Siguiendo un gran ideal: 1835-1845

San Juan Bosco, Don Bosco, Memorias del Oratorio, Salesianos1- Imposición de la sotana

Despojarse del hombre viejo

Tomada la resolución de abrazar el estado eclesiástico y, después de pasar el examen de ingreso en el seminario, empecé a prepararme para aquel día tan importante, ya que estaba persuadido de que de la elección de estado depende ordinariamente la eterna salvación o la eterna perdición.

Encomendé a varios amigos que rezaran por mí. Hice una novena y el día de San Rafael (25 de octubre de 1835) me acerqué a los santos sacramentos. El teólogo Cinzano, cura y vicario foráneo de mi parroquia, bendijo la sotana, y me la impuso antes de la misa mayor.

Cuando me mandó quitarme los vestidos del siglo con aquellas palabras: «Que el Señor te despoje del hombre viejo y de sus actos», dije en mi corazón: -¡Oh cuánta ropa vieja he de quitar! Dios mío, destruid, sí, en mí todas mis malas costumbres. Después, cuando añadió, al darme el alzacuello: «Que el Señor te revista del nuevo hombre, que Dios creó en justicia y santidad verdadera», me sentí conmovido y añadí en mi corazón: « Sí, ¡Oh Dios mío! Haced que en este momento vista yo un hombre nuevo, es decir, que desde este momento empiece una vida nueva, todo según vuestro divino querer, y que la justicia y la santidad sean el objeto constante de mis pensamientos, de mis palabras y de mis obras. Así sea. ¡Oh María!, sed mi salvación».

«Parecía un muñeco disfrazado»

Terminada la fiesta religiosa, quiso mi buen párroco hacerme un obsequio que resultó completamente profano. Se empeñó en llevarme a la fiesta de San Rafael Arcángel, que se celebraba en Bardella, pequeña aldea de Castelnuovo. Él pretendía hacerme un cumplido con aquella fiesta, pero aquello no era para mí. Yo iba a parecer un muñeco disfrazado que se presentaba en público para que lo vieran. A más, tras varias semanas de preparación para el día suspirado, ¿cómo iba a encontrarme a gusto, después en la comida, entre gente de toda condición y sexo allí reunida para reír, bromear, comer, beber y divertirse, gente cuya mayor parte buscaba entretenimientos, bailes y partidas de todo género? ¿Qué trato podía tener aquella gente con uno que por la mañana del mismo día había vestido el hábito de santidad para entregarse del todo al Señor?

Mi párroco se dio cuenta de ello. Y a la vuelta a casa me preguntó por qué en un día de alegría general me había mostrado yo tan retraído y pensativo. Respondí, con toda sinceridad, que la función celebrada por la mañana en la iglesia no concordaba ni en género, ni en número, ni en caso con lo de la tarde. Y añadí: -«Es más: el haber visto sacerdotes haciendo el bufón en medio de los convidados y un tanto alegrillos por el vino, casi ha hecho nacer en mí aversión hacia la vocación. Si supiera que había de ser un sacerdote de ésos, preferiría quitarme esta sotana y vivir como un pobre seglar, pero buen cristiano».

Y me respondió el sacerdote:
-El mundo es así, y hay que tomarlo como es. Conviene ver el mal para conocerlo y evitarlo. Nadie llegó a ser guerrero y valeroso sin aprender el manejo de las armas. Así hemos de hacer nosotros, los que sostenemos continuo combate contra los enemigos de las almas.

Callé entonces, pero dije dentro de mi corazón:
-No iré nunca a comidas de fiestas, a no ser que me vea obligado por funciones religiosas.

Plan de vida

Después de aquella jornada debía ocuparme de mí mismo. La vida llevada hasta entonces había que reformarla radicalmente. No es que hubiese sido en los años anteriores propiamente malo. Pero sí disipado, vanidoso y muy metido en partidas, juegos, pasatiempos y cosas semejantes, que por el momento alegran, pero que no llenan el corazón.

Para trazarme un plan de vida estable y no olvidarlo, escribí los siguientes propósitos :
1) En lo venidero, nunca tomaré parte en los espectáculos públicos, en ferias y mercados. No iré a ver bailes y teatros. Y, en cuanto me sea posible, no iré a las comidas que se suelen dar en tales ocasiones.
2) No haré más juegos de manos, ni de destreza, ni de cuerda, ni actuaré de saltimbanqui ni de prestidigitador. No tocaré más el violín, ni iré más de caza. Considero todas estas cosas contrarias a la gravedad y espíritu eclesiástico.
3) Amaré y practicaré el retiro y la templanza en el comer y beber. No tomaré más descanso que las horas estrictamente necesarias para la salud.
4) Así como en el pasado serví al mundo con lecturas profanas, así en lo porvenir procuraré servir a Dios dándome a lecturas de libros religiosos.
5) Combatiré con todas mis fuerzas toda lectura, pensamiento, toda conversación, toda palabra y obra, y lo que pueda ir contra la virtud de la castidad. Por el contrario, practicaré cuanto pueda contribuir a conservar esta virtud, por insignificante que sea.
6) Además de las prácticas ordinarias de piedad, no dejaré de hacer todos los días un poco de meditación y un de lectura espiritual.
7) Contaré cada día algún ejemplo o máxima edificante en bien del prójimo. Esto lo haré con los compañeros, con los amigos, con los parientes y, cuando no tenga con quién, con mi madre.

Estos son los propósitos de cuando tomé la sotana. A fin de que se me quedaran bien impresos, fui ante una imagen de la Santísima Virgen, los leí y, después de orar, prometí formalmente a la celestial Bienhechora guardarlos, aun a costa de cualquier sacrificio.

2- Hacia el seminario

«No es el hábito lo que honran»

El día 30 de octubre de 1835 debía estar en el seminario. El escaso equipo de ropa estaba preparado. Todos mis parientes se mostraban contentos, y yo más que ellos. Sólo a mi madre se la veía pensativa, y no me perdía de vista como si tuviera que decirme alguna cosa. La víspera de la partida por la tarde me llamó y me dijo estas memorables palabras:
-Querido Juan, ya has vestido la sotana de sacerdote.

Como madre experimento un gran consuelo en tener un hijo seminarista. Pero acuérdate de que no es el hábito lo que honra tu estado, sino la práctica de la virtud. Si alguna vez llegases a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no deshonres ese hábito. Quítatelo en seguida. Prefiero tener un pobre campesino a un hijo sacerdote descuidado en sus deberes. Cuando viniste al mundo te consagré a la Santísima Virgen; cuando comenzaste los estudios te recomendé la devoción a esta nuestra madre. Ahora te digo que seas todo suyo. Ama a los compañeros devotos de María. y, si llegas a sacerdote, recomienda y propaga siempre la devoción a María.

Al terminar estas palabras, mi madre estaba conmovida y yo lloraba. Le respondí.
-Madre, le agradezco todo lo que usted ha hecho y dicho por mí; sus palabras no caen en el vacío, y serán todo un tesoro a lo largo de mi vida. Por la mañana temprano fui a Chieri, y por la tarde del mismo día entré en el seminario.

Todo un programa

Después de saludar a los superiores y de arreglarme la cama me puse a pasear con el amigo Garigliano por dormitorios y corredores, y al fin bajamos al patio. Alzando los ojos hacia un reloj de sol, leí esta inscripción: Afflictis lentae, celeres gaudentibus horae (Las horas pasan lentas para los desgraciados, y volando para los que son felices).

Dije a mi amigo Garigliano:
-He aquí nuestro programa; hemos de estar siempre alegres, y pasará el tiempo de prisa.

Al día siguiente comenzó un retiro de tres días. Y procuré hacerlo lo mejor posible. Hacia el final, me presenté al profesor de filosofía, que era el teólogo Ternavasio de Bra, y le pedí alguna norma de vida para cumplir con mis deberes y ganarme la benevolencia de mis superiores. El digno sacerdote me respondió:
-Una sola cosa: el exacto cumplimiento del deber.

Tomé este consejo como base y me entregué con toda el alma a la observancia del reglamento del seminario. En cuanto a puntualidad no hacía diferencia ninguna, tanto nos llamase la campana al estudio como a la iglesia, al recreo como al comedor o al dormitorio. Esta exactitud me ganó el aprecio de los compañeros y de los superiores de tal manera, que los seis años de seminario (1835-41) constituyeron para mí un período muy feliz de mi vida.

3- La vida en el seminario

«Como de un perro sarnoso»

Los días de seminario son poco más o menos siempre lo mismo, por lo que escribiré las cosas en general, especificando solamente algunos hechos particulares.

Empezaré por los superiores.

Yo quería mucho a mis superiores, y ellos fueron siempre muy buenos conmigo. Pero mi corazón no estaba satisfecho. Era costumbre visitar al rector (don Sebastián Mottura) y a los otros superiores al volver de vacaciones y al marchar a ellas. Nadie iba a hablar más con ellos, como no los llamasen para darles alguna reprimenda. Uno de los superiores, por turno, vigilaba durante la semana en el refectorio y en los paseos, y nada más. ¡Cuántas veces hubiera querido hablarles, pedirles consejo o aclaración de dudas, y no podía hacerlo! Es más, cuando algún superior pasaba entre los seminaristas, todos, sin saber por qué, huían precipitadamente de él, como de un perro sarnoso. Esto avivaba en mi corazón los deseos de ser cuanto antes sacerdote para meterme en medio de los jóvenes, estar con ellos y ayudarles en todo.

Extraña maniobra para comulgar

En cuanto a los compañeros, me atuve al consejo de mi querida madre, es decir que me junté con los devotos de María y amantes del estudio y de la piedad. Debo decir, para norma de quien entra en un seminario, que allí hay muchos clérigos de virtud sin tacha, pero que también los hay peligrosos. Y no pocos jóvenes, sin preocuparse de su vocación, van al seminario sin poseer el espíritu y la voluntad del buen seminarista. Es más; recuerdo haber oído a algunos compañeros conversaciones realmente malas. Y una vez., al registrar a algunos alumnos, les encontraron libros impíos y obscenos de todo género. Es cierto que semejantes compañeros, o dejaban espontáneamente la sotana, o eran despedidos del seminario tan pronto como se les descubría. Pero entre tanto constituían la peste para los buenos y para los malos. Para evitar el peligro de tales compañeros, elegí a algunos que eran públicamente tenidos por modelos de virtud. Estos eran Guillermo Garigliano, Juan Giacomelli, de Avigliana, y, más tarde Luis Comollo. Estos tres compañeros fueron para mí un verdadero tesoro.

Las prácticas de piedad se cumplían verdaderamente bien. Todas las mañanas teníamos misa, meditación y la tercera parte del rosario. Durante la comida, lectura edificante. Por entonces se leía la Historia Eclesiástica, de Bercastel. La confesión era obligatoria cada quince días, pero quien lo descara podía hacerla cada sábado. En cambio, la santa comunión sólo se podía recibir los domingos o en especiales solemnidades. Algunas veces se la recibía durante la semana, mas para ello había que buscar un subterfugio: había que elegir la hora del desayuno e irse, medio a escondidas, a la contigua iglesia de San Felipe, comulgar, y volver a juntarse con los compañeros en el momento en que entraban en el estudio o en la clase. Esta infracción del horario estaba prohibida, pero los superiores consentían tácitamente, ya que lo sabían, y a veces, lo veían y no decían nada. De este modo pude frecuentar bastantes veces la comunión, de la que puedo decir que fue el alimento principal de mi vocación. Ya se ha remediado este defecto en la vida de piedad desde que, por disposición del arzobispo Gastaldi, se ordenaron las cosas de forma que cada mañana se pudieran acercar a la comunión cuantos quisieran hacerlo.

El rey de copas y la sota de espadas

El pasatiempo más común durante el tiempo libre era el conocido juego del marro. Al principio tomé parte en él con mucho gusto. Pero como este juego se aproximaba mucho al de los saltimbanquis, a los que había renunciado totalmente, quise renunciar también a éste.

En ciertos días había permiso para jugar a la baraja. Y también tomé parte durante algún tiempo. Pero aquí tropezaba también igualmente con la mezcla de lo dulce y lo amargo. Aunque no era un gran, jugador, sin embargo, tenía tal suerte, que ganaba casi siempre. Al acabar las partidas tenía las manos llenas de dinero, pero, al ver a mis compañeros tristes por lo que habían perdido, yo me ponía más triste que ellos. Añádase que prestaba tal atención al ,juego, que después no me era posible rezar ni estudiar, pues siempre tenía la imaginación ocupada por el rey de copas, la sota de espadas y el as de oros o de bastos. Tomé, pues, la determinación dc no participar en este juego, lo que ya había hecho con algunos otros. Esto lo hice hacia la mitad del segundo año de filosofía, en 1836.

Cuando el recreo era más largo que de ordinario, se amenizaba con algún paseo que los seminaristas daban por los pintorescos lugares que circundan la ciudad de Chieri. Aquellos paseos eran también ventajosos para el estudio, pues todos procuraban ejercitarse en temas escolares, bien preguntando al compañero, bien respondiendo a preguntas. Fuera del tiempo de paseo propiamente dicho, todos podían distraerse departiendo con los amigos en el seminario, o discurriendo sobre temas interesantes o sobre cuestiones de estudios o de piedad.

Durante las horas de recreo, en casa, a veces nos reuníamos en el refectorio para hacer lo que llamábamos círculo de estudios. Allí uno preguntaba sobre lo que no sabía o lo que no había entendido en la explicación o en el texto. Me gustaba mucho, y me era muy útil para el estudio, para la piedad y para la salud. Llamaba la atención por el modo de preguntar Luis Comollo, que entró en el seminario un año después de mí. Un tal Domingo Peretti, actualmente párroco de Buttigliera (Buttigliera Alta, de 1850 a 1893) tenía mucha facilidad y respondía siempre. Garigliano era un excelente oyente: sólo hacía algunas reflexiones. Yo era el presidente y juez inapelable. Como en nuestras charlas salían ciertas cuestiones a las que ninguno de nosotros sabíamos responder, nos dividíamos las dificultades. Al cabo de un tiempo determinado debía aportar cada cual la solución de la dificultad de que se había hecho cargo.

