis alumnos vistiera la sotana: Ascanio Savio, actual director del Refugio, fue el primer clérigo del Oratorio; vistió la sotana a fines de octubre de aquel año.

12- «Quiero mantenerme al margen de la política»

Manifestaciones patrióticas

Un hecho nuevo vino a ocasionar en aquellos días no pocos inconvenientes a nuestras actividades. Pretendíase que nuestro humilde Oratorio tomase parte en las públicas manifestaciones que venían repitiéndose bajo el nombre de «fiestas nacionales». Los que tomaban parte en ellas y querían mostrarse ante todo como amantes de la unidad italiana, se abrían en raya los cabellos sobre la frente y se los dejaban caer ensortijados hacia atrás; se vestían una casaca impecable de varios colores y con la bandera nacional, y se colocaban una escarapela azul sobre el pecho. Así vestidos, se manifestaban multitudinariamente cantando himnos a la unidad italiana.

Dialogo con el Marqués

El marqués Roberto de Azeglio, promotor principal de tales actos, nos invitó formalmente, y, a pesar de haberlo yo rehusado, nos proveyó de cuanto hacía falta para que pudiésemos hacer un buen papel entre los demás. Nos había designado un puesto en la plaza Vittorio, junto a las instituciones de todo nombre, fin y condición.

¿Qué hacer? Rehusar era declararse enemigo de Italia; condescender significaba la aceptación de principios que yo juzgaba de funestas consecuencias.

-Señor Marqués, respondíle; ésta, que viene a ser mi familia, estos jóvenes de la ciudad que aquí se reúnen en torno a mí, no son un ente moral; haría yo el ridículo si pretendiera adueñarme de una institución que pertenece del todo a la caridad ciudadana.
-Tanto mejor. Sepa la caridad ciudadana que esta obra naciente no es contraria a las nuevas ideas; eso le favorecerá: aumentarán las limosnas; el municipio y yo mismonos comportaremos dadivosamente con usted.
-Señor Marqués, mi propósito de mantenerme apartado de cuanto se refiere a la política es firme. Ni a favor ni en contra.
-Entonces, ¿qué pretende usted con su obra?
-Hacer el poco bien que pueda a los jovencitos abandonados, empleando todasmis fuerzas para que, en lo religioso, sean buenos cristianos, y honrados ciudadanos en lo social.
-Lo comprendo todo; pero usted se equivoca de medio a medio; si se empeña en mantenerse en esta dirección, todos le abandonarán y su obra será imposible. Es necesario estudiar el mundo, conocerlo y colocar las instituciones antiguas y modernas a la altura de los tiempos.
-Agradezco su benevolencia y los consejos que me da. Mándeme cualquier cosa en la que el sacerdote pueda e ejercitar la caridad, y verá pronto cómo sacrifico vida y hacienda. Pero ahora y siempre quiero mantenerme al margen de la política. Aquel político renombrado me despidió cortésmente, y desde entonces nunca más hubo relación entre nosotros. Tras él, otros seglares y eclesiásticos me abandonaron.Más aún, después del hecho que voy a narrar, quedé prácticamente solo.

13- Sacerdotes y muchachos se marchan

Un periódico roto en mil pedazos

El domingo siguiente a la manifestación política antes descrita, estaba yo, hacia las dos de la tarde, en el patio con mis ,jóvenes; uno de ellos leía la Armonía. De pronto, los sacerdotes que solían ayudarme en el sagrado ministerio se presentaron en bloque con su insignia y escarapela y la bandera tricolor, portando un periódico, bajo todo punto censurable, llamado Opinión. Uno de ellos, respetable por su celo y doctrina, se dirigió a mí y, viendo al que a mi lado tenía entre las manos la Armonía, comenzó a decir:

-Pero ¡qué vergüenza! ¡Ya es tiempo dc acabar con estas ñoñerías! Dicho esto, le arrebató al otro el periódico de las manos, lo hizo mil pedazos, lo tiró por tierra y, escupiendo encima, lo pisoteó y pateó cien veces. Pasado el primer ímpetu de desahogo político, se me acercó.

-Este sí que es un buen periódico, dijo acercándome la Opinión a la cara; éste y ninguno más es el que deben leer los ciudadanos verdaderos y patriotas.

Quedé desconcertado ante aquellas maneras de hablar y de obrar, y, no queriendo aumentar el escándalo en un lugar donde había que dar buen ejemplo, me limité a rogarle a él y a sus compañeros que tratáramos aquellos asuntos en privado y entre nosotros solamente.
-No, señor, replicó; no son estas cosas para hacerse en privado ni en secreto, sino que hay que sacarlas a la luz del día.

Fuga en masa

En aquel preciso momento, la campana nos llamó a todos a la iglesia, y, para colmo, aquel día, uno de aquellos eclesiásticos tenía a su cargo el sermoncito que solía hacerse a esa hora a mis pobres chicos del Oratorio: una plática moral. Pero en aquella ocasión resultó verdaderamente inmoral: las palabras libertad, emancipación, independencia fueron las que resonaron durante todo el tiempo que duró el sermón.

Estaba yo nerviosísimo en la sacristía buscando la manera de intervenir y frenar aquel desorden; pero el predicador abandonó en seguida la iglesia y no bien se dio la bendición con el Santísimo, invitó a los otros sacerdotes y a los jóvenes a unirse a él; yentonando a pleno pulmón himnos patrióticos y haciendo ondear frenéticamente la bandera, marcharon en desfile hasta los alrededores del monte de los Capuchinos. Allí se comprometieron formalmente a no volver más al Oratorio si no iba a funcionar segúnsu punto de vista político.

Se sucedían estas cosas unas a otras sin que yo pudiese exponer mi modo de ver ni aducir mis razones. Pero no me arredré a la hora de cumplir con mi deber. Hice decir a aquellos sacerdotes que les prohibía severamente volver al Oratorio; y a los jóvenes, que se me debían presentar uno por uno antes de entrar de nuevo. La cosa salió bien. Ninguno de los sacerdotes intentó reintegrarse, y los jóvenes pidieron disculpa alegando que los habían engañado, y prometieron sujetarse a la obediencia y disciplina.

14- El peso de la soledad

Nuevas dificultades

Pero el caso es que me quedé solo. Cada día festivo empezaba confesando desde muy temprano y celebraba misa a las nueve; predicaba a continuación y atendía más tarde a las clases de canto y de literatura hasta la hora de comer. Por las tardes: recreo, catecismo, vísperas, plática y bendición; luego, más recreo y canto, y clase hasta que se hacía de noche.

