Los años fabulosos: 1825-1835

San Juan Bosco, Don Bosco, Memorias del Oratorio, Salesianos1- El pequeño saltimbanqui

Pequeño de estatura

Me habéis preguntado muchas veces a qué edad comencé a preocuparme de los niños. A los diez años hacía lo que era compatible con esa edad: una especie de oratorio festivo. Escuchad.

Era yo aún muy pequeño y ya estudiaba el carácter de mis compañeros. Miraba a uno a la cara, y ordinariamente descubría los propósitos que tenía en el corazón. Por eso los de mi edad me querían y me respetaban mucho. Todos me elegían para juez o para amigo. Por mi parte, hacía bien a quien podía, y mal a ninguno. Los compañeros me querían a su lado para que, en caso de pelea, me pusiera de su parte. Porque, aunque era pequeño de estatura, tenía fuerza y coraje para meter miedo a compañeros de mi edad. De tal forma que, si había pelea, disputas, riñas de cualquier género, yo era el árbitro de los contendientes, y todos aceptaban de buen grado la sentencia que dictaba.

Narrador de historias y cuentos

Pero lo que les reunía junto a mí y les arrebataba hasta la locura eran mis narraciones. Los ejemplos que oía en los sermones o en el catecismo, la lectura de libros, como Los Reales de Francia, Güerrín Mezquino, Bertoldo y Bertoldino, me prestaban argumentos.

Tan pronto me veían mis compañeros, corrían en tropel para que les contase algo, yo que apenas entendía lo que leía. A ellos se unían algunas personas mayores, y sucedía que a veces, yendo o viniendo de Castelnuovo, u otras en un campo o en un prado, me veía rodeado de centenares de personas. Acudían a escuchar a un pobre chiquillo que tenía un poquito de memoria. Estaba en ayunas de toda ciencia, por más que entre ellos pasase por un doctor. En el país de los ciegos, el tuerto es rey. Durante el invierno, me reclamaban en los establos para que les contara historietas. Allí (el lugar más caliente de la casa) se reunía gente de toda edad y condición, y todos disfrutaban escuchando inmóviles durante cinco o seis horas al pobre lector de Los Reales de Francia, que hablaba como si fuera un orador , de pie sobre unbanco para que todos le vieran y oyesen. Y como se decía que iban a escuchar el sermón, empezaba y terminaba las narraciones con la señal de la cruz y el rezo del avemaría (1826).

«Andaba y bailaba sobre la cuerda»

Durante la primavera, en los días festivos sobre todo, se reunían los del vecindario y algunos forasteros. Entonces la cosa iba más en serio. Entretenía a todos con algunos juegos que había aprendido de otros.

Había a menudo, en ferias y mercados, charlatanes y volatineros a quienes yo iba a ver. Observaba atentamente sus más pequeñas proezas y volvía a casa y las repetía hasta aprenderlas. Imaginaos los golpes, revolcones, caídas y volteretas a que me exponía vez por vez.

¿Lo creeréis? A mis once años hacía juegos de manos, daba el salto mortal, hacía la golondrina, caminaba con las manos, andaba, saltaba y bailaba sobre la cuerda como un profesional. Por lo que se hacía los días de fiesta lo comprenderéis fácilmente. Había en I Becchi un prado en donde crecían entonces algunos árboles. Todavía queda un peral que en aquel tiempo me sirvió de mucho. Ataba a ese árbol una cuerda que anudaba en otro más distante. Después colocaba al lado una mesita con una bolsa y una alfombra en el suelo para dar los saltos.

Cuando todo estaba preparado y el público ansioso por lo que iba a seguir, entonces invitaba a todos a rezar la tercera parte del rosario, tras lo cual se cantaba una letrilla religiosa. Acabado esto, subía a una silla y predicaba o, mejor dicho, repetía lo que recordaba de la explicación del Evangelio que había oído por la mañana en la iglesia; o también contaba hechos y ejemplos oídos o leídos en algún libro. Terminado el sermón, se rezaba un poco y enseguida, venían las diversiones.