Las invitaciones de Luis

Mi recreo era frecuentemente interrumpido por Luis Comollo. Me agarraba del brazo y, diciéndome que le acompañase, me conducía a la capilla para hacer la visita al Santísimo Sacramento, para rezar por los agonizantes, el rosario o el oficio de la Virgen en sufragio de las almas del purgatorio. Este maravilloso compañero fue para mí una bendición. Sabía avisarme en su tiempo oportuno. Me corregía y consolaba; pero con tal tacto y tanta caridad, que hasta me consideraba feliz en darle motivos para que lo hiciese, pues era todo un placer ser corregido por él. Trataba con él familiarmente. Instintivamente me sentía inclinado a imitarle. y, aunque a mil leguas de él en la virtud, ciertamente le debo el no haber sido arrastrado por los disipados y la perseverancia en mi vocación. En una sola cosa ni siquiera intenté imitarle: en la mortificación. No acababa de entender que un joven de diecinueve años tuviese que ayunar rigurosamente durante toda la cuaresma y otros tiempos mandados por la Iglesia; y ayunar todos los sábados en honor de la Santísima Virgen, renunciar a menudo el desayuno de la mañana, comer a veces a pan y agua y soportar cualquier desprecio e injuria, sin dar la más mínima señal de resentimiento.

Todo esto me desconcertaba. Pero, al verle cumplir tan exactamente los deberes de estudio y piedad, no podía menos de reconocer en aquel compañero un ideal de amistad, una invitación al bien, un modelo de virtud para quien ha de vivir en un seminario.

4- Las vacaciones

La siega y la vendimia

Las vacaciones suelen ser un gran peligro para los seminaristas. Más aún en aquel tiempo, en que duraban cuatro meses y medio. Yo empleaba el tiempo en leer y escribir, pero como no sabía aún sacarle partido, perdía mucho sin fruto. Buscaba el modo de entretenerme con algún trabajo manual. Hacía husos, clavijas, trompos, bochas o bolas al torno; cosía sotanas, cortaba o cosía zapatos; trabajaba el hierro, la madera. Aún existe en mi casa de Morialdo un escritorio y una mesa con algunas sillas que recuerdan las obras maestras de aquellas mis vacaciones. Me ocupaba también en segar hierba en el prado, en recoger trigo en el campo, en deshijar las vides, vendimiar y cosas semejantes. Me ocupaba también de mis jóvenes de siempre, pero esto no lo podía hacer más que los días festivos. Experimenté una gran satisfacción enseñando el catecismo a muchos amigos míos, que tenían ya sus dieciséis o diecisiete años y estaban en ayunas de las verdades de la fe.

Igualmente me puse a enseñar, y con buen resultado, a leer y escribir, ya que el deseo, más diré, la fiebre de aprender, me traía jovencitos de todas las edades. Las clases eran gratuitas, pero les exigía asiduidad, atención y la confesión mensual. Al principio hubo algunos que, por no someterse a estas condiciones, dejaron la clase. Esto sirvió de escarmiento y animó a los otros.

«Popularmente…»

También comencé a predicar, con el permiso y la supervisión de mi párroco. Prediqué sobre el rosario en el pueblo de Alfiano, en las vacaciones que siguieron al segundo ario de filosofía. Sobre San Bartolomé apóstol, después del primero de teología, en Castelnuovo de Asti. Sobre la Natividad de María en Capriglio. Desconozco cuál fuese el fruto. Pero en todas partes se me alababa: así que la vanagloria me fue ganando hasta que sufrí el siguiente desengaño. Un día, después de haber pronunciado el sermón sobre el nacimiento de María, pregunté a uno que parecía de los más inteligentes acerca del sermón que tanto elogiaba y me respondió:
-Su sermón fue sobre las pobrecitas ánimas del purgatorio.
-¡Y yo había predicado las glorias de María!

En Alfiano quise saber el parecer del párroco don José Pelato, persona de mucha piedad y doctrina, y le rogué me dijera su parecer sobre el sermón. -Su sermón, me respondió, fue realmente bonito, ordenado, expuesto en buen lenguaje, con pensamientos de la Escritura. Si sigue así, puede tener éxito en la predicación.
-¿Habrá comprendido el pueblo?
-Poco. Mi hermano sacerdote, yo y poquísimos más.
-¿Cómo es posible que no se entiendan cosas tan sencillas?
-A usted le parecen fáciles, pero para el pueblo son bastante difíciles. Desgranar la historia sagrada, volar con razonamientos sobre el tejido de hechos de la historia eclesiástica, son cosas que el pueblo no entiende.
-Entonces, ¿qué me aconseja hacer?
-Abandonar el lenguaje y el desarrollo del tema según los clásicos, hablar en dialecto donde se pueda, o aún en lengua italiana, pero popularmente, popularmente, popularmente. Y más que a doctos razonamientos, aténgase a los ejemplos, a las semejanzas, a los apólogos sencillos y prácticos. Recuerde siempre que el pueblo entiende poco y que nunca se le explican bastante las verdades de la fe. Ese paternal consejo me sirvió para toda mi vida. Aún conservo, para vergüenza mía, aquellos discursos, en los que al presente no descubro más que vanagloria y afectación. Dios misericordioso dispuso que recibiera aquella lección; lección provechosa para los sermones, el catecismo, las instrucciones y para escribir, a lo que ya entonces me dedicaba.

5- De vacaciones por las colinas del Monferrato

Amenazas y vasos por los aires

Cuando hace poco decía que las vacaciones son peligrosas, me refería precisamente a mí. A un pobre clérigo le sucede a menudo encontrarse, sin darse cuenta, en graves peligros. Soy testigo de ello. Un año fui invitado a una comida de fiestas en casa de unos parientes. No quería ir. Pero como se adujera que allí no había ningún clérigo para ayudar en la iglesia y un tío mío insistiera, creí conveniente condescender. Y fui. Terminadas las funciones sagradas, en las que tomé parte ayudando y cantando, fuimos a comer. La primera parte de la comida transcurrió sin el menor incidente. Pero cuando el vino empezó a hacer sus efectos, comenzaron a emplear ciertos vocablos que un clérigo no podía tolerar. Intenté hacer alguna observación, pero mi voz quedó ahogada.

No sabiendo qué partido tomar, opté por ausentarme. Me levanté de la mesa y tomé el sombrero para irme. Pero mi tío se opuso. Otro comensal empezó a hablar peor y a insultar a todos los presentes. De las palabras se pasó a los hechos: alborotos, amenazas, vasos, botellas, platos, cucharas, tenedores y, al fin los cuchillos, fueron haciendo acto de presencia hasta producir una horrible batahola. En aquel momento yo no tuve otro recurso que poner pies en polvorosa. Llegado a casa renové de todo corazón el propósito, ya hecho varias veces, de vivir retirado, si no quería caer.

El violín hecho añicos

Un hecho de otro género, pero también desagradable, me sucedió en Crivelle (Croveglia o Crimeville), vecindario de Buttigliera. Se celebraba la fiesta de San Bartolomé, y fui invitado por otro tío mío (se llamaba Mateo y llegó a los ciento dos años de edad (MB 1, pág. 339) ) a asistir con el fin de ayudar a las funciones sagradas, cantar y tocar el violín, que había sido para mí un instrumento muy querido y que ya había abandonado.

En la iglesia todo fue muy bien.

La comida era en casa de aquel tío mío, prioste de la fiesta, y hasta entonces no había ocurrido nada particular. Terminada la comida, los comensales me invitaron a ejecutar alguna pieza a título de pasatiempo. Me negué.
-Por lo menos, dijo un músico, acompáñeme usted. yo tocaré la primera voz y usted haga la segunda.

¡Desgraciado de mí! No supe rehusar y me puse a tocar. Toqué un buen rato, hasta que oí un cuchicheo y ritmo de pies que indicaba gente en movimiento. Me acerque a la ventana y contemplé un buen grupo de personas en el patio bailando alegremente al son de mi violín. Imposible expresar con palabras el enfado que me invadió en aquel momento.
-¿Cómo?, dije a los comensales; yo, que grito siempre contra estos espectáculos, ¿tengo que convertirme en su promotor? Esto no se volverá a repetir. Entregué el violín. Fui a mi casa e hice añicos el mío. Y no me serví más de este instrumento aun cuando se presentaron ocasiones y conveniencias en las funciones sagradas.

De caza

Un episodio más, que me sucedió yendo de caza. Iba a buscar nidos durante el verano, y en otoño cazaba con liga, con la trampa, la lazada y a veces con la escopeta. Una mañana me puse a perseguir una liebre y, corriendo de campo en campo, de viña en viña, atravesé valles y cerros durante varias horas.

Llegué, finalmente, a tiro del animal; de un disparo le deshice las costillas, tanto que el animalito cayó, dejándome abatido al verlo muerto. A la descarga acudieron mis compañeros, y mientras ellos se alegraban por la pieza cobrada, eché una mirada sobre mí mismo y advertí que estaba en mangas de camisa, sin sotana y con un sombrero de caza, por lo que parecía un contrabandista; y esto en un lugar a más de cinco kilómetros de mi casa. Quedé mortificadísimo. Me excusé ante los compañeros del escándalo dado por aquella forma de vestir; volví en seguida a casa, y renuncié de, nuevo y definitivamente a toda suerte de cacería.

Esta vez mantuve la palabra, con la ayuda de Dios. Que El me perdone aquel escándalo. Estos tres hechos fueron para mí una terrible lección, y desde entonces me entregué con mejores propósitos a la vida recogida y quedé persuadido del todo de que el que quiera darse plenamente al Señor ha de renunciar completamente a las aficiones mundanas. Es cierto que, a menudo, éstas no son pecaminosas; pero también es cierto que, por las conversaciones que se tienen, por la manera de vestir, de hablar y de comportarse, contienen siempre algún riesgo de ruina para la virtud, especialmente para la delicadísima virtud de la castidad.

Cómo guisar un pollo

Fui siempre muy amigo de Luis Comollo, mientras Dios conservó en vida a este incomparable compañero. Durante las vacaciones iba muchas veces a verle, y muchas venía también él a verme a mí. Nos escribíamos frecuentemente. Veía en él a un joven santo. Yo le quería por sus raras virtudes; y él a mí porque le ayudaba en los estudios eclesiásticos; y, además, cuando estaba junto a él me esforzaba por imitarle de algún modo.

Durante unas vacaciones vino a pasar un día conmigo, cuando mis parientes andaban de siega por el campo. Me dio a leer un sermón que él había de pronunciar en la próxima fiesta de la Asunción de María. Luego lo recitó acompañando las palabras con el gesto.

Después de algunas horas de agradable entretenimiento, nos acordamos de que era hora de comer. Estábamos solos en casa. ¿Qué hacer?
-Nada, resuelto; yo encenderé, dijo Comollo, el fuego. Tú preparas el puchero y coceremos lo que se presente.
-Muy bien, respondí; pero vayamos primero al agarrar un pollo a la era y tendremos carne y caldo. Es ni más ni menos lo que me ha dicho mi madre. Pronto conseguimos echar la mano a un pollo. Pero después, ¿quién lo mataba? Ninguno de los dos se atrevía. Para llegar a una conclusión convincente, se decidió que Comollo sostuviese el animal por el cuello sobre un tronco de madera, mientras yo se lo cortaba con una hoz despuntada. Descargué el golpe. La cabeza cayó por el suelo, los dos, espantados, afligidos, nos echamos hacia atrás.
-¡Si seremos exagerados!, dijo repuesto Comollo; el Señor ha dicho que nos sirvamos de los animales de la tierra para nuestro bien. ¿Por qué tantos remilgos? Y sin más problemas, recogimos el animal y, desplumado y cocido, nos lo comimos.

Debía ir yo a Cinzano para oír el sermón de Comollo el día de la Asunción. Pero habiéndoseme encargado también a mí hacer el mismo sermón en otra parte, fui al día siguiente. Daba gusto oír las alabanzas que de todas las bocas salían por el sermón de Comollo.

Improvisación sobre San Roque

Aquel día (16 de agosto) era la fiesta de San Roque, que suele llamarse día de la comida de piñata, o de la cocina, porque los parientes y amigos suelen aprovechar ese día para invitarse recíprocamente a comer y divertirse con algún entretenimiento público.

Con tal motivo sucedió un episodio que demuestra hasta dónde llegaba mi audacia. Se esperó al predicador de aquella solemnidad; era ya la hora de subir al púlpito y no llegaba. Para sacar al párroco de Cinzano de aquel apuro, iba yo de unos a otros, entre los muchos párrocos allí reunidos, rogando e insistiendo para que alguno predicase algo a los innumerables fieles que llenaban la iglesia. Ninguno quería aceptar. Cansados de mis repetidas invitaciones, me respondieron ásperamente:
-Pero, ¿tú qué te has creído? ¿Que improvisar un sermón sobre San Roque es como beberse un vaso de vino? En vez de molestar a los otros, ¿por qué no lo haces tú? Todos aplaudieron aquellas palabras. Mortificado y herido en el amor propio, respondí:
-Yo no me atrevía. Pero ya que ustedes no se animan, acepto.

Se cantó en la iglesia un himno sagrado, para que pudiera preparar algo. Subí al púlpito e hice un sermón que siempre dijeron que fue el mejor de cuantos pronuncié antes y después.

«Espero beber vino mejor»

En aquellas vacaciones, y en una ocasión parecida (1838), salí un día de paseo con mi amigo Comollo hasta una colina desde donde se divisa una vasta extensión de campos, prados y viñedos.
-Mira, Luis, empecé a decirle, ¡qué mala cosecha la de este año! ¡Pobres campesinos! Tanto trabajo, y para nada.
-Es la mano del Señor, respondió, que pesa sobre nosotros. Créeme: nuestros pecados son la causa.
-Espero que el año próximo el Señor nos dará frutos más abundantes.
-También yo lo espero, sobre todo para los que todavía vivan y puedan gozarlos.
-Calla, y déjate de pensamientos tristes. Por este año, paciencia: el que viene habrá mejor vendimia y haremos mejor vino.
-Tú lo beberás.
-¿Es que tú piensas seguir bebiendo tu agua de siempre?
-Yo espero beber un vino bastante mejor.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Mira, no insistas. El Señor sabe lo que se hace.
-No pregunto eso. Lo que pregunto es qué quieres decir con esas palabras: «Yo espero beber un vino bastante mejor». ¿Quieres acaso irte al paraíso?
-Aunque no estoy del todo seguro de ir al paraíso después de mi muerte, tengo, sin embargo, fundada esperanza, y de un tiempo a esta parte siento un deseo tan vivo de ir a buscar la felicidad de los bienaventurados, que me parece imposible puedan ser muchos los días de mi vida. Comollo decía esto con el rostro iluminado, gozando aún de óptima salud y mientras se preparaba para volver al seminario.