Entre semana atendía a mis aprendices y daba clase de bachillerato a unos diez jovencitos durante el día; por la noche tenía francés, aritmética, canto llano, música vocal, piano y órgano. No sé cómo pude resistir tanto. ¡Dios me ayudó! Encontré, sin embargo, en aquellos momentos un gran auxilio y un gran apoyo en el teólogo Borel. Aquel maravilloso sacerdote, a pesar de estar agobiado por otras gravísimas ocupaciones del sagrado ministerio, aprovechaba cualquier minuto libre para echarme una mano. No pocas veces robaba horas al sueño para ponerse a confesar a los jóvenes, negando el reposo necesario a su cuerpo cansado de tanto predicar. Esta crítica situación duró hasta que pudieron ayudarme los clérigos Savio, Bellia, Vacchetta, de quienes, por otra parte, me vi privado muy pronto, ya que, siguiendo las indicaciones de otros, sin decir palabra, se marcharon para ingresar en los oblatos de María.

Un consuelo

Uno de aquellos días festivos recibí la visita de dos sacerdotes a quienes creo oportuno nombrar. Estaba todo en movimiento, antes de ponerse en orden las clases para empezar el catecismo, cuando se presentaron dos eclesiásticos que venían, sin darse la menor importancia, a felicitarme y pedir noticias sobre el origen y métodos de nuestra institución. Por única respuesta les dije:
-Tengan la bondad de ayudarme un poco. Usted vaya al coro y cuídese de los mayorcitos; a usted, dije al más alto de los dos, le encargo de esta clase, que es la de los más inquietos.

Al darme cuenta de que explicaban de maravilla el catecismo, rogué a uno que dirigiera una platiquita a nuestros jóvenes, y al otro, que nos diera la bendición con el Santísimo. Ambos aceptaron con mucho gusto.

El sacerdote de menor estatura era el abate Antonio Rosmini, fundador del Instituto de la Caridad; el otro, el canónigo arcipreste De Gaudenzi, ahora obispo de Vigevano; en lo sucesivo, los dos se mostrarían no sólo amigos, sino, más aún, bienhechores de esta casa.

15- Compra de la casa Pinardi y alquiler de la casa Bellezza

«Cien mil liras de multa al que se eche atrás»

El año 1849 fue espinoso y estéril, pese a nuestro esfuerzo y a muchos sacrificios; pero sirvió de preparación para el año 1850, menos borrascoso y mucho más fecundo en buenos resultados. Comencemos por la casa Pinardi.

Los que habían sido desalojados de la casa no nos dejaban vivir en paz.
-¿No da rabia, iban diciendo, que una casa de juego y diversión tenga que ir a parar a las manos de un cura intolerante?

Le ofrecieron a Pinardi un alquiler casi el doble que el nuestro. Pero él sentía un gran remordimiento de obtener aún mayores beneficios por negocios inmorales; por lo que en varias ocasiones me propuso su venta. Sus pretensiones económicas eran realmente exorbitantes: pedía 80.000 liras por un edificio cuyo valor no llegaba ni a la tercera parte.

Dios quiso demostrar que es el dueño de los corazones; he aquí el modo:
Un día de fiesta, el teólogo Borel estaba predicando; yo me encontraba a la puerta del patio para impedir aglomeraciones. Pues en ese momento preciso se me presenta el señor Pinardi y me dice:
-¡Se acabó! Ya es hora de que don Bosco me compre la casa.
-¡Sí, señor; se acabó! Pero también es hora de que el señor Pinardi me la venda por su precio justo. En ese caso, se la compro en seguida.
-Se la venderé, pero por su verdadero precio.
-¿y cuál es?
-El que siempre dije.
-Ese no se lo puedo dar.
-Haga su oferta, pues.
-No me atrevo.
-¿Por qué razón?
-Porque usted se ha puesto muy exigente, y no quiero ofenderle.
-Pues ofrezca lo que se le ocurra.
-¿Me la dará usted por lo que realmente vale?
-Se la daré, palabra de honor.
-Choque la mano y se lo digo.
-¿Cuánto?
-La hice valorar por un amigo suyo y mío (el arquitecto Spezia), y me aseguró que, en el estado actual, se pueden pagar de veintiséis a veintiocho mil liras. Pero yo, para acabar de una vez, le doy las treinta mil.
-¿Y le regalará también un alfiler de quinientas liras a mi mujer?
-Pues sí.
-Y pago al contado, ¿eh?
-Pues al contado.
-¿Cuándo hacemos la escritura?
-Cuando a usted le venga mejor.
-De mañana en quince días pagando en el acto.
-De acuerdo.
-¡Cien mil liras de multa al que se eche atrás!
-¡Cien mil liras de multa al que se eche atrás!
El negocio se cerró en cinco minutos. Pero ¿de dónde sacar tal cantidad en tan poco tiempo?

Comenzó entonces el hermoso juego de la divina Providencia.

Aquella misma tarde, don José Cafasso, cosa insólita en los días de fiesta, me viene a ver y me comunica que una persona piadosa, la condesa Casazza-Riccardi, le había encargado de entregarme una limosna de diez mil liras para que la emplease yo a mayor gloria de Dios en lo que mejor me pareciese. Al día siguiente llegó un religioso rosminiano que venía a Turín para poner a rédito veinte mil liras y me pedía consejo. Le propuse que me las prestara para la compra hecha a Pinardi; y de este modo se juntó la cantidad necesaria. Las tres mil liras de gastos complementarios las aportó el caballero Cotta, en cuyo banco se firmó la suspirada escritura (19 de febrero de 1851).

Una taberna de antaño

Asegurada así la adquisición del edificio, luego se pensó en el otro, en el de «La Jardinera». Era ésta una taberna en donde acostumbraban a reunirse los días festivos los amigos de la juerga. Organillos, pífanos, clarinetes, guitarras, violines, bajos, contrabajos y cantos de todo género no paraban de oírse en todo el día; es más, frecuentemente se reunían todos de una vez para sus conciertos. Como el edificio de la casa Bellezza estaba separado por el simple muro de nuestro patio, sucedía que nuestros cánticos en la capilla quedaban ahogados por los gritos, el alboroto y el ruido de botellas de «La Jardinera». A más, era un continuo ir y venir por delante de la casa Pinardi hacia «La Jardinera». Difícilmente puede uno imaginarse nuestras molestias y el peligro que ello suponía para nuestros jóvenes. Para aliviarnos de tan graves inconvenientes, intenté comprar el edificio, pero sin éxito. Entonces quise alquilarlo, cosa a que se avenía la dueña; pero la que llevaba la taberna exigía una indemnización a todas luces excesiva. Para llegar a un acuerdo propuse hacerme cargo no sólo del alquiler del local de la taberna, sino además de todo el material y mobiliario de la misma: mesas, mostrador, cocina, etc.; y comprometiéndome a pagarlo todo a buen precio, por fin, pude disponer libremente del local, que destiné en seguida a otra cosa. De esta suerte se eliminaba el segundo foco de maldad que aún existía en Valdocco cerca de la casa Pinardi.

16- Una iglesia y una rifa

En la iglesia-cobertizo se asfixiaban los muchachos

Eliminadas las penalidades que nos causaban la casa Pinardi y «La Jardinera», era necesario pensar en una iglesia más decorosa para el culto y mejor adaptada a las crecientes necesidades.