En aquel momento hubierais visto al predicador como antes dije, convertirse en un charlatán de profesión. Hacer la golondrina, ejecutar el salto mortal, caminar con las manos en el suelo y los pies en alto, echarme a continuación al hombro las alforjas y tragarme monedas para después sacarlas de la punta de la nariz de este o del otro espectador. Multiplicar pelotas y huevos, cambiar el agua en vino, matar y despedazar un pollo para hacerlo luego resucitar y cantar mejor que antes, eran los entretenimientos ordinarios.

Andaba sobre la cuerda como por un sendero. saltaba, bailaba, me colgaba, ora de un pie, ora de los dos; ya con las dos manos, ya con una sola. Tras algunas horas de diversión, cuando yo estaba bien cansado, cesaban los juegos, se hacía una breve oración y cada cual volvía a su casa. Quedaban fuera de estas reuniones los que hubieran blasfemado, hablado mal o no quisieran tomar parte en las prácticas religiosas.

Al llegar aquí, diréis algunos : « Para ir a las ferias y mercados, para oír a los charlatanes, para preparar cuanto se necesita para tales diversiones, hace falta dinero. ¿De dónde salía?»

Yo podía proporcionármelo de mil diversos modos. Las moneditas que mi madre y otros me daban para divertirme o para golosinas, las propinas, los regalos, todo lo guardaba para eso. Tenía además una gran pericia para cazar pájaros con la trampa, la jaula, la liga y los lazos; y sabía mucho de nidos. Cuando había recogido unos cuantos, buscaba la manera de venderlos convenientemente. Las setas, las hierbas colorantes y el brezo, constituían para mí otra fuente de ingresos.

Vosotros me preguntaréis si mi madre estaba contenta de que yo llevase una vida tan disipada y de que perdiese el tiempo haciendo de saltimbanqui. Habéis de saber que mi madre me quería mucho y yo le tenía una confianza tan ilimitada, que no me hubiera atrevido a mover un pie sin su consentimiento. Ella lo sabía todo, todo lo observaba y me dejaba hacer. Es más, si necesitaba alguna cosa, me la proporcionaba con gusto. Los mismos compañeros y, en general, todos los espectadores, me daban de buena gana cuanto necesitaba para procurarles los ansiados pasatiempos.

2- Encuentros

La primera comunión

A la edad de once años fui admitido a la primera comunión. Me sabía entero el catecismo, pero de ordinario, ninguno era admitido a la primera comunión, si no tenía doce años. Además, a mí, dada la distancia (unos 5 Km.), no me conocía el párroco y me debía limitar exclusivamente a la instrucción religiosa de mi buena madre. Y como no quería que siguiera creciendo sin realizar este gran acto de nuestra santa religión, ella misma se las arregló para prepararme como mejor pudo y supo.

Me envió al catecismo todos los días de cuaresma. Después fui examinado y aprobado, y se fijó el día en que todos los niños debían cumplir con pascua (26 de marzo de 1826). Era imposible evitar la distracción en medio de la multitud. Mi madre procuró acompañarme varios días. Durante la cuaresma, me había ayudado a confesarme tres veces.
-Juanín -me repitió varias veces-, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepararte bien, confesarte y no callar nada en la confesión. Confiésalo todo, arrepentido de todo, y promete a nuestro Señor ser mejor en lo porvenir. Todo lo prometí. Si después he sido fiel, Dios lo sabe.

En casa me hacía rezar, leer un libro devoto y me daba además aquellos consejos que una madre ingeniosa tiene siempre a punto para bien de sus hijos. Aquella mañana no me dejó hablar con nadie. Me acompañó a la sagrada mesa e hizo conmigo la preparación y acción de gracias, que el vicario, de nombre don José Sismondo, dirigía alternando con todos en alta voz. No quiso que durante aquel día me ocupase en ningún trabajo material, sino que lo empleara en leer y en rezar.

Entre otras muchas cosas, me repitió mi madre muchas veces estas palabras:
-Querido hijo mío: éste es un día muy grande para ti. Estoy persuadida de que Dios ha tomado verdadera posesión de tu corazón. Prométele que harás cuanto puedas para conservarte bueno hasta el fin de la vida. En lo sucesivo, comulga con frecuencia, pero guárdate bien de hacer sacrilegios. Dilo todo en confesión; sé siempre obediente; ve de buen grado al catecismo y a los sermones; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones.