6- Noticias del más allá

Un pacto poco prudente

Lo más memorable de cuanto precedió y acompañó a la preciosa suerte de este querido amigo se escribió aparte, y quien lo desee puede leerlo a su gusto. No quiero omitir, con todo, un suceso que dio mucho que hablar y del que apenas se hace mención en los Rasgos biográficos ya publicados. Es el siguiente. Dada la amistad y la confianza ilimitada existente entre Comollo y yo, acostumbrábamos a hablar de lo que podría ocurrir en cualquier momento de nuestra separación en caso de muerte. Un día, después de haber leído un largo trozo de la vida de los santos, dijimos, medio en broma, medio en serio, que sería un gran consuelo el que aquel de nosotros que muriese primero trajese noticias de su muerte.

Habiendo vuelto varias veces sobre este asunto, hicimos este trato:
-El primero que muera de nosotros, si Dios se lo permite, dará noticia de su salvación al superviviente. No advertía yo la importancia de tal promesa, y confieso que hubo mucho de ligereza y, desde luego a nadie aconsejaré que repita la experiencia. Sin embargo, hicimos la promesa y la repetimos varias veces, especialmente con ocasión de la última enfermedad de Comollo. Es más, sus últimas palabras y su última mirada confirmaron que quedaba en pie el compromiso. No pocos compañeros lo sabían.

«¡Bosco, me he salvado!»

El 2 de abril de 1839 moría Comollo. Al día siguiente, por la tarde, con toda solemnidad, se le daba sepultura en la iglesia de San Felipe. Los que estaban en el secreto esperaban con ansias a ver si se cumplía lo prometido. Y yo muchísimo más que ellos, pues creía que ello sería de gran consuelo para mí en medio de mi desolación.

Aquella noche estaba yo ya en cama, en un dormitorio de unos veinte seminaristas, extraordinariamente agitado y persuadido de que aquella noche se cumpliría la promesa, cuando hacia las once y media se comenzó a oír un sordo rumor por los corredores. Parecía como si un enorme carretón, arrastrado por muchos caballos, se acercase a las puertas del dormitorio. El ruido se tornaba por momentos más tétrico, a modo de trueno. Espantados los seminaristas, saltaron de sus camas para reunirse todos y animarse mutuamente. Entonces fue cuando, en medio de aquel trueno violento y temeroso, se oyó la voz de Comollo que repitió hasta tres veces:
-¡Bosco, Bosco, Bosco: me he salvado!

Todos oyeron el rumor. Algunos oyeron las voces, mas sin entenderlas. Pero hubo quien las entendió igual que yo; prueba de ello es que durante mucho tiempo se repitieron por el seminario. Fue la primera vez que recuerdo haber tenido miedo. Un miedo y espanto tales que caí enfermo de gravedad, hasta llegar a las puertas de la muerte.A nadie le aconsejaría cosa semejante. Dios es omnipotente y misericordioso. Generalmente no escucha pactos de este tipo. Pero en su infinita misericordia, permite que se cumplan en casos como el presente.

7- Memorables palabras de don Juan Borel

Precioso premio

En el seminario fui afortunado y siempre gocé del aprecio de mis compañeros y superiores. En los exámenes semestrales se solía dar un premio de sesenta liras en cada curso al que obtuviera las mejores calificaciones por estudio y comportamiento. Dios me bendijo mucho, pues en los seis años que pasé en el seminario siempre me lo dieron a mí.

Durante el segundo curso de teología me encargaron de la sacristía, oficio de poca importancia, pero que constituía una preciosa muestra de benevolencia de los superiores, ya que llevaba anejas otras sesenta liras. Así reunía ya la mitad de la pensión, y el caritativo don José Cafasso proveía el resto. El sacristán debía cuidar dela limpieza de la iglesia, de la sacristía, del altar, de la lámpara y las velas y de losornamentos y objetos necesarios para el culto.

El teólogo Borel

Durante este curso tuve la buena suerte de conocer a uno de los más celosos ministros del santuario, don Juan Borel. Vino a predicar los ejercicios espirituales en el seminario. Entró en la sacristía con rostro alegre y palabras de chanza, pero adornadas de pensamientos morales. Al observar su preparación y acción de gracias antes y después de la misa, y su porte y fervor al celebrarla, advertí en seguida que se trataba de un digno sacerdote, como en efecto lo era el teólogo Borel, de Turín. Cuando comenzó sus sermones y se admiró la sencillez, la vivacidad, la claridad y el fuego de su caridad, que se traducía en sus palabras, todos iban repitiendo que era un santo.

En efecto, todos lo buscaban para confesarse con él, tratar sobre la vocación y tener algún recuerdo suyo. También yo quise irle con los asuntos de mi alma.Como le pidiera algún medio seguro para conservar el espíritu de la vocación durante el curso, y especialmente durante las vacaciones, me dijo estas memorables palabras:
-Con el recogimiento y la comunión frecuente se perfecciona y se conserva la vocación y se forma un verdadero eclesiástico. Los ejercicios espirituales del teólogo Borel hicieron época en el seminario. Varios años después se repetían as máximas espirituales que él había formulado en público o en privado.

8- Los estudios

Un librito que ensancha el horizonte

Respecto a los estudios, fui víctima de un error que me hubiese traído funestas consecuencias de no haberme dado cuenta gracias a un hecho que juzgo providencial.Acostumbrado a la lectura de los clásicos a lo largo de todo el bachillerato, y hecho a las figuras enfáticas de la mitología y de las fábulas paganas, no encontraba ningún gusto en los escritos ascéticos. Llegué a estar persuadido de que el buen lenguaje y la elocuencia no se podía conciliar con la religión. Las mismas obras de los santos padres me parecían producto de ingenios harto limitados, hecha excepción de los principios religiosos que ellos exponían con fuerza y claridad. Hacia el principio del segundo año de filosofía fui un día a hacer la visita al Santísimo Sacramento. Por no tener a mano el devocionario, tomé la Imitación de Cristo y leí un capítulo sobre el Santísimo Sacramento. Al considerar atentamente la sublimidad del pensamiento y el modo claro y, al mismo tiempo ordenado y elocuente con que quedaban expuestas las grandes verdades, dije para mí: «El autor de este libro era un hombre docto». Seguí una y otra vez leyendo aquel libro de oro, y no tardé en darme cuenta de que uno solo de sus versículos contenía más doctrina y moral que todos los gruesos volúmenes de los clásicos antiguos. A este libro debo el haber cesado en la lectura profana. Después me di a leer a Calmet, en su Historia del Antiguo y Nuevo Testamento; a Flavio Josefo, en sus Antigüedades judías, y en la Guerra judía. Después, a monseñor Marchetti, en Razonamientos sobre la religión; a Frayssinous, Balmes, Zucconi y muchos otros autores religiosos. Saboreé la lectura de la Historia eclesiástica, de Fleury, ignorando entonces que no convenía leerlo. Con mayor fruto aún leí las obras de Cavalca, de Passavanti, Segneri y toda la Historia de la Iglesia, de Henrion. Tal vez diréis que leyendo tanto no podía atender gran cosa a los estudios. No fue así. Mi memoria seguía favoreciéndome, y con sólo leer el texto y oír la explicación de la clase me bastaba para cumplir mi deber. Así que todas las horas de estudio las podía dedicar a lecturas diversas. Los superiores lo sabían y me dejaban hacer.

Mano a mano con Homero

Tenía mucho empeño en el estudio del griego. Había ya aprendido los primeros elementos en el curso eclesiástico y estudiado la gramática y hecho las primeras traducciones con auxilio del diccionario. Se presentó además una ocasión que me fue muy provechosa al respecto. Por la amenaza del cólera del año 1836, los jesuitas de Turín anticiparon el traslado de los internos del Colegio del Carmen a Montaldo.

Esta anticipación exigía doble personal docente, ya que, aunque se ausentasen los internos, debían atender en el colegio a los externos. Don José Cafasso, que había sido consultado, me propuso para dar una clase de griego. Esto me empujó al estudio serio de esa lengua para ser capaz de enseñarla. Además, fue para mí una gran ventaja, que aproveché debidamente, encontrar en la Compañía al padre Bini, profundo conocedor del griego. En sólo cuatro meses me hizo traducir casi todo el Nuevo Testamento, los dos primeros libros de Homero y algunas odas de Píndaro y Anacreonte. Aquel digno sacerdote, admirado de mi buena voluntad, continuó ayudándome, y durante cuatro años leía, semana tras semana, la composición griega o la traducción que yo le remitía. El hacía la corrección pertinente y me devolvía el trabajo con las observaciones del caso. De esta manera pude llegar a traducir griego como si tradujera latín. También durante este tiempo estudié francés y elementos de hebreo. Después del latín y el italiano, éstas fueron mis lenguas predilectas: hebreo, griego y francés.

9- Ordenación sacerdotal

Una petición al Arzobispo

Al año de la muerte de Comollo (1839), recibí la tonsura y las cuatro órdenes menores, ya en tercer curso de teología (25 de marzo de l840). Después de aquel curso me vino la idea de intentar lo que rara vez era permitido: adelantar un curso durante el verano. A tal fin, sin decir nada a nadie, me presenté yo solo al arzobispo Fransoni y le pedí me dejara estudiar los tratados correspondientes al cuarto curso durante el verano, para así dar por acabado el quinquenio de teología en el curso escolar siguiente, 1840-41. Aducía mi avanzada edad de veinticuatro años cumplidos.

Aquel santo prelado me acogió con mucha bondad y, visto el éxito de los exámenes hasta entonces sufridos en el seminario, me concedió el favor implorado, con la condición de que me presentase a examen de todos los tratados correspondientes al curso que yo deseaba adelantar. El teólogo Cinzano, vicario de mi parroquia, fue el encargado de llevar a cabo la voluntad del superior. Estudiando, logré terminar en dos meses los tratados prescritos y, por las cuatro témporas de otoño, fui admitido al subdiaconado (19 de septiembre de 1840).

Un paso decisivo

Ahora que sé las virtudes que se requieren para este importantísimo paso, estoy convencido de que yo no estaba lo suficientemente preparado. Pero, no teniendo quien se cuidase directamente de mi vocación, me aconsejé con don José Cafasso, el cual me dijo que siguiera adelante y fiase en su palabra. Durante los diez días de los ejercicios espirituales, hechos en la casa de la Misión, de Turín, hice la confesión general para que el confesor pudiese tener una idea clara de mi conciencia y me diera consejos a propósito. Deseaba terminar mis estudios, pero temblaba al pensar que me ataba para toda la vida. Por eso no quise tomar una decisión definitiva sin antes tener el pleno consentimiento del confesor. Desde entonces me empeñé en practicar el consejo del teólogo Borel. «Con el recogimiento y la frecuente comunión, la vocación se conserva y se perfecciona». De vuelta en el seminario, pasé al quinto curso y me hicieron prefecto, que es el cargo más alto al que puede llegar un seminarista. El sábado 27 de marzo de 1841 recibí el diaconado, y fui ordenado sacerdote por las témporas de verano. Día de verdadera pena fue aquel en que hube de abandonar el seminario. Los superiores me querían y me habían dado continuas pruebas de benevolencia. Yo también quería mucho a mis compañeros. Se puede decir que yo vivía para ellos y ellos para mí. Si uno necesitaba afeitarse o hacerse la coronilla, recurría a Bosco. Si otro necesitaba un bonete o necesitaba hacer un cosido o remendar una sotana, acudía a Bosco. Por esto me resultó dolorosísima aquella separación. Dejaba un lugar en donde había vivido seis años, donde había recibido educación, ciencia, espíritu eclesiástico y cuantas muestras de bondad y cariño se puedan desear.

La primera misa

El día de mi ordenación (5 de junio de 1841) era vigilia de la Santísima Trinidad. Celebré la primera misa en la iglesia de San Francisco dc Asís, aneja al Colegio Eclesiástico, del que era director de estudios don José Cafasso.

Me esperaban ansiosamente en mi pueblo, en donde hacía muchos años no se había celebrado primera misa alguna. Pero preferí celebrarla en Turín, sin ruido ni distracciones, y puedo decir que ese día fue el más hermoso de mi vida. En el Memento de aquella inolvidable misa procuré recordar devotamente a todos mis profesores, bienhechores espirituales y temporales. Y de modo más señalado a don Juan Calosso, al que siempre recordé como grande e insigne bienhechor.

El lunes fui a celebrar a la iglesia de la Santísima Virgen de la Consolación (Consolata), para agradecer a la Virgen los innumerables favores que me había obtenido de su divino hijo Jesús. El martes fui a Chieri, y celebré la misa en Santo Domingo, en donde todavía vivía mi antiguo profesor el padre Giusiana, que me atendió con afecto paternal. Durante toda la misa estuvo el buen profesor llorando de emoción. Pasé a su lado el día entero, que fue verdaderamente de cielo.

El jueves, solemnidad del Corpus Christi, contenté a mis paisanos. Canté la misa y presidí la procesión. El párroco invitó a comer a mis parientes, al clero y a los principales del lugar. Todos tomaron parte en aquella alegría, ya que yo era muy querido de mis paisanos, y cada uno de ellos se alegraba con cuanto pudiera constituir un bien para mí. Por la noche volví finalmente a mi casa. Pero cuando estuve próximo a ella y contemplé el lugar del sueño que tuve alrededor de los nueve años, no pude contener las lágrimas y exclamé:
-¡Cuán maravillosos son los designios de la divina Providencia! Verdaderamente es Dios quien sacó de la tierra a un pobre chiquillo para colocarlo entre los primeros de su pueblo.