La antigua, a la verdad, había sido agrandada y correspondía al actual emplazamiento del comedor de los superiores (1875); pero era incómoda, por su escasa capacidad y poca altura. Como para entrar había que descender unos peldaños, en el invierno y cuando llovía se nos inundaba; en cambio, en el verano, nos sofocábamos por el calor y el insoportable tufillo. De ahí que no era raro que se desmayase alguno y hubiese que sacarlo fuera medio asfixiado.

Se necesitaba, por lo mismo, construir un edificio más proporcionado al número de jóvenes y más ventilado e higiénico. El caballero Blachier hizo un proyecto cuya ejecución nos proporcionó la actual iglesia de San Francisco y el edificio que limita con el patio que hay al lado de la iglesia. El empresario fue el señor Federico Bocca. Cavados los cimientos, se procedió a la bendición de la primera piedra el 20 de julio de 1851. El caballero José Cotta la colocó en su sitio. El canónigo Moreno, ecónomo general (del Real Economato), la bendijo. El célebre padre Barrera, conmovido a la vista de la multitud que había acudido, subió sobre un montón de tierra e improvisó un elocuente discurso de ocasión.

Una piedra como el grano de mostaza

Empezó con estas textuales palabras: «Señores, la piedra que acabamos de bendecir y colocar en los cimientos de esta iglesia tiene dos grandes significados. Significa el granito de mostaza que se convertirá en místico árbol en el que vendrán a refugiarse muchos niños; y significa también que esta obra está fundamentada sobre la piedra angular de Jesucristo, contra la cual en vano maquinarán los enemigos de la fe».

Demostró después ambas proposiciones con gran satisfacción de los oyentes, que tenían por inspirado al elocuente predicador. He aquí el acta (cópiese el acta de la solemnidad). (No fue incluida ni hallada nunca.)

Aquellas fiestas tan sonadas atraían a jovencitos de todas partes de la ciudad, y a cualquier hora del día venían en cantidad; algunos pedían que los alojáramos en nuestra casa. El número de residentes pasó aquel año de cincuenta, y empezamos en casa con algún taller, ya que cada vez se advertían mejor los inconvenientes de que los jóvenes salieran a trabajar fuera.

Ya empezaba a surgir el ansiado edificio, cuando me percaté de que los fondos económicos estaban a cero. Había juntado treinta y cinco mil liras con la venta de algunos inmuebles, pero habían desaparecido como hielo fundido por el sol. El Economato nos asignó nueve mil liras que haría efectivas cuando la obra estuviese a punto de acabar. El obispo de Biella, monseñor Pedro Losana, dándose cuenta de que el nuevo edificio y toda aquella institución iban a ser de particular provecho para los muchachos albañiles de Biella, escribió una circular a sus párrocos en la que les invitaba a aportar su óbolo. He aquí la circular.

Carta del Obispo de Biella

«Muy reverendo señor. El piadoso e insigne sacerdote don Juan Bosco, animado de una caridad verdaderamente angelical, empezó a recoger, los días festivos, en Turín, a cuantos jóvenes encontraba abandonados y sin rumbo por las calles y las plazas del grande y popular sector que cae entre Borgo Dora y el Martinetto, y a reunirlos en un lugar a propósito para entretenerlos honestamente y darles una instrucción y una educación cristiana. Fue tan grande su santo empeño, que la capilla local se hizo insuficiente para su obra, tanto que actualmente no sería capaz de contener más de un tercio de los seiscientos y pico que allá acuden. Impulsado por el deseo de un mayor bien, ha tomado sobre sus hombros la empresa de construir otra iglesia adecuada a las necesidades de su obra, y por eso hace una llamada a la caridad de los fieles católicos a fin de poder hacerfrente a los cuantiosos gastos que se han de hacer para su construcción. Así, pues, con particular confianza recurre a esta provincia y a esta diócesis por mi medio, teniendo en cuenta que de los seiscientos muchachos que en torno suyo se reúnen y frecuentan su Oratorio, más de un tercio (unos doscientos) ,son de Biella, algunos de los cuales tiene recogidos en su propia casa, proveyéndolos de cuanto necesitan para alimentarse y vestirse, y en donde, además, pueden aprender un oficio. No sólo reclama de nosotros la caridad que le prestemos ayuda, sino la propia justicia; de ahí que suplique a su reverencia haga sabedores a sus buenos feligreses de un asunto de tanto interés; recurra a los más pudientes, y destine un día festivo para que se haga una colecta en la iglesia a tal fin. El producto envíelo lo antes posible a la curia en forma segura, indicando la cantidad recolectada y el lugar de procedencia. Si los hijos de las tinieblas, por otra parte, intentan abrir un templo y enseñar el error con perjuicio espiritual de ,sus hermanos, ¿vamos a ser menos decididos los hijos de la luz, que no abramos también allí mismo una iglesia en beneficio propio y de los demás, y, sobre todo, de unos compatriotas nuestros? Con la viva esperanza, por tanto, de poder cuanto antes, con las ofertas que nos vengan, aportar una apreciable ayuda a la empresa de ese conocido hombre de Dios, y al mismo tiempo una pública prueba de la piedad agradecida de mis diocesanos hacia una obra tan santa y tan útil como necesaria en los tiempos que corren, aprovecho esta oportunidad para reiterarme con la mayor estima y afecto su humilde servidor en Cristo.
JUAN PEDRO, Obispo.» Biella, 13 de septiembre de 1851.

Primera rifa

La colecta llegó a mil liras. Mas éstas eran una gota de agua en el mar, así que se organizó una rifa a base de objetos provenientes de regalos. Era la primera vez que acudía a la pública caridad por este procedimiento que, por cierto, obtuvo una acogida muy favorable. Nos llegaron 3.300 regalos. El sumo pontífice, el rey, la reina, la reina madre y, en general, toda la corte, se distinguieron por sus obsequios. Se vendieron todos los billetes en absoluto (a cincuenta céntimos cada uno); y cuando se hizo el sorteo público en el palacio de la ciudad, hubo quienes buscaban billetes ofreciendo hasta cinco liras por uno, sin poderlo, encontrar (se pueden transcribir las bases de aquella rifa):
1) Será recibido con gratitud cualquier objeto de arte o artesanía; esto es, trabajos recamados y de malla, cuadros, libros, cortes de traje, telas y cosas semejantes.
2) En el momento de entregar el objeto se extenderá un recibo en el que se hará constar la calidad del regalo y el nombre del donante, a no ser que se quisiere conservar el anonimato.
3) Los billetes de la rifa serán emitidos en número proporcionado al valor de los objetos y en los límites que señalan las leyes; es decir, con una cuarta parte de beneficios.
4) Los billetes serán cortados de una matriz y llevarán la firma de dos miembros de la comisión. Su precio será de cincuenta céntimos.
5) Se hará pública exposición de todos los objetos en el próximo mes de marzo, y durará por espacio de un mes al menos. Se dará aviso en la Gaceta Oficial del Reino del tiempo y lugar de la citada exposición. También se indicará el día en que públicamente ha de tener lugar el sorteo.
6) Se sacará un número cada vez. Si por equivocación salieran dos números a un tiempo, no se leerán, sino que se volverán a introducir en la urna.
7) Se extraerán tantos números cuantos sean los premios a sortear. El primer número sacado será premiado con el objeto correspondiente, señalado también con el número uno; así el segundo, y sucesivamente, hasta que se hayan sacado tantos números cuantos sean los premios.
8) En el Diario Oficial del Reino se publicarán los números premiados, y a los tres días se comenzará su distribución.
9) Los números premiados no presentados después de los tres meses quedarán caducados a favor del Oratorio.