Recordé los avisos de mi buena madre y procuré ponerlos en práctica. Me parece que desde aquel día hubo alguna mejora en mi vida, sobre todo en la obediencia y en la sumisión a los demás, que al principio me costaba mucho, ya que siempre quería oponer mis pueriles objeciones a cualquier mandato o consejo.

Me apenaba la falta de una iglesia o capilla adonde ir a rezar y a cantar con mis compañeros. Para oír un sermón o para ir al catecismo tenía que andar cerca de diez kilómetros entre ida y vuelta a Castelnuovo o a la aldea de Buttigliera. Por eso mis coterráneos venían gustosos a oír mis «sermones de saltimbanqui».

La santa misión

En aquel ario de 1826, con motivo de una santa misión que hubo en la aldea de Buttigliera, tuve ocasión de oír varios sermones. La nombradía de los predicadoresatraía a las gentes de todas partes. Yo mismo iba en compañía de otros muchos. Después de una instrucción y una meditación, al caer de la tarde los oyentes volvían a sus casas.

Una de aquellas tardes del mes de abril volvía a casa en medio de una gran multitud. Iba entre nosotros un tal don Juan Calosso, de Chieri, hombre muy piadoso, que, aunque curvado por los años, hacía aquel largo trecho de camino para ir a escuchar a los misioneros. Era el capellán de la aldea de Morialdo.

Una propina por cuatro palabras

Al ver a un muchacho de baja estatura, con la cabeza descubierta y el cabello recio y ensortijado, que iba con gran silencio en medio de los demás, puso sus ojos sobre mí y empezó a hablarme de esta manera:
-Hijo mío, ¿de dónde vienes? ¿Acaso has ido tú también a la misión?
-Sí, señor. He oído también los sermones de los misioneros.
-¡Pues sí que habrás podido entender mucho! De seguro que tu madre te hubiera predicado mejor. ¿No te parece?
-Es cierto. Mi madre me dice a menudo cosas muy bonitas. Pero eso no quita que yo no vaya con gusto a oír a los misioneros, y creo haberlos entendido muy bien.
-Si me dices cuatro palabras de los sermones de esta tarde, te doy una propina.
-Dígame si quiere que le hable del primer sermón o del segundo.
-Sobre el que quieras. Basta que me digas cuatro cosas. ¿Te acuerdas de qué trató el primer sermón?
-Trató de la necesidad de entregarse a Dios y de no dejar para más adelante la conversión.
-Pero, en resumen, ¿qué se dijo-añadió el venerable anciano algo maravillado.
-Lo recuerdo bastante bien. Si quiere, se lo digo entero.

Y, sin más, comencé con el exordio, y seguí a continuación con los tres puntos, a saber: que el que difiere su conversión corre gran peligro de que le falte el tiempo, la gracia, o la voluntad. Él me dejó hablar por más de media hora, rodeado por toda la gente. Después empezó a preguntarme:
-¿Cómo te llamas? ¿Quiénes son tus padres? ¿Has ido mucho a la escuela?
-Me llamo Juan Bosco. Mi padre murió cuando yo era muy niño. Mi madre es viuda, con cinco personas que mantener. He aprendido a leer y escribir un poco.
-¿Has estudiado la gramática latina?
-No sé qué es eso.
-¿Te gustaría estudiar?
-¡Muchísimo!
-¿Quién te lo impide?
-Mi hermano Antonio.
-¿Y por qué Antonio no te deja estudiar?
-Porque como a él no le gustaba ir a la escuela, dice que no quiere que otros pierdan el tiempo estudiando como él lo perdía. Pero, si yo pudiese ir, sí que estudiaría y no perdería el tiempo.
-¿Y para qué quisieras estudiar?
-Para hacerme sacerdote.
-¿Y por qué quieres ser sacerdote?
-Para acercarme a hablar y enseñar la religión a tantos compañeros míos que no son malos, pero que se hacen tales porque nadie se ocupa de ellos.

Mi franqueza y, diría, mi audacia en el hablar causó gran impresión en aquel santo sacerdote, que, mientras yo hablaba, no me quitaba los ojos de encima.

Llegados entre tanto a un determinado punto del camino en que era menester separarnos, me dejó diciendo:
-¡Animo! yo pensaré en ti y en tus estudios. Ven a verme con tu madre el domingo, y todo lo arreglaremos.