10- Y se espantó el caballo

«Siempre rodeado de muchachos»

Aquel año (1841), al faltar vicario en mi parroquia (Castelnuovo), lo suplí yo durante cinco meses. Experimentaba el mayor placer del mundo en el trabajo parroquial. Predicaba todos los domingos, visitaba a los enfermos, les administraba los santos sacramentos, excepto la confesión, pues aún no había sufrido el examen. Asistía a los entierros, llevaba al día los libros parroquiales, extendía certificados de pobreza o lo que fuese.

Pero mi delicia era enseñar catecismo a los niños, entretenerme con ellos, hablar con ellos. Muchas veces me venían a visitar desde Morialdo, y al volver a casa iba siempre rodeado de ellos. Cuando ellos llegaban a sus aldeas, se hacían, a su vez, nuevos amigos. El resultado era que, al salir de la casa parroquial, iba siempre acompañado de una tropa de chicos, y adondequiera que fuese, marchaba envuelto en una nube de amiguitos la mar de contentos.

«Una bandada de pájaros espantó a mi caballo»

Como tenía mucha facilidad para exponer la palabra de Dios, era a menudo buscado para predicar y hacer panegíricos en los pueblos vecinos. Me invitaron para San Benigno, en Lavriano, hacia el final de octubre de aquel año, a que les dirigiese la palabra. Condescendí de buen grado, porque era aquel el pueblo de mi querido amigo y compañero don Juan Grassino, hoy párroco de Scalenghe. Deseaba dar brillo a aquella solemnidad, y para ello preparé y escribí un sermón en piamontés, pero pulido. Lo estudié bien, persuadido de la fama que iba a conquistar. Pero Dios quiso dar una lección terrible a mi vanagloria. Como era día festivo y debía celebrar la misa antes de partir, a una hora cómoda para mi parroquia, fue preciso emplear un caballo para llegar a tiempo al sermón de Lavriano.

Recorrida la mitad del camino al trote y al galope, llegué al valle de Casalborgone, entre Cinzano y Bersano, cuando he aquí que, de repente, de un campo sembrado de maíz, se levantó una bandada de pájaros, cuyo revoloteo espantó a mi caballo, el cual se lanzó a correr desbocado a campo traviesa por prados y cultivos. Me mantuve un rato sobre la silla, mas al darme cuenta de que ésta se escurría bajo el vientre del animal, intenté una maniobra de equitación. Pero la silla, fuera de su sitio, me lanzó al aire y fui a caer sobre un montón de piedra picada.

«Volví en mí, en casa ajena»

Un hombre, desde la colina cercana, observó el desgraciado accidente y vino en mi ayuda con un criado suyo. Al encontrarme sin sentido, me llevó a su casa y me puso en la mejor cama que tenía. Me prodigaron caritativos cuidados; después de una hora, volví en mí, y advertí que estaba en casa ajena.
-No se apure mi huésped, dijo; no se preocupe por estar en casa ajena. Aquí no le faltará de nada. Ya he mandado buscar al médico, y otro hombre fue en seguimiento del caballo. Soy un campesino, pero provisto de cuanto hace falta. ¿Se encuentra muy mal?
-Dios le premie tanta caridad, buen amigo. No creo que sea cosa grave, tal vez alguna costilla rota, pues no puedo mover la espalda. ¿En dónde estoy?
-Está usted en la colina de Bersano, en casa de Juan Calosso, de apodo Brina, para servirle. También yo he rodado por el mundo y he necesitado de los demás. ¡Ah, cuántas aventuras me han sucedido yendo por ferias y mercados!
-Cuénteme algo mientras esperamos al médico.
-Pues tendría mucho que contar. Ahí va una muestra: «Hace algunos años fui, por otoño, a Asti con mi borriquilla a hacer provisiones para el invierno. A la vuelta, y cuando llegué a los valles de Morialdo, mi pobre animal, demasiado cargado, cayó en un barrizal y quedó inmóvil en medio del camino. Todos mis esfuerzos para levantarlo resultaron inútiles. Era ya medianoche, con un tiempo oscuro y lluvioso. No sabiendo qué hacer, me puse a gritar pidiendo auxilio. Unos minutos después, ya me habían oído en la casa vecina. Acudieron un seminarista, un hermano suyo y otros dos hombres, con hachas encendidas. Me ayudaron a descargar la burra y a sacarla del fango, y me condujeron con todo lo mío a su casa. Estaba medio muerto y completamente manchado de barro. Me limpiaron, me ofrecieron una cena suculenta y me proporcionaron una cama comodísima. A la mañana siguiente quise, antes de marchar, pagarles como era justo; pero el seminarista lo rechazó diciendo:
-Puede darse que mañana necesitemos nosotros de usted ».

«Se dio cuenta de mis lagrimas»

Al llegar aquí me sentí conmovido, tanto que el otro se dio cuenta de mis lágrimas.
-¿Se siente usted ma1?, preguntó.
-No, respondí; me gusta tanto su relato, que me conmueve…
-¡Si yo supiera cómo pagar a aquella buena familia! ¡Qué buena gente era!
-¿Sabe usted su nombre?
-La familia Bosco, vulgarmente llamada los Boschetti. Pero, ¿por qué se conmueve usted así? ¿Conoce tal vez a esa familia? ¿Vive aún aquel seminarista?
-Aquel seminarista, amigo mío, es este sacerdote a quien usted paga con creces lo que él hizo. Es el mismo que ha traído a su casa y ha puesto en esta cama. La divina Providencia ha querido enseñarnos con este hecho que el que bien hace, bien encuentra. Fácil es imaginar la sorpresa, la alegría de aquel buen cristiano y la mía, al ver cómo en la desgracia, había Dios dispuesto que yo cayera en manos de un amigo. Su esposa, su hermana y otros parientes y amigos se alegraron inmensamente al saber que tenían en casa a aquél de quien tantas veces habían oído hablar. No hubo atención que no se me prodigara. Llegó a poco el médico, comprobó que no había fracturas, y, pocos días después, pude volver a mi pueblo con el caballo, que también fue encontrado. Juan Brina me acompañó hasta casa, y mientras vivió conservamos una estrecha amistad. Después de este aviso del cielo, tomé la firme resolución de preparar mis sermones para la mayor gloria de Dios, y no para mostrar sabiduría y oratoria.

11- La Residencia Sacerdotal

Tres empleos rechazados

Al acabar aquellas vacaciones se me ofrecieron tres empleos: el de preceptor en casa de un señor genovés con la paga de mil francos al año; el de capellán de Morialdo, en donde los buenos campesinos, por el vivo deseo de tenerme con ellos, doblaban la paga de los capellanes anteriores, y, finalmente el de vicario de Castelnuovo, mi parroquia.

Antes de tomar una determinación definitiva hice un viaje a Turín con la intención de pedir consejo a don José Cafasso, quien, desde hacía varios años, era mi guía en lo espiritual y en lo temporal. Aquel santo sacerdote lo escuchó todo, los ofrecimientos debuenos estipendios, las insistencias de parientes y amigos y mis grandes deseos de trabajar. Pero, sin dudar en lo más mínimo, me dijo estas palabras:
-Lo que usted necesita es estudiar moral y predicación. Renuncie por ahora a toda propuesta y véngase conmigo a la Residencia Sacerdotal (Convictorio Eclesiástico). Seguí con gusto el sabio consejo, y el 3 de noviembre de 1841 entré en la Residencia Sacerdotal.

El profesor Luis Guala

Se puede afirmar que la Residencia Sacerdotal viene a ser complemento de los estudios teológicos, allí se aprendía a ser sacerdote. La meditación, la lectura espiritual, dos conferencias diarias y lecciones de predicación, en medio de una vida tranquila y de facilidades para estudiar y leer buenos autores, constituían las ocupaciones a las que cada uno debía entregarse a fondo. Dos hombres muy conocidos en aquel tiempo estaban a la cabeza de esta utilísima institución: el teólogo don Luis Guala y don José Cafasso.

El teólogo Guala era el fundador de la obra. Hombre desinteresado, rico en ciencia y prudencia y muy emprendedor, se dio en alma y vida a todos en tiempo del gobierno de Napoleón I. Para que los jóvenes levitas, una vez terminados los cursos del seminario, pudieran aprender la vida práctica del sagrado ministerio, fundó aquel bendito hogar que ha hecho muy bien a la Iglesia; especialmente extirpando las últimas raíces del jansenismo que aún se conservaban entre nosotros. Entre otras cuestiones se agitaba mucho entre nosotros la del probabilismo y del probabiliorismo. A la cabeza de éste estaban Alassia, Antoine y otros autores rigurosos, cuya práctica, la del probabiliorismo, puede conducir al jansenismo.

Los probabilistas seguían ]a doctrina de San Alfonso, hoy ya proclamado doctor de la Santa Madre Iglesia (23 de marzo de 1871), y cuya autoridad ha quedado así refrendada por el Papa, ya que la Iglesia proclamó que se puede enseñar, predicar y practicar sus doctrinas, en las cuales no hay nada que merezca censura. El teólogo Guala se situó fielmente en medio de los dos partidos y, poniendo como centro de las dos opiniones la caridad de nuestro Señor Jesucristo, logró que se acercasen ambos extremos. Las cosas llegaron a tan buen punto que, gracias al teólogo Guala, San Alfonso se convirtió en nuestro maestro, con las ventajas tanto tiempo deseadas: los saludables efectos los experimentamos hoy.

Don José Cafasso y don Félix Golzio

Don José Cafasso era el brazo derecho del teólogo Guala. Con su virtud a toda prueba, su calma prodigiosa, su perspicacia y prudencia.

Una verdadera mina de oro se escondía a su vez en el sacerdote turinés, el teólogo Félix Golzio, perteneciente también a la Residencia Sacerdotal. Hizo poco ruido en su modesta vida; pero con su trabajo incansable, su humildad y su saber era un verdadero apoyo, o por mejor decir, el brazo derecho de don Luis Guala y don José Cafasso. Las cárceles, los hospitales, las instituciones benéficas, los enfermos en sus propias casas, las ciudades y los pueblos, los palacios de los grandes y los tugurios de los pobres experimentaron los saludables efectos del celo de estas tres lumbreras del clero turinés. Estos eran los tres modelos que la divina Providencia me ponía delante. A mí sólo me quedaba seguir sus huellas, su doctrina y su virtud.

Muchachos tras los barrotes de la cárcel

Don José Cafasso, que desde seis años atrás era mi mentor, fue también mi director espiritual. Si he hecho algún bien en la vida, a este digno eclesiástico se lo debo. Puse en sus manos todas mis aspiraciones, todas mis decisiones y todas mis actuaciones.

Empezó primero por llevarme a las cárceles, en donde aprendí en seguida a conocer cuán grande es la malicia y la miseria de los hombres. Me horroricé al contemplar cantidad de muchachos, de doce a dieciocho años, sanos y robustos, de ingenio despierto, que estaban allí ociosos, atormentados por los insectos y faltos en absoluto del alimento espiritual y material.

En estos infelices estaban personificados el oprobio de la patria, el deshonor de la familia y su propia infamia. Pero ¡cuál no fue mi asombro y mi sorpresa cuando me di cuenta de que muchos de ellos salían con propósito firme de una vida mejor y que luego volvían a ser conducidos al lugar de castigo de donde habían salido pocos días antes! En esas ocasiones constaté que algunos volvían a la cárcel porque estaban abandonados a sí mismos. «¡Quién sabe, decía para mí, si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupase de ellos y los atendiese e instruyese en la religión los días festivos, quién sabe si no se mantendrían alejados de su ruina, o por lo menos si no se reduciría el número de los que vuelven a la cárcel!».

Comuniqué mi pensamiento a don José Cafasso y, con su consejo y su luz, me puse a estudiar la manera de llevarlo a cabo, dejando el éxito en manos del Señor, sin el cual resultan vanos todos los esfuerzos de los hombres.

12- La Inmaculada Concepción: principio del oratorio festivo

El muchacho escapó a todo correr

Apenas entré en la Residencia Sacerdotal de San Francisco, me encontré con una bandada de muchachos que me acompañaban por calles y plazas hasta la misma sacristía de la iglesia de la Residencia. Pero no podía ocuparme de ellos directamente por falta de local. Un feliz encuentro me ofreció la ocasión para intentar llevar a la práctica el proyecto en favor de los muchachos errantes por las calles de la ciudad, especialmente de los salidos de las cárceles.

El día solemne de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre de 1841, estaba, a la hora establecida, revistiéndome de los ornamentos sagrados para celebrar la santa misa. El sacristán José Comotti, al ver un jovencito en un rincón, le invitó a que me ayudara la misa.
-No sé hacerlo, respondió él, muy avergonzado.
-Ven, dijo el otro, tienes que ayudar.
-No sé, contestó el jovencito; no lo he hecho nunca.
-Eres un animal, le dijo el sacristán muy furioso. Si no sabes ayudar, ¿entonces a qué vienes aquí?
Y diciendo esto, agarró el mango del plumero y la emprendió a golpes contra las espaldas y la cabeza del pobre chico. Entonces yo grité en alta voz:
-Pero ¿qué haces? ¿Por qué le pegas de ese modo? ¿Qué te ha hecho?
-¿A qué viene a la sacristía si no sabe ayudar a misa?
-Haces mal.
-¿Y a usted qué le importa?
-Me importa mucho; se trata de un amigo mío; llámalo en seguida que voy a hablar con él.

«Mi madre murió»

Se puso a llamarlo:
-¡Oye, pillo!
Y corriendo tras él y asegurándole mejor trato, lo condujo de nuevo. Llegó temblando y llorando el pobre chico por los golpes recibidos.
-¿Ya has oído misa?, le dije con la mayor amabilidad que pude.
-No, respondió.
-Ven y la oirás; después querría hablarte de un negocio que te va a gustar.