Muchos de los que sacaban algún premio lo dejaron con sumo gusto en favor de la iglesia. Lo cual supuso un nuevo beneficio. Es verdad que todo reportó grandes gastos, pero en limpio se obtuvieron 26.000 liras (unos cinco millones en 1977).

17- «¡Ay de Turín el 26 de abril!»

Explosión del polvorín. Gabriel Fassio

Durante la exposición pública de los objetos se produjo la explosión del polvorín situado junto al cementerio de San Pedro ad Víncula. La sacudida fue horrible y violenta. Muchos edificios, cercanos y aun lejanos, sufrieron grave daño. Hubo veintiocho víctimas entre los trabajadores; y hubiera sido mucho mayor el daño si un sargento llamado Sacchi no cortara con gran riesgo de su propia vida la comunicación del fuego a una cantidad mayor de pólvora, que hubiera podido destruir toda la ciudad de Turín.

El Oratorio, que era de una construcción endeble, experimentó graves daños. Los diputados nos remitieron trescientas liras de limosna para ayudarnos a repararlos. Quiero a este propósito traer a cuento una anécdota que se refiere a nuestro joven aprendiz Gabriel Fassio. El año anterior le había atacado una enfermedad que lo puso a las puertas de la muerte. En los momentos de delirio exclamaba:
-¡Ay de Turín! ¡Ay de Turín!

Sus compañeros le decían:
-Pero ¿por qué?
-Porque le amenaza un gran desastre.
-¿Qué desastre?
-Un terremoto terrible.
-¿Y cuándo ocurrirá?
-El año que viene. ¡Oh, ay de Turín el 26 de abril!
-¿Y qué quieres que hagamos?
-Rezar a San Luis que proteja al Oratorio y a los que lo habitan.

Fue entonces cuando, a petición de los jovencitos de la casa, se añadió por la mañana y por la tarde en las oraciones en común un pater, ave y gloria a este santo. En efecto, nuestra casa fue poco perjudicada en comparación con el peligro, y los jóvenes que residían en ella no sufrieron ningún daño personal.

Bendición de la nueva iglesia

Mientras, la construcción de la iglesia de San Francisco de Sales iba adelante en medio de una actividad increíble, y en el espacio de once meses se dio cima a la empresa. El 20 de junio de 1852 fue dedicada al culto, con una fiesta que para nosotros resultó algo extraordinario. A la entrada del patio se levantó un arco de altura colosal. En él estaba escrito en letras cubitales:
«En letras de oro purísimo -escribamos por doquier-: ¡dure por siempre ese día!»

Y por todas partes se oían estos versos, a los que había puesto música el maestro José Blanchi, de grata memoria:
«Volverá el sol de su ocaso otra vez hasta su oriente, y de nuevo hasta su fuente el riachuelo volverá, antes que olvidar nosotros esta fecha: la alegría y hermosura de este día para siempre vivirá.» Y se recitó y cantó con gran entusiasmo la composición: Como el pájaro en las rama busca el albergue querido donde construir su nido y tranquilo reposar; Así por más de diez años nuestro nido hemos buscado, mas ni el cielo nos ha dado donde poderlo encontrar.Un prado, un jardín, un patio, la habitación o la calle, la plaza o lo que se halle nuestro Oratorio será. Por fin, piadoso el Señor, contempló benigno el caso, y dos lustros de retraso ampliamente compensó. Compensó… y nos dio escuelas, un patio para los juegos; y como un nido de ensueño una casa apareció.

Muchos periódicos se ocuparon de la fiesta.

Acabada la iglesia, era menester proveerla de los muebles y objetos pertinentes. No nos faltó la caridad cristiana. El comendador José Dupré tomó a su cargo el adornar y embellecer la capilla que se dedicó a San Luis, y compró el altar de mármol que todavía adorna aquella iglesia. Otro bienhechor pagó el coro en el que se colocó el órgano para las celebraciones festivas. El señor Miguel Scannagatti aportó un juego completo de candelabros; el marqués Fassati se encargó del altar de la Virgen y trajo también otro juego de candelabros de bronce, y aún pagó además la imagen de María. Todos los gastos del púlpito corrieron por cuenta de don José Cafasso. El altar mayor fue cosa del doctor Francisco Vallauri, con ayuda de su hijo, sacerdote, don Pedro. En resumen: que la nueva iglesia, en poco tiempo, se encontró con cuanto era más indispensable para la celebración de funciones sagradas.

La Sociedad de Socorros Mutuos

El primero de julio del mismo año empezó a funcionar una Sociedad de Socorros Mutuos con el objeto de impedir que nuestros jóvenes se inscribieran en la llamada Sociedad de Obreros, la cual, desde sus principios, no disimuló sus fundamentos antirreligiosos. Véase el folleto impreso. Cumplió a maravilla sus objetivos. Más tarde esta sociedad nuestra se cambió en una conferencia adherida a las de San Vicente de Paúl, y todavía existe.

18- Derrumbamiento a medianoche

Violento aguacero sobre las obras

Con la nueva iglesia de San Francisco de Sales, provista de sacristía y campanario, se facilitaba a los jovencitos que lo deseasen la asistencia a las funciones sagradas en los días festivos y a las clases nocturnas y diurnas. Pero ¿cómo atender a la multitud de pobres muchachos que pedían cobijo como fuese?. Tanto más cuanto que la explosión del polvorín del año anterior había arruinado el antiguo edificio. En momento de tan angustiosa necesidad se tomó el acuerdo de añadir un nuevo brazo al edificio. A fin de poder aprovechar todavía el local viejo, se comenzó el nuevo por la parte más alejada, a saber, desde el final del actual refectorio hasta la fundición de los tipos de imprenta.

Los trabajos progresaron con rapidez, y, aunque el otoño se nos echaba encima, se llegó a punto de cubrir. Estaba ya colocada toda la armadura de madera, los listones clavados y las tejas amontonadas sobre las vigas para su colocación, cuando violentos aguaceros interrumpieron el trabajo. El agua cayó durante varios días y noches y, empapándolo todo, arrastro consigo la argamasa reciente hasta dejar desnudos y al descubierto los ladrillos y las piedras de los muros.