Cuánto vale un amigo fiel

Fui, en efecto, al domingo siguiente con mi madre. Y convinieron en que él mismo me daría clase un rato cada día, a fin de que trabajase el resto en el campo, para condescender con mi hermano Antonio. Este se conformó fácilmente, ya que todo esto debía empezar después del verano, cuando ya no hay mucho trabajo en el campo. Me puse enseguida en las manos de don Juan Calosso, que sólo hacía unos meses que había venido a aquella capellanía. Me di a conocer a él tal como era. Le manifestaba con naturalidad mis deseos, mis pensamientos y mis acciones. Esto le agradó mucho, porque así me podía guiar con más conocimiento de la realidad en lo espiritual y en lo temporal.

Y así conocí cuánto vale un director fijo, un amigo fiel del alma, pues hasta entonces no lo había tenido. Me prohibió enseguida, entre otras cosas, una penitencia que yo acostumbraba a hacer y que no era proporcionada a mi edad y condición. Me animó a frecuentar la confesión y comunión, y me enseñó a hacer cada día una breve meditación y un poco de lectura espiritual. Los domingos pasaba con él todo el tiempo que podía. De este modo comencé a gustar la vida espiritual, ya que hasta entonces obraba más bien materialmente y como las máquinas que hacen las cosas sin saber por qué.

Hacia mediados de septiembre comencé los estudios de la gramática italiana, que aprendí pronto y practiqué con oportunas redacciones. Por Navidad empecé el Donato, y por Pascua ya traducía del latín al italiano, y viceversa.

Durante todo aquel tiempo no dejé los acostumbrados entretenimientos festivos en el prado, o en el establo durante el invierno. Todo cuanto mi maestro hacía o decía, la más mínima de sus palabras, me servía para entretener a mi auditorio. Veía el cielo abierto, pues había logrado mis deseos. Pero una nueva tribulación, más aún, un grave infortunio echó abajo todas mis ilusiones.

3- Se acabó toda esperanza

Los libros y la azada

Mientras duró el invierno y los trabajos del campo no urgían, mi hermano Antonio dejó que me dedicara a las tareas de la escuela.

Pero, en cuanto llegó la primavera, comenzó a quejarse. Decía que él debía consumir su vida en trabajos pesados, mientras que yo perdía el tiempo haciendo el señorito. Hubo vivas discusiones conmigo y con mi madre. Se determinó, al fin, para tener paz en casa, que por la mañana iría temprano a la escuela, y el resto del día lo emplearía en trabajos materiales.

Pero ¿cómo estudiaría las lecciones? ¿Cuándo haría las traducciones? Oíd. La ida y vuelta de la escuela me proporcionaba algún tiempo para estudiar. En cuanto llegaba a casa, agarraba la azada en una mano y en la otra la gramática, y camino del trabajo estudiaba: qui, quae, quod, etc., hasta que llegaba al tajo. Allí daba una mirada nostálgica a la gramática, la colocaba en un rincón, y me disponía a cavar, a escardar o a recoger hierbas con los demás, según necesidad.

A la hora en que los demás merendaban, yo me iba aparte, y mientras tenía enuna mano el pan que comía, con la otra mano sostenía el libro y estudiaba. La misma operación hacía al volver a casa. Y para hacer mis deberes escritos, el único tiempo de que disponía era durante las comidas y las cenas, más algún hurto hecho al sueño. Mas, a pesar de tanto trabajo y de tan buena voluntad, mi hermano Antonio no se daba por satisfecho. Un día, delante de mi madre y, después, delante de mi hermano José, dijo con tono imperativo:
-¡Ya he aguardado bastante! ¡Quiero acabar con tanta gramática! yo me hice grande y fuerte y nunca vi un libro.

Dominado en aquel momento por el pesar y la rabia, respondí lo que no debía:
-¡Pues mal hecho! -le dije-. ¿No tienes ahí a nuestro burro que es más grande que tú y tampoco fue a la escuela? ¿Quieres ser tú como él?

A tales palabras se puso furioso y, gracias a mis piernas, que, por cierto, me solían obedecer bastante bien, pude ponerme a salvo de una lluvia de golpes y pescozones.