Accedió sin mayor dificultad. Era mi deseo quitarle la mala impresión recibida del sacristán. Celebrada la santa misa y terminada la acción de gracias, llevé al muchacho al coro. Asegurándole que no tenía por qué temer más palos, con la cara sonriente empecé a preguntarle como sigue:
-Amigo, ¿cómo te llamas?
-Bartolomé Garelli.
-¿De qué pueblo eres?
-De Asti.
-¿Vive tu padre?
-No, murió ya.
-¿Y tu madre?
-También murió.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis.
-¿Sabes leer y escribir?
-No sé.
-¿Has hecho ya la primera comunión?
-Todavía no.
-¿Te has confesado?
-Sí, cuando era pequeño.
-Y ahora, ¿vas al catecismo?
-No me atrevo.
-¿Por qué?
-Porque los compañeros pequeños saben el catecismo y yo; tan mayor; no sé nada. Por eso tengo vergüenza de ir a la catequesis.
-Y si yo te diera catecismo aparte; ¿vendrías?
-Vendría con mucho gusto.
-¿Te gustaría que fuese aquí mismo?
-Vendría con gusto; siempre que no me peguen.
-Estate tranquilo; nadie te tocará: serás amigo mío y tendrás que vértelas sólo conmigo. ¿Cuándo quieres que comencemos nuestro catecismo?
-Cuando le plazca.
-¿Esta tarde?
-Sí.
-¿Quieres ahora mismo?
-Pues sí; ahora mismo; con mucho gusto.

El fruto de un Avemaría

Me levanté e hice la señal de la cruz para empezar; pero mi alumno no lo hacía porque no sabía hacerla. En aquella primera lección me entretuve en enseñarle a hacer la señal de la cruz y en darle a conocer a nuestro Señor Creador y el fin para que nos creó.

Aunque de flaca memoria, en pocos domingos, dada su asiduidad y atención, logró aprender las cosas necesarias para hacer una buena confesión y poco después haría su primera comunión.

A este primer alumno se unieron otros. Durante aquel invierno me dediqué a algunos mayorcitos que necesitaban una catequesis especial y, sobre todo, a los que salían de las cárceles. Entonces palpé por mí mismo que, si los jóvenes sa1idos de un lugar de castigo encontraran una mano bienhechora, que se ocupara de ellos, les asistiera los días festivos, les buscara colocación con buenos patronos y les visitara durante la semana, estos jóvenes se daban a una vida honrada, olvidaban el pasado y resultaban, al fin, buenos cristianos y dignos ciudadanos. Este es el origen de nuestro Oratorio, que con la bendición del Señor, tomó tal incremento como yo nunca hubiera podido imaginar.

13- Año 1842: El primer Oratorio

Y después del catecismo, un bonito ejemplo

Durante aquel invierno me preocupé de consolidar el incipiente Oratorio. Aunquemi finalidad era recoger solamente a los chicos en mayor peligro, y con preferencia los salidos de las cárceles, sin embargo, para poner cimientos donde apoyar la disciplina y la moralidad, invité a otros de buena conducta y ya instruidos.

Ellos me ayudaban a guardar el orden, y a leer, y a cantar cantos religiosos. Por esto, desde entonces me di cuenta de que las reuniones dominicales sin cierta cantidad de libros de canto y de lectura amena eran un cuerpo sin alma. Por la fiesta de la Purificación (2 de febrero de 1842), que entonces era fiesta de precepto, tenía ya una veintena de niños, con los que pudimos cantar por vez primera el “Load a María”.

Para la fiesta de la Anunciación éramos ya treinta. Aquel día se hizo una fiestecilla. Por la mañana, los alumnos recibieron los santos sacramentos; por la tarde se cantó una letrilla, y después del catecismo se explicó un ejemplo a modo de sermón. Como el coro en que hasta entonces nos habíamos reunido resultaba estrecho, nos cambiamos a la capilla próxima a la sacristía.

José Buzzetti, un muchacho constante

Aquel oratorio se organizaba del siguiente modo: todos los días festivos se daban facilidades para acercarse a los sacramentos de la confesión y comunión. Pero además se determinaba un sábado y un domingo al mes para atender de un modo particular a la práctica de estos sacramentos. Por la tarde, a una hora determinada, se cantaba una copla y se daba catecismo, después se explicaba un ejemplo y se distribuía cualquier cosilla, bien a todos, o bien por suerte.

Entre los muchachos que frecuentaban el primer Oratorio hay que señalar a José Buzzetti, que fue constante en la asistencia de un modo ejemplar (posteriormente se hizo salesiano). De tal manera se aficionó a don Bosco y a aquellas reuniones dominicales, que rehusó volver a su casa con la familia (en Caronno Ghiringhello, hoy Caronno Varesino), como hacían sus otros hermanos y amigos. Se distinguían también sus hermanos Carlos, Ángel y Josué, Juan Gariboldi y su hermano, peones entonces y hoy maestros de obras.

En general, el Oratorio se componía de picapedreros, albañiles, estucadores, adoquinadores, enyesadores y otros que venían de pueblos lejanos. Como no conocían las iglesias ni a nadie que les acompañara, estaban expuestos a todos los peligros de perversión, especialmente en los días festivos. El buen teólogo Guala y don José Cafasso se mostraban contentos de que existiesen aquellas reuniones de muchachos y me facilitaban de buena gana estampas, folletos, medallas y crucifijos para regalos. Alguna vez me dieron también con qué vestir a algunos de los más necesitados y con qué alimentar a otros durante varias semanas hasta que conseguían ganarse el sustento. Más aún, como creció bastante el número, me concedieron poder reunir alguna vez mi pequeño ejército en el patio contiguo para jugar. De haberlo permitido el espacio, hubiésemos llegado en seguida a varios centenares, pero nos tuvimos que conformar con unos ochenta.

La Patrona de los albañiles

Cuando se acercaban a los santos sacramentos, el mismo teólogo Guala o don José Cafasso solían venir a hacernos una visita y contarnos algún episodio edificante. El teólogo Guala proyectaba que se hiciese una buena fiesta en honor de Santa Ana, patrona de los albañiles, y, después de la función religiosa de la mañana, les invitó a todos a desayunar con él.

Se reunieron casi un centenar en la gran sala de conferencias. Allí sirvieron a todos a discreción café, leche, chocolate, panecillos, pastas y otros dulces que tanto gustan a los chicos. ¡Es de imaginar e1 buen recuerdo que dejó aquella fiesta, y que hubiesen venido muchos más de haberlo permitido el local! También los muchachos de la cárcel

Dedicaba todo el domingo a asistir a los muchachos.

Durante la semana iba a visitarles en pleno trabajo, en talleres y fábricas; esto les entusiasmaba a los chicos, al ver que había un amigo que se preocupaba de ellos, y lo veían muy bien los patronos, los cuales se complacían en tener bajo su disciplina a muchachos que estaban atendidos durante la semana, y sobre todo los días de fiesta, que son los más peligrosos. Los sábados iba a las cárceles con los bolsillos llenos de tabaco, de frutas o de panecillos, con el objeto de conquistar a aquellos chicos, que tenían la desgracia de ser encarcelados, y asistirlos así de alguna manera, hacerlos amigos, y lograr que vinieran al Oratorio cuando salieran de aquel lugar de castigo.

14- El dedo de Dios señala Valdocco

En derredor de un confesionario

Por aquel tiempo comencé a predicar en público en algunas iglesias de Turín, en el hospital de la Caridad, en el asilo de las Virtudes (institución que albergaba un centenar de niños pobres), en las cárceles, en el colegio de San Francisco de Paula. Dirigía triduos, novenas, ejercicios espirituales. Terminados los dos años de moral sufrí examen de confesión (lO de junio de 1843), y así pude cuidarme con mayor provecho de la disciplina, la moralidad y el bien de las almas de mis muchachos en las cárceles, en el Oratorio y donde fuese menester. Me resultaba consolador ver durante la semana, y principalmente en los días festivos, mi confesionario rodeado de cuarenta o cincuenta muchachos que aguardaban horas y horas a la espera de poder confesarse. Esta fue la vida normal en el Oratorio durante casi tres años, es decir, hasta octubre de 1844. Mientras tanto, la Providencia nos iba preparando novedades, cambios y también tribulaciones.

«Veo una multitud de muchachos que me piden ayuda»

Al acabar los tres cursos de moral, debía decidirme por un ministerio determinado.

El anciano, y ya sin fuerzas, tío de Luis Comollo, don José Comollo, cura párroco de Cinzano, me rogaba, de acuerdo con el obispo, que le ayudase como ecónomo de su parroquia, ya que no podía regirla por su edad y sus achaques. Pero el teólogo Guala me dictó la carta de agradecimiento al arzobispo Fransoni, mientras me buscaba otro sitio.

Un día me llamó don José Cafasso y me dijo:
-Ya ha acabado usted sus estudios; ahora, a trabajar. En los tiempos que corremos, la mies es abundante. ¿A qué se siente más inclinado?
-A lo que usted me indique.
-Hay tres empleos para usted: vicario en Buttigliera de Asti, repetidor de moral aquí en el colegio y director del pequeño hospital, vecino al Refugio. ¿Que elige?
-Lo que usted juzgue conveniente.
-¿No se inclina más a una cosa que a otra?
-Mi inclinación es hacia la juventud. Usted haga de mí lo que quiera. Veré la voluntad del Señor en su consejo.
-¿Qué es lo que llena en este momento su corazón, qué se agita en su mente?
-En este momento me parece encontrarme en medio de una multitud de muchachos que me piden ayuda.
-Pues entonces marche usted de vacaciones una semanita. A la vuelta ya le diré su designio.

Después de las vacaciones, don José Cafasso dejó pasar como una semana sin decirme nada. Tampoco yo le pregunté nada.
-¿Por qué no me pregunta por su destino?, me dijo un día.
-Porque quiero ver la voluntad de Dios en su deliberación. No quiero poner nada de mi parte.
-Vaya con el teólogo Borel. Será usted el director del pequeño hospital de Santa Filomena. Trabajará también en la obra del Refugio. Mientras tanto, Dios le hará ver lo que deba hacer en pro de la juventud.

«¿Dónde reunir a mis muchachos? »

Parecía a primera vista que tal consejo se oponía a mis inclinaciones, pues la dirección de un hospital y predicar y confesar en una institución de más de cuatrocientas jovencitas no me habían de dejar tiempo para otras ocupaciones. Sin embargo, éste era el designio del cielo, como pronto advertí.

Desde el primer momento en que conocí al teólogo Borel vi en él a un sacerdote santo, modelo digno de admiración y de imitación. Cuando podía entretenerme con él, recibía lecciones de celo sacerdotal, buenos consejos y estímulo al bien.

Durante los tres años que pasé en la Residencia Sacerdotal me había invitado muchas veces a que le ayudase en las funciones sagradas, a confesar y predicar junto a él, de modo que mi nuevo campo de trabajo me era conocido y en cierto modo familiar. Hablamos mucho diversas veces sobre el horario que teníamos que seguir para podernos ayudar mutuamente en las visitas a las cárceles, en el cumplimiento del cargo que se nos había confiado y, al mismo tiempo, poder atender a los jóvenes, cuya moralidad y abandono reclamaban cada vez con más insistencia el cuidado del sacerdote.

Pero ¿cómo hacerlo? ¿dónde reunir a aquellos muchachos?
-La habitación, dijo el teólogo Borel, a usted destinada, podrá servir durante algún tiempo para reunir a los chicos que hoy van a San Francisco de Asís. Cuando tengamos que irnos al edificio preparado para los sacerdotes, junto al pequeño hospital, entonces encontraremos otro sitio mejor.

15- Otro sueño

«Fui a dormir con el corazón inquieto»

El segundo domingo de octubre de aquel año (1844) tenía que anunciar a mis chicos que el Oratorio pasaría a Valdocco. Pero la incertidumbre del lugar, de los medios y de las personas me tenía preocupado. La víspera fui a dormir con el corazón inquieto.

Aquella noche tuve otro sueño que parece ser un apéndice del que tuve en I Becchi cuando tenía nueve años. Creo oportuno exponerlo con detalle.

Soñé, pues, que estaba en medio de una multitud de lobos, zorros, cabritos, corderos, ovejas, carneros, perros y pájaros. Todos juntos hacían un ruido, un alboroto, o, mejor, una batahola capaz de espantar al más intrépido. Iba a huir, cuando una señora muy bien vestida a guisa de pastorcilla, me indicó que siguiera y acompañase aquel extraño rebaño; mientras, ella se ponía al frente. Anduvimos vagando por varios lugares; hicimos tres estaciones o paradas. A cada parada, muchos de aquellos animales, cuyo número cada vez aumentaba más, se convertían en corderos. Después de andar mucho, mc encontré en un prado, en donde aquellos animales corrían y se alimentaban juntos, sin que los unos intentasen dañar a los otros.

«Los corderos se convertían en pastores»

Agotado de puro cansancio, quise sentarme junto al camino vecino: pero la pastorcilla me insistió que siguiera andando. Después de un corto trecho de camino me encontré un patio grande, rodeado de pórticos y a cuyo extremo se levantaba una iglesia. En aquel momento me di cuenta de que las cuatro quintas partes de aquellos animales ya se habían convertido en corderos. A este punto llegaron algunos pastorcillos para custodiarlos, pero estaban poco tiempo y se marchaban. Entonces sucedió algo maravilloso: no pocos de los corderos se convertían en pastores, que crecían y cuidaban el resto del rebaño. Como aumentaba mucho el número de pastores, fueron dividiéndose y marchando a diferentes pastos, para recoger otros animales de otro origen.

Yo quería marcharme de allí, porque me pareció que era hora ya de celebrar misa; pero la pastora me invitó a mirar hacia el mediodía. Miré y vi un campo sembrado de maíz, patatas, coles, remolachas, lechugas y muchas otras verduras.

-Mira de nuevo, me dijo la majestuosa señora.

Miré otra vez. Entonces vi una iglesia alta y grandiosa. Un coro orquestal, música instrumental y vocal me invitaban a cantar la misa. En el interior de la iglesia había una franja blanca en la que estaba escrito con caracteres cubitales: Esta es mi casa, de aquí saldrá mi gloria.

«Comprendí las cosas según se iban realizando»

Siempre en sueño, pregunté a la pastora que en dónde me encontraba; qué querían decir aquel andar y detenerse, aquella casa, una iglesia y después otra iglesia.
-Todo lo comprenderás cuando con los ojos materiales veas realizado lo que ahora contemplas con los ojos del entendimiento.
Y como me pareciera que estaba despierto, dije:
-Yo veo claro y veo con los ojos materiales. Sé adónde voy y qué hago.