Sálvese quien pueda

Sería la medianoche y estábamos todos descansando, cuando se oyó un rumor violento que cada vez se hacía más intenso y espantoso. Despiertan todos y sin saber qué pasa, llenos de miedo y envolviéndose en mantas y en sábanas, salen del dormitorio y huyen en confusión, sin saber adónde, pero con gran prisa, para escapar del peligro que se venía encima. Crece el desorden y el espanto; la estructura del techo y las tejas caen con inmenso estruendo, juntamente con los muros, que se desploman encima. Dado que la construcción se apoyaba sobre el muro viejo del antiguo edificio, se temió que quedasen todos aplastados bajo las ruinas; pero no hubo que lamentar más que el espantoso ruido, sin que se produjeran desgracias personales.

Amaneció, y llegaron, para efectuar una inspección, algunos ingenieros del Ayuntamiento. El caballero Gavetti, al ver una gran pilastra que por haberse movido un tanto se inclinaba peligrosamente sobre un dormitorio, exclamó:
-¡Id a dar gracias a nuestra Señora de la Consolata! Esa columna se sostiene por verdadero milagro y, de haber caído hubiese sepultado en sus ruinas a don Bosco con los treinta jovencitos que dormían ahí abajo. Como los trabajos eran a destajo, el mayor perjuicio fue para el contratista. Nuestras pérdidas se valoraron en unas diez mil liras. El siniestro aconteció a medianoche del día 2 de diciembre de 1852.

En medio de las vicisitudes que afligen a la pobre humanidad, siempre está pronta la mano bienhechora del Señor para mitigar nuestra desgracia. Si aquel siniestro hubiese ocurrido dos horas antes, hubiera sepultado a los alumnos de las escuelas nocturnas. En efecto: acabadas las clases hacia las diez, antes de marcharse, unos trescientos de ellos anduvieron más de media hora por los locales en construcción. Poco después ocurriríael derrumbamiento.

¿Cómo arreglárselas?

Lo avanzado de la estación no permitía, no digo terminar, pero ni siquiera volver a empezar los trabajos del edificio en ruinas. Entre tanto, ¿cómo resolver nuestra estrechez de espacio? ¿Cómo arreglárnoslas con tan gran número de jóvenes en un local tan pequeño y además, medio arruinado? Se hizo de la necesidad virtud. La antigua iglesia, después de apuntalar bien sus muros, la convertimos en dormitorio. Las clases las trasladamos a la iglesia nueva, de modo que un mismo local los días festivos hacía de iglesia y de clases durante la semana. También durante este año se construyó el campanario que remata la iglesia dc San Francisco de Sales; y el bienhechor señor Miguel Scannagatti regaló un hermoso juego de candeleros para el altar mayor, que constituyen aún uno de los ornamentos más hermosos de la iglesia.

19- Año 1853

Sesenta y cinco internos y muchos bienhechores

Apenas el tiempo lo permitió, nos pusimos de nuevo a levantar el edificio que se había venido abajo. Los trabajos avanzaron a ritmo rápido, de forma que en octubre ya se les había dado cima. Nos dimos buena prisa en ocuparlo, ya que sentíamos apremiante necesidad de una mayor holgura. Yo, por primera vez, pisé entonces el aposento que Dios me concede habitar todavía. Las escuelas, el comedor y el dormitorio pudieron montarse con toda normalidad y cómodamente, por lo que el número de internos llegó a sesenta y cinco.

Han llegado regalos de parte de nuestros bienhechores. El caballero José Dupré, a sus expensas, colocó la balaustrada de mármol del altar de San Luis; se embelleció todo el altar y se estucó toda la capilla. El marqués Domingo Fassati regaló la pequeña balaustrada del altar de la Virgen y un ,juego de candelabros de bronce dorado para el mismo altar. El conde Carlos Cays, insigne bienhechor nuestro, por segunda vez priostede la Compañía de San Luis, saldó una deuda que arrastrábamos de doce mil liras al panadero, que comenzaba a poner dificultades en el suministro de pan. Compró además una campana, cosa que dio lugar a una simpática fiesta. El teólogo Gattino, nuestro párroco, de grata memoria, la bendijo, teniendo después una platiquilla a la muchedumbre venida de la ciudad. Tras la función sagrada se representó una comedia que resultó muy divertida para todos; el mismo señor conde Cays regaló una rica tela, de la que salieron el actual baldaquino y otros adornos más para la iglesia.

Tiempo para la devoción

Dotada así la iglesia con cierto decoro, se pudo, por fin, satisfacer de una vez los deseos de muchos con la exposición de las cuarenta horas. No había riqueza de adornos, pero sí un extraordinario concurso de fieles. Para secundar el fervor religioso y dar comodidad de satisfacer la propia devoción, a continuación de las cuarenta horas se predicó un octavario, exclusivamente dedicado a preparar a la multitud para la confesión. Aquel concurso extraordinario de gente hizo que las cuarenta horas y su correspondiente octavario se organizara en años sucesivos con la consiguiente participación, realmente extraordinaria, en sacramentos y demás prácticas de piedad.

Lecturas Católicas

En el mes de marzo de este mismo año (1853) se comenzó la publicación periódica de las Lecturas Católicas.

En el 1847, cuando se dio libertad de cultos, se hizo necesario este antídoto para ofrecérselo a los fieles cristianos en general, y especialmente a la juventud. Con aquel decreto del Gobierno, éste parecía entender que daba libertad a todos los credos, pero sin detrimento del catolicismo. Mas los protestantes no lo entendieron así, y empezaron a hacer propaganda con todos los medios a su alcance. Tres diarios (La buona Novella, La luce Evangelica, Il rogantino Piemontese) y muchos libros, bíblicos y no bíblicos, eran medios con que intentaban ganar nuevos prosélitos. A éstos añadían ofrecer dinero, buscar empleos, suministrar trabajo y ofrecer diversas ventajas, vestidos y comestibles a quienes acudían a sus escuelas o frecuentaban sus conferencias, o simplemente aparecían por su templo.

El Gobierno lo sabía todo y dejaba hacer: con su silencio los protegía eficazmente. Añádase que los protestantes estaban preparados y dotados de medios materiales y culturales, mientras que los católicos, confiados en las leyes civiles que hasta entonces les habían protegido y defendido, apenas si disponían de algún diario y de alguna que otra obra clásica de erudición; pero no tenían un solo periódico ni un solo libro que estuviese propiamente al alcance del pueblo humilde.

Don Bosco inicia su «batalla»

En estas circunstancias, para hacer frente a esta necesidad, empecé por redactar unos cuadros sinópticos sobre la Iglesia católica; más adelante, unas octavillas tituladas Recuerdos para los católicos, que se repartían entre jóvenes y adultos, particularmente con ocasión de ejercicios espirituales y misiones. Aquellas páginas y aquellos opúsculos fueron acogidos con vivo interés por el público, y en poco tiempo se distribuyeron muchos miles.

Esto me persuadió de la conveniencia de arbitrar un medio popular que facilitase el conocimiento de los fundamentos del catolicismo. En consecuencia, reimprimí el folleto Avisos para los católicos, que pretende alentar a los católicos para que no se dejen atrapar por la red de los herejes. La venta fue realmente extraordinaria; en dos años se difundieron más de doscientos mil ejemplares. Ello entusiasmó a los buenos, pero enfureció a los protestantes, que se creían los únicos amos en este terreno.