Un puñado de días felices

Mi madre estaba afligidísima. Yo lloraba. El capellán don Juan Calosso sentía gran pena. Aquel digno ministro del Señor, enterado de los conflictos de mi casa, me llamó un día y me dijo:
-Has puesto en mí tu confianza, y no quiero que esto sea en vano. Deja a ese bendito hermano tuyo, vente conmigo y tendrás un padre amoroso. Comuniqué en seguida a mi madre la caritativa oferta, y hubo una gran alegría en la familia. Hacia el mes de abril comencé a vivir con el capellán de Morialdo, y sólo iba a casa por la noche, para dormir.

Nadie puede imaginar mi gran alegría. Don Juan Calosso se convirtió para mí en un ídolo. Le quería más que a un padre, rezaba por él y le servía con ilusión en todo. Además era un placer tomarse molestias por él y, diría, dar la vida por complacerle. Adelantaba más en un día con aquel sacerdote que una semana en casa. Y aquel hombre de Dios me apreciaba tanto, que me dijo varias veces:
-No te preocupes de tu porvenir. mientras yo viva, nada te ha de faltar. Y, si muero, también proveeré.

Don Juan Calosso se muere

Mis cosas marchaban con increíble suerte. Me consideraba feliz en todo y no deseaba nada del mundo, cuando un desastre truncó el camino de mis esperanzas. Una mañana de abril de 1828, don Juan Calosso me mandó a un recado a mi casa. Apenas había llegado, cuando una persona, corriendo, jadeante, me indica que vuelva inmediatamente junto al sacerdote, pues había sido atacado de un mal grave y preguntaba por mí.

Más que correr, volé junto a mi bienhechor. Le encontré en la cama, privado del habla. Sufría un ataque apopléjico. Me conoció, quiso hablar, pero no pudo articular palabra. Me dio la llave del dinero, haciendo gestos de que no la entregase a nadie. Tras dos días de agonía, el alma de aquel santo sacerdote volaba al seno delCreador. Con él morían todas mis esperanzas. Siempre he rezado por aquel mi insigne bienhechor, y jamás dejaré de hacerlo mientras viva. Llegaron los herederos de don Juan Calosso y les entregué la llave y todo lo demás.

4- Veinte kilómetros para ir a la escuela

Un seminarista de ojos brillantes

Aquel año, la divina Providencia me relacionó con un nuevo bienhechor: don José Cafasso, de Castelnuovo de Asti.

Era el segundo domingo de octubre de 1827, y celebraban los habitantes de Morialdo la maternidad de la Santísima Virgen. Era la solemnidad principal de la población. Unos estaban en las faenas de la casa o de la iglesia, mientras otros se convertían en espectadores o tomaban parte en juegos y pasatiempos diversos. A uno solo vi alejado de todo espectáculo, Era un seminarista. pequeño de estatura, de ojos brillantes, aire afable y rostro angelical. Se apoyaba contra la puerta de la iglesia. Quedé como subyugado con su figura, y aunque yo rozaba apenas los doce (quince) años, sin embargo, movido por el deseo de hablarle, me acerqué y le dije:
-Señor cura, ¿quiere ver algún espectáculo de nuestra fiesta? Yo le acompañaré con gusto adonde desee.

Me hizo una señal para que me acercase y empezó a preguntarme por mis años, por mis estudios; si había recibido la primera comunión, con qué frecuencia me confesaba, a dónde iba al catecismo y cosas semejantes. Quede como encantado de aquella manera edificante de hablar, respondí gustoso a todas las preguntas; después, casi para agradecer su amabilidad, repetí mi ofrecimiento de acompañarle a visitar cualquier espectáculo o novedad.

-Mi querido amigo -dijo él-: los espectáculos de los sacerdotes son las funciones de la iglesia. Cuanto más devotamente se celebran, tanto más agradables resultan. Nuestras novedades son las prácticas de la religión, que son siempre nuevas, y por eso hay que frecuentarlas con asiduidad. Yo sólo espero a que abran la iglesia para poder entrar.

Me animé a seguir la conversación y añadí :
-Es verdad lo que usted dice. Pero hay tiempo para todo: tiempo para la iglesia y tiempo para divertirse.
Él se puso a reír. Y terminó con estas memorables palabras, que fueron como el programa de las acciones de toda su vida:
-Quien abraza el estado eclesiástico se entrega al Señor, y nada de cuanto tuvo en el mundo debe preocuparle, sino aquello que puede servir para la gloria de Dios y provecho de las almas.