En aquel momento sonó la campana del avemaría en la iglesia de San Francisco, y me desperté. Esto duró casi toda la noche; lo acompañaron muchas circunstancias. Entonces entendí poco de su significado, porque no le daba gran crédito; pero comprendí poco a poco las cosas según se iban realizando. Más tarde me sirvió, juntamente con otro nuevo sueño, de programa en mis decisiones.

16- En casa de la marquesa

Traslado del Oratorio junto al Refugio

El segundo domingo de octubre, consagrado a la Maternidad de María, comuniqué a mis jovencitos el traslado del Oratorio junto al Refugio. Al primer momento se asustaron un poco, pero cuando les dije que allí nos aguardaba un amplio local, todo para nosotros, para cantar, correr, saltar y divertirse, quedaron contentos, y aguardaban con impaciencia el domingo siguiente para contemplar las novedades que se iban imaginando.

El tercer domingo de octubre, día dedicado a la Pureza de la Virgen María, una turba de jovenzuelos de diversa edad y condición corría, poco después de mediodía, hacia Valdocco buscando el nuevo Oratorio.
-¿Dónde está el oratorio? ¿Dónde vive don Bosco? preguntaban por todas partes.

Nadie sabía responderles, pues en aquel vecindario no se había oído hablar nunca de don Bosco ni del Oratorio. Los chicos, creyéndose burlados, alzaban la voz e insistían en sus pretensiones; los vecinos, a su vez, se creían insultados, y oponían amenazas y golpes. Las cosas comenzaron a tomar mal cariz, cuando el teólogo Borel y yo, oyendo desde el Refugio el alboroto, salimos a ver qué pasaba. Al aparecer nosotros cesaron el ruido y los altercados. Corrieron en grupo hacia nosotros y preguntaron en dónde estaba el Oratorio. Se les dijo que el verdadero Oratorio no estaba todavía acabado, pero que mientras tanto nos arreglaríamos con mi habitación, que, como era espaciosa, nos vendría bien. En efecto, aquel domingo las cosas fueron bastante bien.

«Así no se puede seguir»

Al domingo siguiente, como a los viejos se unieron algunos del vecindario, no supe dónde meterlos. La habitación, el corredor y las escaleras, todo estaba atestado de chicos.

El día de Todos los Santos me puse a confesar con el teólogo Borel, y todos querían confesarse; pero ¿cómo hacer si éramos dos confesores para más de doscientos chicos? Uno se empeñaba en encender fuego, y otro se daba prisa en apagarlo. Este llevaba leña, aquél agua; tubos, tenazas, paletas, cántaros, palanganas, sillas, zapatos, libros, todo quedaba en admirable confusión por querer ordenar y arreglar las cosas. -Así no se puede seguir, dijo el buen teólogo; hay que buscar un lugar más a propósito. Sin embargo, aún hubimos de utilizar otros seis días festivos aquel estrecho local, que no era otro que la habitación que está encima del vestíbulo correspondiente a la primera puerta de entrada en el Refugio.

En conversación con el Arzobispo

En el entretanto se habló con el Arzobispo Fransoni, el cual se percató de la importancia del proyecto.

-Seguid adelante, nos dijo; haced cuanto juzguéis oportuno para el bien de las almas. Os doy cuantas facultades os sean necesarias. Hablad con la marquesa Barolo. Quizás ella os facilite otro local más cómodo. Pero decidme: ¿No podrían acudir estos chicos a sus propias parroquias?
-Los más de ellos son emigrantes y sólo pasan en Turín una parte del año. Ni siquiera saben cuál es su parroquia, Muchos son gente harapienta, que hablan dialectos difíciles y, por lo mismo, que entienden poco y se hacen difícilmente entender. Algunos, además, son ya de cierta edad y rehúsan mezclarse en las explicaciones con los pequeños.
-En consecuencia, replicó el Arzobispo, se necesita un lugar aparte, destinado a ellos. Adelante, pues. Os bendigo a vosotros y vuestros planes. Os ayudaré todo lo que pueda; mantenedme al tanto y en todo momento haré lo que esté en mi mano. En efecto, se habló con la marquesa Barolo y, como quiera que hasta finales de agosto del año siguiente no se abriría el pequeño hospital, la caritativa dama estuvo de acuerdo en que convirtiésemos en capilla dos habitaciones destinadas a salas de estar para los sacerdotes del Refugio que, con el tiempo, debían instalarse en aquel edificio.

«Por qué Oratorio de San Francisco de Sales»

Por lo tanto, para ir al nuevo Oratorio se pasaba por donde actualmente está la puerta del hospital; y, por el callejón que separa la obra del Cottolengo del edificio citado, se iba hasta la actual habitación de los sacerdotes, y por la escalera interior se subía a la tercera planta.

Aquel era el sitio elegido por la divina Providencia para la primera iglesia del Oratorio. Comenzó a llamarse de San Francisco de Sales por tres razones: primera, porque la marquesa Barolo tenía intención de fundar una congregación sacerdotal bajo este título, por esto había hecho pintar a este santo a la entrada del local, como todavía se contempla; segunda, porque como nuestro ministerio entre los jóvenes exigía gran calma y mansedumbre, nos habíamos puesto bajo la protección del santo, a fin de que nos obtuviese de Dios la gracia de poder imitarle en su extraordinaria dulzura y en la conquista de las almas. Una tercera razón era la de ponernos bajo la protección de este santo, para que nos ayudase desde el cielo a imitarle en el combate contra los errores de la religión, especialmente del protestantismo, que empezaba a insinuarse insidiosamente en nuestros pueblos, y principalmente en la ciudad de Turín.

En consecuencia, el año 1844, el día 8 de diciembre, dedicado a la Inmaculada Concepción de María, con la autorización del Arzobispo, en un día verdaderamente invernal, mientras caía una copiosa nevada, se bendijo la suspirada capilla, se celebró la santa misa y confesaron y comulgaron algunos chicos. Y o celebré aquella función emocionado hasta derramar lágrimas, porque veía ya de una forma que me parecía estable la obra del Oratorio; su fin no era otro que el de tener alegremente ocupada a la juventud desatendida y en peligro, después de cumplir sus deberes religiosos en la iglesia.

17- Desahucio del Oratorio

Meses de paraíso

En la capilla del edificio del pequeño hospital de Santa Filomena, el Oratorio se iba encarrilando. Los días festivos acudían muchos jovencitos para confesar y comulgar. Después de misa se daba una breve explicación del Evangelio. Por la tarde, catecismo, canto de coplas religiosas, breve instrucción, letanías de la Virgen y bendición. Durante los intervalos, se entretenía a los muchachos con juegos diversos. Estos se hacían en la calle que aún existe entre el monasterio de las Magdalenas y la vía pública. Allí pasamos siete meses, y nos creíamos haber encontrado el paraíso en la tierra cuando nos vimos obligados a abandonar aquel albergue acogedor para irnos en busca de otro.

La marquesa Barolo, aunque veía con buenos ojos toda obra de caridad, como se acercaba la apertura de su pequeño hospital (se abrió el lO de agosto de 1845), decidió que nuestro Oratorio desapareciese de allí. La verdad es que el local destinado a capilla, escuela o recreo de los jóvenes no tenía comunicación alguna con el interior del establecimiento; hasta las mismas persianas estaban fijas y vueltas hacia arriba. Sin embargo, no hubo más remedio que obedecer.

A San Martín de los Molinos Se presentó una razonada instancia al municipio de Turín y gracias a la recomendación del arzobispo Fransoni, conseguimos que el Oratorio se trasladase a la iglesia de San Martín de los Molinos.

Y hete aquí que un domingo del mes de julio se carga con los bancos, reclinatorios, candelabros y alguna que otra silla, con luces, cuadros y demás, y, llevando cada uno el objeto de que era capaz, a manera de una emigración popular, entre la algazara, la risa y la pena, fuimos a establecer nuestro cuartel general en el lugar concedido.

El sermón de las coles

El teólogo Borel hizo un discurso de ocasión, lo mismo a la partida que a la llegada a la nueva iglesia. Aquel digno ministro del altar, en un lenguaje popular muy suyo, dijo lo siguiente:
«Las coles, queridos jóvenes, si no se trasplantan, no se hacen grandes y hermosas. Pues lo mismo ocurre con nuestro Oratorio. Hasta ahora ha ido pasando de lugar a lugar, pero en cada sitio en que se plantó, logró un buen incremento, y con gran ventaja para los jóvenes. San Francisco de Asís lo vio empezar como una catequesis, amenizada con algún que otro canto, allí no se podía hacer más. El Refugio fue como una parada de esas que hacen los trenes y que sirvió para que nuestros jóvenes no careciesen, en aquellos meses escasos, de la ayuda espiritual que suponen las confesiones, el catecismo, las charlas y los entretenimientos agradables. Junto al pequeño hospital del Refugio comenzó propiamente un verdadero oratorio, y nos parecía que habíamos encontrado ya la paz completa, nuestro lugar definitivo; pero la divina providencia dispuso que tuviéramos que desalojar aquel edificio y venir aquí, a San Martín.

¿Y estaremos aquí mucho tiempo? No lo sabemos; esperamos que sí, pero sea ello como quiera, nosotros tenemos fe en nuestro Oratorio y, como en el caso de las coles trasplantadas, irá en aumento el número de jóvenes que aman la virtud, crecerá el interés por el canto y la música, y por las escuelas nocturnas, y aun por las diurnas.

¿Estaremos, pues, aquí mucho tiempo?

Dejemos de lado a los pensamientos tristes y pongámonos por completo en las manos del Señor, que él cuidara de nosotros. Una cosa es clara: que él nos bendice, nos ayuda y nos provee. El pensará en el lugar conveniente para promover su gloria y el bien de nuestras almas.

Pero como las gracias del Señor forman una especie de cadena, de suerte que un anillo se une a otro anillo, así, si nosotros aprovechamos las primeras gracias, podemos estar seguros de que nos concederá otras mayores; y si nosotros secundamos los fines propios del Oratorio, caminaremos de virtud en virtud hasta llegar a la patria feliz, en donde la infinita misericordia de nuestro Señor Jesucristo dará a cada uno el premio que se merezca».

A aquella solemne función asistió un gran número de muchachos y se cantó un Tedeum en acción de gracias con verdadera emoción.

¿Reuniones peligrosas?

Aquí las prácticas de piedad se tenían como en el Refugio. Pero no se podía celebrar misa ni dar la bendición por la tarde. Por consiguiente, no se podía dar la comunión, que es el elemento básico de nuestra institución. El mismo recreo era más bien pobre, paralizado a menudo porque los muchachos debían jugar en la calle y en la plazoleta delante de la iglesia, por donde pasaban a menudo peatones, carros, caballos y carretones. Como no podíamos tener otra cosa mejor, dábamos gracias al cielo por cuanto nos había concedido hasta entonces en espera de un lugar mejor, pero sobrevinieron nuevos trastornos.

Como los molineros, los mozos y empleados no pudiesen soportar los saltos, los cantos, y menos aún la algazara de nuestros chicos, se alarmaron y de común acuerdo presentaron sus quejas ante el municipio. Fue por entonces cuando empezó a decirse que aquellas reuniones de jóvenes eran peligrosas y que podían producirse de un momento a otro motines y revueltas. Al decir esto se apoyaban en la obediencia pronta con que ellos ejecutaban la más pequeña indicación de su superior. Añadíase, sin razón, que los muchachos causaban muchos desperfectos en la iglesia y fuera de ella, y en el adoquinado, y no parecía sino que Turín se iba a venir abajo porque nosotros nos reuniéramos en aquel lugar.

Graves acusaciones

Fue el colmo de nuestros males una carta escrita por un secretario de los Molinos al alcalde de Turín, en la que se recogían toda clase de rumores sin la menor base y se decía, abultando los daños imaginarios, que era imposible a las familias que se dedicaban a aquellos trabajos poder desempeñar sus obligaciones y gozar de tranquilidad. Se llegó a decir que aquello era un semillero de inmoralidad. El alcalde, aunque persuadido de lo infundado del informe, escribió una violenta carta (el l8 de noviembre de l845), en virtud de la cual el Oratorio debía trasladarse inmediatamente a otro sitio. ¡Duelo general, lamentos inútiles! Total: tuvimos que irnos.

Bueno es advertir que el secretario, llamado… (no debe publicarse nunca), autor de la famosa carta, fue la última vez que escribió, ya que, atacado de un fuerte temblor en la mano derecha, bajó a la tumba tres años después. Dios dispuso que su hijo quedase abandonado en medio de la calle y se viera obligado a pedir pan y asilo en el internado que más tarde se abrió en Valdocco.

18- El Oratorio en san Pedro ad Víncula

La oposición de la criada

Como quiera que el alcalde y, en general, el municipio, estaban convencidos de la inconsistencia de cuanto se escribía contra nosotros, bastó una simple instancia, y la recomendación del arzobispo, para que pudiéramos reunirnos en el patio y en la capilla del Santo Cristo, llamado vulgarmente San Pedro ad Víncula . Así que, después de dos meses en San Martín, tuvimos que cambiarnos con amarga pena a otro lugar que, por lo demás, nos resultaba mejor. Los anchos pórticos, el patio espacioso y la iglesia, muy apta para las funciones sagradas, excitaron el entusiasmo de los jóvenes, que se pusieron locos de alegría. Pero había allí un terrible rival por nosotros ignorado. Y no fue éste ningún muerto, de los que en gran número reposaban en los próximos sepulcros, sino un vivo, la criada del capellán. Apenas empezó a oír los cantos y las voces (el 25 de mayo de 1845) y también, naturalmente, el barullo de la muchachada, salió fuera de casa hecha una furia y, con la cofia de través y los brazos en jarras, se puso a apostrofar a toda aquella juventud en pleno juego.

Chillaban a la vez que ella, una chiquilla, un perro, un gato y todo un gallinero, de modo que parecía iba a estallar allí toda una guerra europea. Intenté calmarla, dándole a entender que aquellos chicos no tenían ninguna mala intención; que, si se divertían, no cometían con ello el menor pecado. Entonces ella se volvió contra mí y me tocó aguantar lo mío.

La última carta del capellán

En aquel momento juzgué que lo más oportuno era interrumpir el recreo, dar un poco de catecismo y, después de rezar el rosario en la iglesia, marcharnos, con la esperanza de encontrar más paz al domingo siguiente. Pues ocurrió todo lo contrario. Cuando, al atardecer, llegó el capellán, la buena criada lo abordó, y después de llamar a don Bosco y a sus muchachos profanadores de los lugares santos y cosas peores, obligó a su señor amo a escribir una carta al municipio.