«No quiero responsabilidades»

Me pareció entonces que era cosa urgente preparar y publicar libros destinados alpueblo, y se me ocurrió la idea de las Lecturas Católicas. A punto unos cuantos números, quise publicarlos en seguida. Pero surgió una dificultad absolutamente inimaginable. Ningún obispo se atrevía a tomarlas bajo su responsabilidad. El de Vercelli, el de Biella, el de Casale, invitados, rehusaron diciendo que era cosa peligrosa lanzarse a la batalla contra los protestantes. Monseñor Fransoni, a la sazón residente en Lyon, aprobó y recomendó la empresa, pero nadie quiso asumir ni siquiera el riesgo de la censura eclesiástica.

El canónigo Zappata, vicario general, fue el único que, a petición del Arzobispo, revisó la mitad de un fascículo; pero a poco, me devolvía el manuscrito diciendo:
-Ahí tiene su trabajo; yo no quiero responsabilidades; lo acaecido a Ximenes y a Palma está muy reciente. Usted desafía y ataca al enemigo de frente, mas yo prefiero batirme cuando hay tiempo aún para retirarse.

De acuerdo con el vicario general, escribí esto al Arzobispo, el cual me respondió adjuntando una carta para presentar a monseñor Moreno, Obispo de Ivrea. En ella rogaba a aquel prelado que aceptase bajo su protección la publicación en proyecto y la avalara con su aprobación y su autoridad. Monseñor Moreno se prestó de buena gana a colaborar., delegó al abogado Pinoli, su vicario general, para que efectuase la censura, el cual, sin embargo, no puso el nombre del censor. Pronto se estudió un plan, y el primero de marzo de 1853 salió el primer número, titulado El católico instruido, etc.

20- Año 1854. Disputas con los protestantes

Iban a Valdocco a discutir con don Bosco

Las Lecturas Católicas tuvieron una acogida entusiástica y el número de sus lectores fue extraordinario; pero en seguida se desataron las iras de los protestantes. Probaron a combatirlas con sus periódicos y sus Lecturas Evangélicas, pero no encontraron lectores. Entonces dirigieron toda clase de ataques contra el pobre don Bosco. Uno después de otro venían a disputar con él persuadidos de que no podría resistir sus razones: los curas católicos eran muy ignorantes y en dos palabras se los podía confundir.

Así, pues, venían a enfrentarse conmigo unas veces en solitario y otras varios a la vez; yo siempre los atendí, y les recomendaba que las dificultades que ellos no sabían resolver se las presentasen a sus propios ministros e hicieran después el favor de darme la respuesta.

Vino a visitarme Amadeo Bert, después Meille, el evangelista Pugno y muchos otros. Pero no pudieron conseguir que yo dejase de hablar ni de imprimir nuestras Lecturas. Todo esto acrecentó su rabia. Creo hará al caso referir algún hecho relativo a este asunto.

Las Lecturas Católicas

Un domingo del mes de enero, por la tarde, me anunciaron a dos señores que venían para halarme. Entraron y, después de una inacabable serie de cumplimientos y lisonjas, uno de ellos comenzó a decir:
-Usted, señor teólogo, recibió de la naturaleza un gran don: el de hacerse leer yentender del pueblo; por ello le pedimos emplee este precioso don en cosas útiles para la humanidad, en el fomento, por ejemplo, de las ciencias, de las artes y del comercio.
-Eso es exactamente lo que me propongo con las Lecturas Católicas, y me entrego a ello con toda el alma.
-Pues sería mucho mejor que se ocupara en publicar otro tipo de libros para la juventud, como, por ejemplo, una historia de la antigüedad, o un tratado de geografía, de física o de geometría, pero no las Lecturas Católicas.
-¿Y por qué no estas Lecturas?
-Porque es un trabajo ya hecho y vuelto a hacer por otros muchos.
-Sí; este tipo de trabajos lo hicieron ya otros muchos, pero en libros de erudición, y no en fascículos al alcance del pueblo, que es lo que precisamente intento yo con mis Lecturas Católicas.
-Pero este trabajo no tiene que producirle a usted ningún beneficio; en cambio, si siguiera nuestro consejo, lograría además unos buenos ingresos para esa maravillosa institución que la Providencia le ha confiado. Mire, aquí tiene usted algo (eran cuatro billetes de mil francos); no será la última limosna. Es más, recibirá otras mayores.
-¿Y a qué viene tanto dinero?
-Se lo entregamos para ayudarle a emprender la publicación de las obras que le hemos dicho, y para ayudar a esa su institución nunca bastante alabada.
-No se ofendan ustedes, señores, si les devuelvo su dinero. Por ahora no me es posible dedicarme a ese tipo de trabajos, sino sólo a las Lecturas Católicas.
-Pero si es un trabajo inútil…
-Pues si es un trabajo inútil, ¿por qué les preocupa a ustedes? ¿Por qué gastan dinero en hacerme desistir?

«¿Si sale de casa, tiene las de volver? »

-Usted no se da cuenta de lo que hace, pues al rechazar nuestra oferta daña a su propia obra y se expone a determinadas consecuencias, a ciertos peligros…
-Señores, adivino lo que ustedes quieren decirme; mas les advierto con toda franqueza que ante la verdad no temo a nadie; cuando me hice sacerdote, me consagré al bien de la Iglesia y de la pobre humanidad; en consecuencia, es mi propósito continuar publicando, en la medida de mis pocas fuerzas, las Lecturas Católicas.
-Usted comete un error -replicaron con la voz y el rostro alterados mientras se ponían de pie-, y encima de equivocarse, nos está insultando; además, ¡quién sabe lo que le puede ocurrir!, y -en tono de amenaza- si sale de su casa, ¿cree usted que tiene todas las de volver?.
-Ustedes, señores, no conocen a los sacerdotes católicos. Mientras viven trabajan por cumplir con su deber. Y si en medio de su trabajo y por este motivo tuvieran que morir, sería para ellos la máxima fortuna y la mayor de las glorias. Estaban en aquel momento los dos tan irritados que me entró miedo de que me pusieran sus manos encima. Me levanté y, colocando la silla entre nosotros, les dije:
-No temo sus amenazas. Si intentasen emplear la fuerza, me costaría muy poco repelerla; pero la fuerza del sacerdote está en la paciencia y el perdón. En fin, por las buenas, tengan la bondad de salir de aquí.

Dando un rodeo a la silla, abrí la puerta de la habitación y dije:
-Buzzetti, acompaña a estos señores hasta la cancela, pues no conocen bien la salida.

Quedaron confundidos ante aquella intimación y añadieron:
-Nos volveremos a ver en mejor ocasión.

Y salieron de allí con la cara y los ojos inflamados de rabia. El hecho fue publicado por algunos periódicos, concretamente por Armonía.