Entonces, admiradísimo, quise saber el nombre del seminarista, cuyas palabras y porte publicaban tan a las claras el espíritu del Señor. Supe que era el clérigo José Cafasso, estudiante del primer curso de teología, del cual ya había oído hablar en diversas ocasiones como de un espejo de virtudes.

Porvenir incierto

La muerte de don Juan Calosso fue para mí un desastre irreparable. Lloraba sin consuelo por el bienhechor fallecido. Cuando estaba despierto pensaba en él. Soñaba con él cuando dormía. Tan adelante fueron las cosas, que mi madre, temiendo por mi salud, me mandó por algún tiempo con mi abuelo a Capriglio.

En aquel tiempo tuve otro sueño. En él se me reprendía ásperamente por haber puesto mi esperanza en los hombres y no en la bondad del Padre celestial.

Mientras tanto, yo pensaba siempre en adelantar en los estudios. Veía a varios buenos sacerdotes que trabajaban en el sagrado ministerio; pero no podía acomodarme a un trato familiar con ellos. Me ocurrió a menudo encontrarme por la calle con mi párroco y su vicario. Los saludaba desde lejos y, cuando estaba más cerca, les hacía una reverencia. Pero ellos me devolvían el saludo de un modo seco y cortés y seguían su camino. Muchas veces, llorando, decía para mí y también a los otros:
-Si yo fuera cura, me comportaría de otro modo. Disfrutaría acercándome a los niños, conversando con ellos, dándoles buenos consejos. ¡Qué feliz sería si pudiese charlar un poco con mi párroco! Con don Juan Calosso tenía esta suerte. ¡Y que ahora no la tenga ya!

Mi madre, viéndome siempre afligido a causa de las dificultades que se oponían a mis estudios, desesperando de obtener el consentimiento de Antonio, que ya pasaba de los veinte años, determinó hacer la división de los bienes paternos. Había una gran dificultad, ya que José y yo éramos menores de edad y precisaba hacer muchas diligencias y soportar gastos considerables. Con todo, en poco tiempo se realizó aquella determinación.

Así que la familia se redujo a mi madre y a mi hermano José, que quiso vivir conmigo sin dividir las partes. Mi abuela había muerto hacía unos años (11 febrero 1826).

Cierto que, con aquella división, se me quitaba un gran peso de encima y se medaba plena libertad para seguir los estudios. Mas, para cumplir las formalidades de la ley se precisaron varios meses, con lo que no pude ir a las escuelas públicas de Castelnuovo hasta cerca de Navidad de 1828, cuando yo tenía trece años.

Juan Roberto sastre y cantor

La entrada en una escuela pública, con un maestro nuevo, después de haber estudiado en privado, fue para mí desconcertante. Tuve casi que comenzar la gramática italiana para pasar luego a la latina.

Durante algún tiempo iba desde casa todos los días a la escuela del pueblo; pero en lo más crudo del invierno me resultaba casi imposible. Entre las dos idas y las dos vueltas hacía casi cerca de veinte kilómetros al día.

Así que me pusieron a pensión con un buen hombre que se llamaba Juan Roberto, sastre de profesión, muy aficionado al canto gregoriano y a la música vocal. Como yo tenía bastante buena voz, me di con ardor al arte musical, de modo que en pocos meses logré formar parte del coro y ejecutar los solos con éxito. Deseando además ocupar las horas libres con alguna otra cosa, me puse a hacer de sastre. En poquísimo tiempo aprendí a pegar botones, a hacer ojales, costuras simples y dobles. Aprendí a cortar calzoncillos, camisas, pantalones, chalecos, y me parecía que ya era todo un señor sastre.

Mi amo, al verme adelantar en su oficio, me hizo propuestas bastante ventajosas para que me quedara a trabajar definitivamente con él. Pero mis planes eran muy otros: yo quería adelantar en los estudios. Por eso, mientras me ocupaba en muchas cosas para evitar el ocio, hacía todos los esfuerzos posibles para alcanzar el fin principal.