Escribió éste al dictado, pero con tal aspereza, que inmediatamente se dio orden de captura contra cualquiera de nosotros que volviera por allí. Es doloroso decirlo, pero fue aquélla la última carta del capellán don José Tesio. La escribió el lunes, y horas más tarde, víctima de un ataque apopléjico, moría casi de repente (28 de mayo). Días después la sirvienta corría la misma suerte. Estas cosas se divulgaron e impresionaron profundamente a los jóvenes y a cuantos supieron el desenlace. El afán de acudir y de enterarse de los tristes sucesos fue grande en todos; pero al prohibirse las reuniones en San Pedro ad Víncula y no habiendo podido avisar con tiempo el cambio, nadie estaba en condiciones de saber, ni yo mismo, dónde tendría lugar la reunión siguiente.

19- Tres residencias un desahucio en primavera

El Oratorio por las calles

El domingo siguiente a la prohibición, fue a San Pedro ad Víncula una multitud de chicos por no habérseles podido avisar previamente. Al encontrar todo cerrado, se llegaron en masa a mi habitación, junto al Refugio. ¿Qué hacer? Me encontraba con un montón de útiles de iglesia y de juego, y una turba de jóvenes que seguía mis pasos adondequiera que fuese, y yo no contaba con un palmo dc terreno donde poderlos reunir. Ocultando mis penas, aparentaba buen humor con todos y les divertía, anticipándoles las mil maravillas del nuevo Oratorio, que por aquel entonces no existía en ninguna parte más que en mi mente y en los designios de Dios. Con el fin de entretenerlos de algún modo en los días de fiesta, los llevaba algunas veces a Sassi, otras a la Virgen del Pilón, o a la Virgen del Campo, o al monte de los Capuchinos, y hasta nos largábamos a Superga.

Por la mañana procuraba celebrar misa en aquellas iglesias, explicándoles también el Evangelio; por la tarde había un poco de catecismo, cantos de coplas y algún que otro relato; después de alguna vuelta por los alrededores, paseábamos hasta que llegaba la hora de volver a casa. Parecía que esta situación difícil iba a reducir a puro humo cualquier plan de oratorio. Y, sin embargo, increíblemente, aumentaba de un modo extraordinario el número de los que acudían.

Las escuelas nocturnas en Casa Moretta

Entre tanto ya estábamos en el mes de noviembre (1845), tiempo nada a propósito para paseos o caminatas fuera de la ciudad. De acuerdo con el teólogo Borel, tomamos en alquiler tres habitaciones de la casa del sacerdote Moretta, que está próxima y casi enfrente de la iglesia actual de María Auxiliadora. Hoy aquella casa, a fuerza de reparaciones, casi se ha convertido en otra.

En ella pasamos cuatro meses, angustiados por las estrechuras del lugar, pero contentos por poder recoger al menos en aquellas habitacioncitas a nuestros alumnos y poder instruirlos y darles facilidades, sobre todo, para confesarse. Aún más, allí, aquel invierno, comenzamos las escuelas nocturnas.

Era la primera vez que en nuestra tierra se hablaba de tal género de escuela. Por eso se habló mucho de ello; unos en favor, otros en contra. Fue precisamente por aquel tiempo cuando se propagaron habladurías muy extrañas. Unos calificaban a don Bosco de revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje.

Los párrocos quieren aclarar la situación

Pensaban así: el Oratorio lo que hace es alejar a los chicos de las parroquias; por consiguiente, el párroco se encontrará con la iglesia vacía y no podrá conocer a unos chicos de quienes habrá de dar cuenta a Dios. Lo que tiene que hacer don Bosco es enviarlos a sus parroquias y dejarse dc reunirlos fuera de ellas. Así me hablaban dos respetables párrocos de la ciudad que me visitaron en nombre de sus colegas.
-Los jóvenes que yo reúno, les respondí, no disminuyen la asistencia a las parroquias, puesto que ninguno de ellos o muy pocos tienen párroco o parroquia.
-¿Por qué?
-Porque los más son forasteros y están en esta ciudad totalmente incontrolados por parte de sus padres, o han venido en busca de un trabajo que no pudieron encontrar. Los que de ordinario frecuentan mis reuniones son saboyanos, suizos, de Biella, de Novara, de Lombardía, del valle de Aosta.
-¿Y no podría mandar a estos jovencitos a sus respectivas parroquias?
-No saben cuáles son.
-¿Y por qué no se lo indica usted?
-No es posible. La lejanía de la patria, la diversidad de lenguajes, la inseguridad del domicilio y el desconocimiento de los lugares hacen difícil, por no decir imposible, el acudir a las parroquias. Además, muchos de ellos son ya crecidos: están entre los dieciocho, los veinte y aun los veinticinco años de edad y son ignorantes en religión. ¿Quién les va a convencer de que vayan a mezclarse con chiquillos de ocho o diez años mucho más instruidos que ellos?
-¿No podría usted acompañarles e ir a darles catecismo en las mismas iglesias parroquiales?
-Podría ir a una parroquia, pero no a todas. Esto se podría arreglar en el caso de que cada párroco quisiera preocuparse de venir personalmente o de enviar a alguien para que se hiciese cargo de estos chicos y se los llevase a las respectivas parroquias. Pero aun esto resulta difícil, porque no pocos de ellos son ligeros y también traviesos, y vienen únicamente atraídos por nuestros paseos y diversiones, y sólo así se determinan a asistir también al catecismo y a las demás prácticas de piedad. Luego sería conveniente que cada parroquia tuviera además un lugar adecuado en donde reunir. y entretener a chicos de esta edad en agradable esparcimiento.
-Esto es imposible. Ni existen locales ni se encuentran sacerdotes que dispongan del domingo para esto.
-¿Entonces?
-Entonces, haga lo que le parezca. Mientras, nosotros deliberaremos lo que convenga hacer.

Con la música a otra parte

Se agitó entre los párrocos de Turín la cuestión de si se debían promover o rechazar los oratorios. Hubo quien se declaró en pro y quien en contra. El cura de Borgo Dora, don Agustín Gattino, en compañía del teólogo Ponzati, cura de San Agustín, me trajo la respuesta en estos términos:
-Los párrocos de Turín, reunidos según costumbre, se ocuparon de la conveniencia de los oratorios. Pesados el pro y el contra, ante la imposibilidad de que cada párroco pueda montar un oratorio en su parroquia, animan al sacerdote Bosco a continuar mientras no se tome una decisión en contra.

Entre tanto llegaba la primavera de 1846. La casa Moretta estaba habitada por otros inquilinos, bastante numerosos, quienes, aturdidos por el alboroto y el ruido continuo del ir y venir de los jóvenes, se quejaron al dueño, haciendo constar que, si no se acababa inmediatamente con aquellas reuniones, se marcharían todos. Con lo que el buen sacerdote Moretta se vio obligado a comunicarnos (2 marzo 1846) que nos buscáramos en seguida otro lugar donde reunirnos, si queríamos que nuestro oratorio siguiese con vida.

20- El Oratorio en un prado

Confesando en un ribazo

Con gran pena, y no pequeños inconvenientes para nuestras reuniones, en marzo de 1846 nos vimos obligados a abandonar la casa Moretta y a tomar en arriendo un prado dc los hermanos Filippi, en donde actualmente existe una fundici6n de hierro. Allí me encontré a cielo descubierto, en pleno prado cercado de un pobre seto, que dejaba paso libre a quien desease entrar. Los jóvenes, que ya eran de trescientos a cuatrocientos, encontraron su paraíso terrenal en aquel nuevo oratorio, que por techo y paredes tenia la bóveda del cielo.

Pero ¿cómo realizar prácticas de piedad en aquel lugar? Hacíamos el catecismo a la buena de Dios, se rezaban oraciones y se cantaban vísperas, después el teó1ogo Borel o yo subíamos a un ribazo o sobre una silla, y teníamos nuestra plática a los muchachos, que se acercaban ansiosos a escucharnos. Las confesiones tenían lugar del siguiente modo: los días de fiesta, muy de mañana, ya estaba yo en el prado, en donde encontraba a varios aguardándome. Me sentaba en la linde y oía la confesión a unos, mientras los otros se preparaban y daban gracias; tras lo cual la mayoría reanudaba sus juegos.

Paseo a Superga

A cierta hora de la mañana se tocaba una trompeta, y los jóvenes se congregaban; a un segundo toque se hacía silencio. ello permitía hablar y avisar adónde íbamos a oír la santa misa y a hacer la comunión.

A veces, como ya dije, nos dirigíamos a la Virgen del Camino, a la iglesia de la Consolata, o a Stupinigi, o a aquellos otros lugares ya mencionados. Como hacíamos frecuentes caminatas hasta lugares lejanos, relataré una que se hizo a Superga, para que por ella se entienda cómo solíamos organizarnos. Reunidos los jóvenes en el prado, se les daba tiempo para jugar a las bochas, a las chapas, etc.; luego se tocaba un tambor, y después una trompeta, y con ello se anunciaba la reunión y la partida. Teníamos buen cuidado de que todos oyesen misa primero, y, poco después de las nueve, salíamos hacia Superga. Unos llevaban cestos de pan, otros queso, o embutido, o fruta, y otras cosas necesarias para pasar el día. Se guardaba silencio hasta las afueras de la ciudad; después empezaba el alboroto: cantos, gritos, pero siempre en fila y en orden.

Ruido y algazara

Al llegar a los pies de la subida que conduce a aquella basílica, me encontré con que me tenían preparado un caballito estupendo, con sus arreos y todo, enviado por el sacerdote Anselmetti, cura de aquella parroquia. Allí mismo recibí una nota del teólogo Borel, que nos había precedido, en la que decía: «Venga tranquilo con nuestros queridos jóvenes; la sopa, el cocido y el vino están preparados».

Monté a caballo y, sin más, leí en alta voz la carta. Todos se arremolinaron alrededor y, enterados de su contenido, estallaron a la vez en aplausos, ovaciones, gritos, algazara y cantos. Unos tomaban al caballo por las orejas, otros por el belfo o por la cola, topando unas veces con el pobre animal y otras con el que lo cabalgaba. El manso animal lo soportaba todo pacíficamente, dando señales de una paciencia mayor que la del que iba encima. En medio de aquel alboroto hacíamos oír nuestra música, consistente en un tambor, una trompeta y una guitarra. Todo desafinaba, pero servía para hacer ruido; y bastaban las voces de los jóvenes para que se produjera una maravillosa armonía.

Globos al aire

Cansados de reír, bromear y cantar, llegamos a la meta. Los jovencitos, como estaban sudorosos, se recogieron en el patio del santuario, y en seguida se les proveyó de lo necesario para apagar su voraz apetito. Después de descansar, los reuní a todos y les conté detalladamente la historia maravillosa de la basílica, la de las tumbas reales de la cripta y la de la Academia Eclesiástica, allí erigida por Carlos Alberto y promovida por los obispos de los Estados sardos.

El teólogo Guillermo Audisio, que era el presidente, pagó generosamente la sopa y el cocido para todos los huéspedes. El párroco regaló el vino y la fruta. Se dio un par de horas para visitar los locales, y después nos reunimos en la iglesia en la que ya había mucha gente. A las tres de la tarde les hice un sermoncito desde un púlpito; después, algunos de buena voz cantaron el Tantum ergo; lo que por la novedad de las voces blancas causó la admiración de todos.

A las seis soltamos algunos globos aerostáticos, y en seguida, con vivas manifestaciones de gratitud a quienes nos habían agasajado, emprendimos el regreso hacia Turín. Los mismos cantos, risas y carreras de antes, unidos a veces a plegarias, ocuparon nuestro camino.

Llegados a la ciudad, si alguno pasaba cerca de su casa, abandonaba la fila y se iba. Cuando yo llegué al Refugio, aún venían conmigo siete u ocho jóvenes de los más robustos, portando los utensilios empleados aquel día.

21- El marqués de Cavour y sus amenazas

«Si este cura fuera general…»

No es posible explicar el entusiasmo que los paseos suscitaban en los jovencitos. Y contentos con aquella mezcla de juegos y paseos, se me encariñaban de forma tal, que no solamente eran obedientísimos a mis órdenes, sino que estaban deseando les confiase cualquier cosa para ejecutarla. Un día, un guardia, al ver que imponía silencio con un solo gesto de la mano a unos cuatrocientos jovencitos que saltaban y alborotaban en el prado, se puso a gritar:
-Si este cura fuera general, podría combatir contra el más poderoso ejército del mundo.

Verdaderamente la obediencia y el afecto de mis chicos llegaba a extremos increíbles. Por otra parte, esto dio ocasión de renovar las habladurías que don Bosco podía desencadenar una revolución con sus jóvenes en el momento que se lo propusiera.

Frente a frente con Cavour

Tan ridícula afirmación volvió a encontrar eco en las autoridades locales, especialmente en el marqués (Miguel Benso) de Cavour que era teniente-alcalde de la ciudad, que equivalía a jefe del poder urbano. Mandó que me personara en el palacio municipal y, tras largo razonamiento -sobre las patrañas que se me imputaban sin ningún fundamento-, concluyó diciendo:
-Señor cura, acepte mi consejo. No se meta con esos granujas. No harán más que dar disgustos a usted y a la autoridad pública. Se me ha asegurado que esas reuniones son peligrosas y, por consiguiente, no puedo tolerarlas.
-Yo no tengo, señor marqués, le respondí, más miras que las de mejorar la suerte de estos pobres hijos del pueblo. No pido dinero, só1o un lugar en donde poder reunirlos. Espero de este modo disminuir el número de los golfos y de los delincuentes que acaban en las cárceles.
-Se equivoca, señor cura; se cansa en balde, yo no puedo asignar un local teniendo por seguro que tales reuniones resultan peligrosas; además, ¿en dónde encontraría usted medios para pagar alquileres y hacer frente a tantos gastos como le ocasionarían estos vagabundos? Le repito que no puedo permitir tales concentraciones.
-Los resultados obtenidos, señor marqués, me aseguran que mi trabajo no es estéril. Muchos jovencitos totalmente abandonados fueron recogidos, librados de los peligros, orientados hacia algún oficio, y ya no volvieron más a entrar en la cárcel.