21- Atentados personales

Vino y veneno

Parecía existir todo un plan secreto contra mí, urdido por los protestantes o la masonería. Contaré brevemente algunos hechos. Una noche, mientras estaba dando clase a los jóvenes, se presentaron dos hombres y pidiendo hablar conmigo, me invitaron a ir inmediatamente al «Corazón de Oro» para asistir a un moribundo. Quise acudir al instante, pero pensé en hacerme acompañar por algunos de los mayorcitos.

-No hace falta -me dijeron- que moleste usted a estos chicos. Ya le acompañaremos nosotros hasta la casa del enfermo, y lo volveremos aquí. El enfermo se puede asustar al verlos.
-No se preocupen de eso -añadí yo-; mis alumnos aprovecharán para dar un paseíto y se limitarán después a quedarse al pie de la escalera mientras yo esté con el enfermo.
Pero, llegados a la casa del «Corazón de Oro», me dijeron:
-Pase un momento. Descanse un poco. Entre tanto iremos a avisar al enfermo de que ha llegado usted.

Me condujeron a una habitación de la planta baja, en donde había unos cuantos juerguistas que, después de haber cenado, estaban comiéndose unas castañas. Me acogieron entre grandes encomios y alabanzas, y se empeñaron en que tomara castañas con ellos. Yo rehusé alegando que acababa de cenar.
-Por lo menos beberá un vaso de vino con nosotros –dijeron-. Le gustará. Es de la parte de Asti.
-Muchísimas gracias, pero no acostumbro a beber fuera de las comidas; me sentaría mal.
-Un vasito no le hará a usted ningún daño.

Debe beber a toda costa

Y diciendo esto, pusieron vino a todos. Al llegar a mí, cambiaron de botella y de vaso. Me di cuenta entonces de su perversa maniobra. Mas, a pesar de ello tomé el vaso en la mano y brindé. Pero en vez de beber, intenté colocarlo sobre la mesa.
-Eso que usted hace es un desprecio -dijo uno.
-Es más, es un insulto -añadió otro-; usted nos ofende.
-No me apetece, no quiero y no puedo beber.
-Usted beberá a toda costa.

Dicho esto, me cogió uno por el hombro izquierdo y otro por el derecho, mientras decían:
-No podemos tolerar un insulto así. Beberá de grado o por fuerza.
-Si os empeñáis, beberé; pero dejadme hacer. Y ya que no puedo beber yo, se lo daré a mis muchachos para que lo beban en mi lugar.

Al decir esto, di un largo paso hacia la puerta y la abrí invitando a mis jóvenes a entrar.
-No hace falta; no hace falta que beba nadie. Esté usted tranquilo. Vamos en seguida a avisar al enfermo. Estos que se aguarden ahí abajo en la escalera.

A continuación me condujeron a una habitación del segundo piso, en donde, en lugar de un enfermo, vi acostado al mismo que me había venido a llamar, el cual, después de haber aguantado algunas preguntas, soltó una risotada, diciendo:
-Me confesaré mañana por la mañana.

Me marché en seguida y volví a mi trabajo.

Una persona amiga hizo algunas averiguaciones sobre las personas que me habían llamado y sobre sus intenciones, y pudo asegurarme que cierto sujeto les había pagado una suculenta cena con la condición de que me hicieran beber un poco de vino que él leshabía preparado.

22- «Querían matarme»

Ciento sesenta liras para lograrlo

Parecen fábulas los atentados que voy narrando, pero, por desgracia, son dolorosas historias que tuvieron muchos testigos. He aquí otro más sorprendente todavía.

Una tarde de agosto, sobre las seis, estaba yo en la cancela que daba al patio del Oratorio, rodeado de mis jóvenes, cuando se oyó un grito desesperado:
-¡Un asesino, un asesino!

Y, efectivamente, hete aquí un individuo, por cierto bastante conocido por mí, y a quien había hecho favores, que corría furioso hacia mí en mangas de camisa y con un largo cuchillo en las manos.
-¿Dónde está don Bosco, dónde está don Bosco? -iba diciendo.

Todos se dispersaron a la desbandada, mientras él la emprendió detrás de un clérigo a quien confundió conmigo. Cuando se percató de su error, furioso volvió sus pasos contra mí, y yo apenas si tuve tiempo de huir escaleras arriba, a refugiarme en mi antigua habitación y justamente había dado la vuelta a la llave cuando llegó el desgraciado. Golpeaba, gritaba, mordía las barras de hierro para abrirla, pero inútilmente: yo estaba seguro. Mis jóvenes querían hacer frente a aquel miserable y hacerlo trizas, pero se los prohibí y me obedecieron. Se avisó a la fuerza pública, a la policía, a los carabineros, pero no se pudo obtener nada hasta las nueve y media de la noche, hora en que dos carabineros detuvieron a aquel desalmado y lo llevaron al cuartelillo.

Al día siguiente, el jefe de policía me envió un agente para preguntarme si perdonaba al criminal. Contesté que sí, que yo perdonaba aquella y todas las injurias; pero que, en nombre de la ley, recomendaba a las autoridades que defendieran mejor las personas y las moradas de los ciudadanos. ¿Quién lo iba a creer? A la misma hora en que tuvo lugar la agresión, estaba aquel sujeto al día siguiente, a poca distancia,esperando a que yo saliese de casa.

Un amigo mío, viendo que no podía esperar nada de la autoridad, intentó hablarcon el miserable.
-A mí me han pagado -contestó-; denme lo que me dan los otros y me iré en paz.

Se le pagaron ochenta francos para que saldara un alquiler vencido, y se le dieron otros ochenta más para que se buscara una vivienda lejos de Valdocco. Así se terminó aquella primera comedia. Pero no fue cosa tan sencilla lo de la segunda comedia.

Lluvia de garrotazos

Un mes después, más o menos, del suceso narrado, en la tarde de un domingo, me llamaron urgentemente desde casa Sardi, cerca del Refugio, para que confesara a una enferma que, según decían, estaba a punto de morir. A causa de los hechos precedentes invité a algunos de mis jóvenes mayorcitos a que me acompañaran.

No hace falta -se me dijo-, nosotros le acompañaremos. Deje a esos jóvenes en sus juegos. Esto fue una razón más para no salir solo. Coloqué a algunos en la calle, al pie de la escalera, y José Buzzetti y Jacinto Arnaud quedaron en el rellano del primer piso, a poca distancia de la puerta de la enferma.

Entré y vi a una mujer que estaba jadeante, como si fuese a dar el último suspiro. Invité a los presentes, en número de cuatro, a que se alejaran para poder hablar de las cosas del alma.
-Antes de confesarme -empezó a decir a grandes voces- quiero que aquel bribón que está enfrente se retracte de las calumnias con que me ha difamado.
-De ningún modo.
-¡Silencio! -gritó un tercero, poniéndose de pie.

Y los dos se pusieron de pie.