Un grupo de amigos

Durante aquel año tropecé con algún peligro por parte de ciertos compañeros. Querían llevarme a jugar durante las horas de clase y, como yo sacara la excusa de que no tenía dinero, me sugerían la forma de reunirlo robando a mi amo y también a mi madre. Para animarme a ello, me decía uno:
-Amigo, ya es hora de que despiertes. Hay que aprender a vivir en este mundo.

Quien tiene los ojos vendados no sabe por dónde camina. Ea, apáñate para tener dinero, y también tú gozarás de las diversiones de tus compañeros. Recuerdo que respondí así:
-No entiendo lo que quieres decir. Me parece que con tus palabras me aconsejas el juego y el robo. Pero ¿tú no rezas cada día: el séptimo, no hurtar? El que roba es un ladrón, y los ladrones acaban mal. Además que mi madre me quiere mucho, y si le pido dinero para cosas que no estén mal, me lo dará. Sin su permiso nunca he hecho nada; no quiero comenzar ahora a desobedecerla. Si tus compañeros hacen esto, no son buenos. Si no lo hacen, y lo aconsejan a los otros, son unos granujas y unos malvados.

Estas palabras corrieron de boca en boca, y nadie se atrevió a hacerme tan indignas propuestas. Es más, mi respuesta llegó a oídos del profesor, que desde entonces me apreció más. Lo supieron también los padres de muchos jovencitos, y aconsejaban por esto a sus hijos que viniesen conmigo. De esta forma pude fácilmente elegir un grupo de amigos que me querían y obedecían como los de Morialdo.

Mis cosas iban tomando muy buen cariz, cuando un nuevo incidente vino a trastornarlas. El señor Virano, mi profesor, fue nombrado párroco de Mondonio, en la diócesis de Asti. En abril de aquel año 1831, nuestro querido maestro tomaba posesión de su parroquia y le sustituía otro (Nicolás Moglia), que, con su incapacidad para la disciplina, casi echó a perder cuanto había aprendido en los meses anteriores.

5- Las escuelas de Chieri: tres cursos en un año

Volver a empezar desde el principio

Después de perder tanto tiempo, finalmente se tomó la decisión de que fuera a Chieri para dedicarme seriamente al estudio. Era el año 1831 (3 de noviembre).Quien se ha criado entre bosques y no ha visto más que un pueblecillo provinciano, queda muy impresionado ante cualquier novedad. Estaba de huésped en casa de una paisana: Lucía Matta, viuda con un solo hijo, la cual vivía en aquella ciudad para atenderle y vigilarle.

La primera persona a quien conocí fue al sacerdote don Eustaquio Valimberti, de santa memoria. Él me dio muchos y buenos consejos para mantenerme alejado de los peligros. Me invitaba a ayudarle a misa, lo que le daba ocasión para hacerme algunas sugerencias. El mismo me presentó al delegado de estudios de la escuela, y me hizo trabar conocimiento con otros profesores. Como los estudios hechos hasta entonces eran de todo un poco, que equivalían a casi nada, me aconsejaron entrar en la clase sexta (que hoy correspondería a un cuarto de básica).

El maestro de entonces, don Valeriano Pugnetti, también de grata memoria, tuvo para conmigo mucha caridad. Me ayudaba en la escuela, me invitaba a ir a su casa y, compadecido de mi edad y de mi buena voluntad, no ahorraba nada de cuanto pudiera ayudarme.Por mi edad y mi corpulencia (dieciséis años cumplidos) parecía un pilastrón en medio de mis compañeros, aún niños. Ansioso de sacarme de aquella situación, después de estar dos meses en la clase sexta y habiendo conquistado el primer puesto, fui admitido a examen para pasar a la clase quinta. Entré con gusto en la nueva clase, porque los condiscípulos eran algo mayores y tenía además como profesor al querido don Eustaquio Valimberti. Dos meses después, tras haber logrado varias veces ser el primero de la clase, fui admitido a otro examen por vía de excepción, y pasé así a la clase cuarta (que correspondería al sexto de básica).

El profesor de esta clase era José Cima, hombre severo en la disciplina. Cuando vio comparecer en su aula, a mitad de curso, a un alumno tan alto y corpulento como él, dijo bromeando delante de todos:
-He aquí un enorme talento o un topo. ¿Qué opináis?