Hasta ahora los medios materiales no me han faltado: están en las manos de Dios, quien a veces se sirve de instrumentos menguados para cumplir sublimes designios.
-Lo siento. Obedezca sin más; no me es posible permitir esas reuniones.
-No es por mí, señor marqués, sino por el bien de tantos jovencitos abandonados, que tal vez tendrían un triste fin.
-¡No insista! Nada de objeciones. Es una orden. Y yo debo y quiero impedirlo. ¿No sabe que está prohibida cualquier reunión para la que no se tenga legítimo permiso?
-Mis reuniones no tienen finalidad política. Enseño el catecismo a los muchachos pobres, y lo hago con el permiso del señor arzobispo.
-El arzobispo, ¿está enterado de todo?
-Totalmente informado; nunca di un paso sin su consentimiento.
-Así y todo, yo no puedo permitir semejantes aglomeraciones.
-Creo, señor marqués, que usted no querrá prohibirme dar catecismo con la autorización de mi prelado.
-Y si el arzobispo le dijera que desistiese de esa su ridícula empresa, ¿pondría usted alguna dificultad?
-¡Absolutamente ninguna! Comencé y he seguido hasta el presente con la venia de mi superior eclesiástico; una simple indicación suya sería para mí una orden.
-Retírese. Hablaré con el arzobispo. Pero no se obstine ante sus órdenes, porque me obligaría a tomar medidas de las que no querría echar mano. Llegadas las cosas a este punto, creí que ya no tendría más quebraderos de cabeza por algún tiempo. Pero ¡cuál no sería mi estupor cuando, al llegar a casa, me encontré con una carta de los hermanos Filippi en la que se me echaba del local que me habían alquilado!

-Sus muchachos, me decían, pisotean incesantemente nuestro prado y van a echar a perder las raíces de la hierba. Con gusto le perdonamos el alquiler vencido, con tal de que dentro de quince días deje libre el terreno. No nos es posible arrendarle más tiempo.

Corrió la voz de las dificultades por las que íbamos atravesando, y varios amigos me insistían en que abandonase una empresa que, según ellos decían, era del todo inútil. Otros, al verme muy pensativo y siempre rodeado de chiquillos, empezaron a decir si no me había vuelto loco.

«Pobre don Bosco, se ha trastornado»

Un día, el teólogo Borel, en presencia del sacerdote Sebastián Pacchiotti y otros, comenzó a decirme:
-Antes de exponernos a perderlo todo, es mejor salvar alguna cosa. Dejemos a todos los jóvenes que tenemos y quedémonos únicamente con una veintena de los más pequeños. Mientras seguimos enseñándoles el catecismo, Dios nos abrirá camino y nos ofrecerá oportunidad de hacer algo más.
-No es preciso, le respondí, aguardar nuevas oportunidades. El sitio está preparado; tenemos un patio espacioso, una casa con muchos niños, con pórticos, iglesia, sacerdotes, clérigos, todo a nuestra disposición.
-Pero ¿dónde está todo eso?, interrumpió el teólogo.
-No sé dónde está, pero ciertamente existe y es nuestro. Entonces el teólogo Borel empezó a llorar y exclamó.
-¡Pobre don Bosco! ¡Se le ha trastornado la cabeza!

Me tomó de la mano, me la besó y se marchó con don Sebastián Pacchiotti dejándome solo en mi habitación.

22- Y tras el Marqués, la Marquesa

Las muchas cosas que se decían sobre don Bosco empezaron a inquietar a la marquesa de Barolo, tanto más que el municipio de Turín se oponía a mis proyectos.

Vino un día ella a mi despacho y empezó a hablarme así:
-Estoy muy contenta del interés que se toma por mis instituciones. Le agradezco su gran trabajo para introducir en ellas cantos religiosos, el canto gregoriano, la música, la aritmética e incluso el sistema métrico.
-No me lo agradezca. El deber de un sacerdote es trabajar. Dios lo pagará todo. por favor, no le dé demasiada importancia.
-Quería decirle a usted que me duele mucho el que la multiplicidad de sus ocupaciones hayan quebrantado su salud. No es posible seguir con la dirección de mis obras y estar al frente de estos muchachos abandonados. Tanto más que ahora ha crecido desmesuradamente su número. Yo le propondría que sólo se ocupase de lo que realmente es su obligación, es decir, de mi pequeño hospital, y no de ir a las cárceles y al Cottolengo; y que suspenda en absoluto su preocupación por los chicos. ¿Qué me dice a esto?
-Señora marquesa: Dios me ayudó hasta ahora y no dejará de ayudarme en adelante. No se preocupe de lo que haya que hacer: entre don Pacchiotti, el teólogo Borel y un servidor lo haremos todo.
-Pero yo no puedo consentir que usted se mate. Tantas y tan variadas ocupaciones, quiera usted o no, van en detrimento de su salud y de mis instituciones. y, además, las voces que corren sobre su salud mental, la oposición de las autoridades locales, me obligan a aconsejarle…
-Diga, señora marquesa.
-En fin, o deja usted la obra de sus muchachos o la del Refugio. Piénselo y ya me responderá.
-Mi respuesta está pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus obras. No ocurre lo mismo con mis pobres chicos. Si ahora yo me retiro, todo se vendrá abajo, por lo tanto, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio, aunque cese oficialmente en el cargo, pero me daré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.
-¿Y de qué va a vivir usted?
-Dios me ayudó siempre y me ayudará también en lo sucesivo.

«Acepte mi consejo de madre»

-Pero usted no tiene salud, y su cabeza no le rige; se engolfará en deudas; vendrá a mí, y yo le aseguro desde ahora que no le he de dar ni un céntimo para sus chicos.

Acepte mi consejo de madre. Seguiré pasándole la paga, y hasta se la aumentaré si quiere. Váyase a pasar uno, tres, cinco años en cualquier parte; descanse; cuando esté restablecido vuelva al Refugio, y será siempre bien recibido; de lo contrario, me pone en la desagradable necesidad de despedirle de mi fundación. Piénselo seriamente.
-Señora marquesa, lo tengo pensado. Mi vida la tengo consagrada al bien de la Juventud. Agradezco sus ofrecimientos, pero no me puedo alejar del camino que la Providencia me trazó.
-¿Así que prefiere usted sus golfos a mis instituciones? Si es así, dese por despedido desde ese momento. Hoy mismo le buscaré sustituto.

Le hice ver que un despido tan precipitado podría hacer suponer motivos poco honrosos para ella y para mí; era mejor obrar con calma y guardar entre nosotros la misma caridad que los dos quisiéramos haber tenido al ser juzgados por el Señor.
-Entonces, concluyó, le daré tres meses; acabados éstos, pondrá en otras manos la dirección de mi pequeño hospital.

Acepté el despido, abandonándome a lo que Dios quisiera de mí. Entre tanto se imponía cada vez más el rumor de que don Bosco se había vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; otros reían, el arzobispo dejaba hacer, don José Cafasso me aconsejaba contemporizar, el teólogo Borel callaba. Así es que todos mis colaboradores me dejaron solo con mis cuatrocientos muchachos.

¡Al manicomio!

En tal ocasión, algunas personas respetables se propusieron cuidar de mi salud.
-Este don Bosco, decía uno de ellos, tiene ideas fijas que le conducirán inevitablemente a la locura: le convendrían unos días de clínica. Llevémosle al manicomio, y allí, con las debidas atenciones, se hará cuanto aconseje la prudencia. Encargaron a dos de venirme a buscar en coche y de que me llevaran al manicomio. Los dos mensajeros me saludaron cortésmente. Después de preguntarme por mi salud, por el Oratorio, por el futuro edificio y la iglesia, lanzaron un profundo suspiro y prorrumpieron:
-¡Es verdad!

Me invitaron a continuación a ir con ellos para dar un paseo.

-Un poco de aire te hará bien: ven; tenemos el coche a punto. Iremos juntos y tendremos tiempo de hablar.

Me di cuenta entonces de su juego y sin darme por enterado, les acompañé hasta el carruaje. Insistí en que entraran ellos primero a tomar asiento. Y en lugar de entrar yo también, cerré de un golpe la portezuela y grité al cochero:
-¡De prisa, al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!

23- Por fin el Oratorio de Valdocco

Casa Pinardi

Mientras sucedía lo anteriormente narrado, llegó el último domingo en que se me permitía tener el Oratorio en el prado (5 de abril de 1846). Yo lo ocultaba; pero todos sabían mis preocupaciones y mis espinas.

Al atardecer de aquel día, contemplaba la multitud de chiquillos que se divertían y consideraba la mies abundante que iba madurando para el sagrado ministerio. Por lo cual, al verme tan solo a la hora de entregarme a ese trabajo, falto de operarios y agotado de fuerzas, en estado deplorable de salud y sin saber dónde poder reunir en lo sucesivo mis muchachos, me sentí profundamente conturbado.

Me retiré a un lado, me puse a pasear a solas y. quizás por primera vez, me conmoví hasta llorar. Mientras paseaba alcé los ojos al cielo y exclamé:
-¡Dios mío! ¿por qué no me señalas de una vez el lugar en que quieres que recoja estos chicos? Dámelo a conocer y dime qué he de hacer yo.
Terminaba esta súplica cuando llegó un sujeto, llamado Pancracio Soave, que me dijo tartamudeando:
-¿Es cierto que usted busca un sitio para montar un laboratorio?
-Un laboratorio no: ¡un oratorio!
-Yo no sé lo que va de un oratorio a un laboratorio. Lo cierto es que aquí hay un terreno. Venga y véalo usted mismo. Es propiedad del señor Francisco Pinardi, buena persona, por cierto. Anímese y hará un buen negocio.

Una casucha en medio del campo

En aquel momento precisamente llegó un fiel compañero mío de seminario, don Pedro Merla, fundador de una obra pía, conocida con el nombre de Familia de San Pedro. Trabajaba celosamente en el sagrado ministerio, y había comenzado su institución con el objeto de remediar el triste abandono en que se encuentran tantas muchachas o mujeres desgraciadas que, después de pasar por la cárcel, de ordinario se encuentran rechazadas por la sociedad, y aun por los buenos, en forma que les resulta casi imposible encontrar quien les quiera dar pan y trabajo. Cuando a aquel digno sacerdote le quedaba un rato libre, venía con gusto a ayudar a su amigo, a quien de ordinario encontraba solo en medio de una multitud de muchachos.
-¿Qué te pasa?, me dijo apenas me vio. Nunca te vi tan triste. ¿Alguna desgracia?
-Desgracia no, pero apuro sí, y muy grande. Hoy es el último día que me puedo quedar en este prado. Ya es tarde y no cuento más que con dos horas; he de decir a estos hijos míos en dónde hay que reunirse el próximo domingo y yo mismo no lo sé. Ahí está ese buen hombre que dice existir un local que tal vez me convenga. Échame una mano. Hazte cargo de toda esta chiquillería que juega, que voy a ver qué es y vuelvo en seguida.

Llegado al lugar indicado, vi una casucha de una sola planta, con la escalera y galería carcomida, rodeada de huertos, prados y campos. Intenté subir por la escalera, pero Pinardi y Pancracio me dijeron:
-No. El sitio que le cederíamos a usted está ahí detrás.

Un simple cobertizo

Era un cobertizo alargado, que por un lado se apoyaba contra la pared y, por el otro, terminaba a la altura de cerca de un metro desde el suelo. Pudiera servir, en caso de necesidad, para almacén o leñera. Al entrar tuve que agachar la cabeza para no pegar en el techo.
-No me sirve: es demasiado bajo, dije.
-Lo haré arreglar a su gusto, repuso complaciente Pinardi. Excavaré, pondré unos escalones y pavimento. Porque yo deseo muchísimo que usted establezca aquí su laboratorio.
-Que no es un laboratorio, sino un oratorio, una iglesia para reunir a los jovencitos.
-Con más razón entonces. De buena gana me ofrezco a hacerlo. Vamos a hacer un trato. Soy cantor, y vendré a ayudarle: traeré dos sillas, una para mí y la otra para mi mujer. Tengo además una lámpara en mi casa. También se la traeré.

Aquel hombre honrado parecía delirar de alegría porque iba a tener una iglesia en su casa.
-Le agradezco, amigo mío, su generosidad y su buen deseo. Acepto sus ofrecimientos. Si puede usted rebajar el pavimento al menos unos dos palmos, ¡de acuerdo! Pero ¿cuánto pide?
-Trescientos francos. Me ofrecen más, pero le prefiero a usted porque piensa dedicar este lugar a beneficio público y de la religión.
-Le doy trescientos veinte, con tal que me deje también la faja de terreno que está junto a él para que puedan hacer recreo los chicos y que el domingo próximo pueda ya venir con ellos.
-Entendido. Trato hecho. Venga, pues: todo estará a punto. No busque más.

«El último rosario en el prado»

Corrí en seguida hacia mis jovencitos. Les reuní alrededor y me puse a gritar: -¡Animo, hijos míos! Ya tenemos un Oratorio más seguro. Habrá iglesia, sacristía, locales para clases y terreno de juego. El domingo que viene iremos al nuevo oratorio que está allá, en casa Pinardi.

Y con el dedo les señalaba el lugar.

Aquellas palabras fueron acogidas con un entusiasmo delirante. Unos corrían y cantaban de alegría; otros se habían quedado inmóviles; algunos daban voces que eran más bien chillidos y aullidos, conmovidos como quien experimenta una gran alegría y no sabe cómo manifestarla. En un arranque de emoción y llenos de profunda gratitud hacia la Santísima Virgen, que había acogido favorablemente las plegarias hechas aquella misma mañana en la iglesia de la Virgen del Campo, nos arrodillamos por última vez en el prado y rezamos el santo rosario; tras el cual todos se marcharon a su casa.

Así se daba el último saludo a aquel lugar que todos queríamos por necesidad, pero que, con la esperanza dc otro mejor, abandonábamos sin pena. Al domingo siguiente, solemnidad de la Pascua, 12 de abril, llevamos con nosotros todos los enseres de iglesia y juegos y nos fuimos a tomar posesión del nuevo local.

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