«Que sí», «que no», «que te casco», «que te hago triza» fueron expresiones que, subrayadas por horrendas imprecaciones, contribuyeron a que se armara un alboroto infernal en aquella habitación. En medio de aquel infierno se apagan las luces, aumentan los gritos y comienza una lluvia de bastonazos dirigidos hacia donde yo estaba sentado. En seguida adiviné el juego, que no consistía nada más que en hacérmelo pasar muy mal. No teniendo tiempo para pensar y menos aún para reflexionar, el instinto me guió; agarré la silla, me la puse sobre la cabeza y, recibiendo los bastonazos que descargaban furiosamente sobre la silla, caminé bajo aquella especie de escudo en dirección a la salida.

Habiendo podido escapar de aquel antro de Satanás, me lancé en brazos de mis jóvenes, que, al oír el ruido y los gritos, intentaban a toda costa entrar dentro. No recibí ninguna herida grave, pero sí que me alcanzó un bastonazo en el pulgar de la mano izquierda, que tenía apoyado en el respaldo de la silla; se me llevaron la uña con la mitad de la falange, como se puede ver por la cicatriz que aún conservo. Con todo, lo peor fue el susto.

Nunca pude saber el verdadero motivo de tales vejaciones, pero parece que todo fue urdido para atentar contra mi vida o, al menos, para hacerme desistir de calumniar, según decían ellos, a los protestantes.

23- El perro «gris»

«Vi junto a mí un perrazo»

El perro Gris fue ocasión de muchas conversaciones y de no pocas hipótesis. Muchos de vosotros lo habéis visto y hasta acariciado. Pero en este momento, dando de lado a las peregrinas historias que sobre él se cuentan, yo expondré la pura verdad. Los frecuentes atentados de que era objeto me aconsejaban no ir solo a Turín, ni tampoco volver. En aquel tiempo, el manicomio era el edificio más cercano al Oratorio; todo lo demás eran terrenos llenos de espinos y acacias.

Una tarde oscura, a hora ya algo avanzada, volvía yo completamente solo, y no sin algo de miedo, cuando vi junto a mí un perrazo que, a primera vista, me espantó; mas, al no amenazarme agresivamente, sino, al contrario, al hacerme fiestas como si fuera yo su dueño, nos pusimos pronto en buenas relaciones y me acompañó hasta el Oratorio. Algo parecido sucedió muchas otras veces; de modo que puedo decir que elGris me ha prestado importantes servicios. Expondré algunos.

A fines de noviembre de 1854, en una tarde oscura y lluviosa, volvía de la ciudad y, para andar lo menos posible por despoblado, venía por el camino que desde la Consolata va hasta el Cottolengo. A un cierto punto advertí que dos hombres caminaban a poca distancia de mí. Aceleraban o retardaban su paso cada vez que yo aceleraba o retrasaba el mío. Cuando intenté pasar a la otra parte, para evitar el encuentro, ellos, hábilmente, se me colocaron delante; quise desandar el camino, pero no me fue posible, porque ellos repentinamente dieron unos saltos atrás y, sin decir palabra, me echaron una manta encima. Hice cuanto pude por no dejarme envolver, pero todo fue inútil; aún más, uno se empeñaba en amordazarme con un pañuelo. Yo quise gritar, pero inútilmente. En aquel momento preciso apareció el Gris, y aullando como un oso, se abalanzó con las patas delanteras contra uno y con la boca abierta contra el otro, de modo que tenían que envolver al perro antes que a mí.
-¡Llame a ese perro! -se pusieron a gritar con espanto.
-Lo llamaré; pero no os metáis con los transeúntes.
-Pero ¡pronto! -exclamaban.

El Gris continuaba aullando como un lobo o como un oso enfurecido. Reemprendieron ellos su camino, y el Gris, siempre a mi lado, me acompañó hasta llegar al Cottolengo. Rehecho del susto y entonado con un buen vaso de vino que me ofreció la caridad de aquella casa, detalle que suele tener siempre a punto en honor de sus huéspedes, me volví al Oratorio bien escoltado.

«No le molestéis. Es el perro de don Bosco»

Las tardes en que no iba acompañado de nadie, tan pronto como dejaba atrás las últimas edificaciones veía aparecer al Gris por un lado del camino. Muchas veces los jóvenes del Oratorio pudieron verlo, y hasta en una ocasión les sirvió de entretenimiento. Efectivamente, en cierta ocasión vieron entrar un perro en el patio. Unos querían golpearle y otros estaban a punto de emprenderla a pedradas contra él.
-No le molestéis -dijo Buzzetti-. Es el perro de don Bosco.

Entonces todos se pusieron a acariciarle de mil modos y lo acompañaron hasta el comedor, donde estaba yo con algunos clérigos y sacerdotes y con mi madre. Ante la inesperada visita, quedaron todos estupefactos.
-No tengáis miedo -les dije-, es mi Gris; dejadlo que se acerque. En efecto, después de dar una vuelta a la mesa, se puso a mi lado muy contento. Yo lo acaricié y le ofrecí comida, pan y cocido; pero él rehusó. Aún más, ni siquiera quiso olfatearlo.
-Entonces, ¿qué quieres? -le dije.

El se limitó a sacudir las orejas y mover la cola.
-Come o bebe, o estate quieto -concluí.

Continuó entonces sus muestras de complacencia y apoyó la cabeza sobre mis rodillas, como si quisiera hablarme y darme las buenas noches; después, con gran sorpresa y no poca alegría, los chicos lo acompañaron fuera. Recuerdo que aquella noche había llegado yo tarde a casa y que un amigo me había traído en su coche.

Ya no estaba el perro

La última vez que vi al Gris fue el año 1866, cuando desde Morialdo iba a Moncucco, a casa de Luis Moglia, mi amigo [cf. Cronología, año 1828]. Como el párroco de Buttigliera me hubiese entretenido, se me hizo tarde y la noche me sorprendió en camino.
-¡Oh, si estuviese aquí mi Gris! -pensé para mí-. ¡Qué bien me vendría!

Dicho esto, subí a un prado para gozar del último rayo de luz. En aquel momento preciso apareció el Gris entre grandes muestras de alegría y me acompañó el trecho de camino que me quedaba, unos tres kilómetros. Llegado a casa de mi amigo, que me estaba esperando, me advirtieron que diera una vuelta para que mi perro no se peleara con dos grandes perros de la casa.
-Se harían pedazos, entre ellos -dijo Moglia. Hablé con toda la familia, fuimos después a cenar, y a mi compañero se le dejó descansar en un rincón de la sala. Terminada la cena, dijo mi amigo:
-Habrá que dar de cenar a tu perro.

Tomó algo de comida, se la llevó, pero no lo encontró, por más que lo buscó en todos los rincones de la sala y de la casa. Todos quedaron asombrados, porque no se había abierto ni la puerta ni la ventana, ni los perros de la casa habían dado la menor alarma. Se repitieron las pesquisas por las habitaciones superiores, pero nadie pudo encontrarlo.

Esta es la última noticia que tuve del perro, animal que ha sido objeto de tantas preguntas y de tantas discusiones. Yo nunca pude conocer el dueño. Sólo sé que aquel animal fue para mí una auténtica providencia en los muchos peligros en que me encontré.

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