Aturdido ante tal presentación, respondí :
-Algo de las dos cosas. Un pobre muchacho que tiene buena voluntad para cumplir su deber y progresar en los estudios.

Estas palabras fueron de su agrado y respondió con insólita afabilidad:
-Si usted tiene buena voluntad, ha caído en buenas manos; no le dejaré sin trabajo. Anímese y, si alguna dificultad encuentra, dígamelo en seguida, que yo se la allanaré. Se lo agradecí de corazón.

Un día me olvidé un libro

Hacía dos meses que estaba en aquella clase cuando ocurrió un pequeño incidente que dio algo que hablar sobre mí. Explicaba un día el profesor la vida de Agesilao, escrita por Cornelio Nepote. Aquel día no tenía yo mi libro y, para disimular mi olvido, sostenía abierto ante mí el Donato. Los compañeros se dieron cuenta de ello. Empezó uno a reír, siguió otro, hasta que cundió el desorden en la clase.
-¿Qué sucede? -dijo el profesor-; ¿qué sucede? Díganlo en seguida.

Y como todas las miradas se dirigiesen hacia mí, me mandó hacer la construcción gramatical del párrafo y repetir su misma explicación. Me puse de pie y, siempre con la gramática en la mano, repetí de memoria el texto, la construcción gramatical y la explicación. Los compañeros, casi instintivamente, aplaudieron, entre gritos de admiración.

Imposible explicar el furor del profesor, ya que era aquélla la primera vez en que, según él, le fallaba la disciplina. Me largó un pescozón, que esquivé agachando la cabeza. Después, con la mano sobre mi Donato, hizo explicar a los vecinos la razón de aquel desorden. Ellos dijeron:
-Bosco, con el Donato en las manos, ha leído y explicado como si tuviera el libro de Cornelio Nepote. Reparó el profesor en el libro sobre el que había apoyado la mano, me hizo continuar la «lectura» dos períodos más y después me dijo:
-Le perdono su olvido por su feliz memoria. Es usted afortunado. Procure servirse bien de ella. Al fin de aquel año escolar, 1831-32, pasé, con buenas calificaciones, al tercer curso (séptimo de EGB).

6- La Sociedad de la Alegría

Aprende por sí mismo

En estas cuatro primeras clases aprendí, bien que a mi costa, a tratar con los compañeros. Yo les tenía divididos en tres categorías: buenos, indiferentes y malos. A estos últimos debía evitarlos del todo y siempre, apenas los localizara. Con los indiferentes bastaba un trato de cortesía y convivencia. Con los buenos podía entablar amistad, siempre y cuando fueran verdaderamente tales.

Como en la ciudad no conocía a ninguno, me impuse la regla de no tener familiaridad con nadie. Sin embargo, hube de luchar, y no poco, con los que no conocía del todo. Unos se empeñaban en llevarme al teatro, otros al juego, algunos a nadar. Incluso a robar fruta por los huertos o en el campo. Hasta hubo un descarado que me aconsejó que robara a mi patrona un objeto de valor para comprarnos caramelos. Me fui liberando de aquella caterva de desgraciados, huyendo totalmente de su compañía tan pronto como los descubría. De ordinario respondía que mi madre me había confiado a mi patrona y que por el mucho cariño que mi madre le tenía, yo no quería ir a ninguna parte ni hacer nada sin el consentimiento de la buena Lucía, que ése era su nombre. Mi fiel obediencia a la señora Lucía me resultó útil; porque por ello me confió con gran placer a su único hijo, de carácter vivaracho, muy amigo de jugar y poco de estudiar. Me encargó le repasara las lecciones, aun cuando era de un curso superior al mío.

Yo me preocupé de él como de un hermano. Por las buenas, con algún regalillo,con entretenimientos caseros y, sobre todo llevándolo a las funciones religiosas, le hice bastante dócil, aplicado y obediente, al extremo de que, al cabo de seis meses, era ya tan bueno y aplicado que complacía al profesor hasta el punto de obtener premios de honor en la clase. La madre quedó tan satisfecha que, en pago, me perdonó del todo la pensión mensual.

Capitán de un pequeño ejército

Y como quiera que los compañeros que querían arrastrarme al desorden eran los más descuidados en sus deberes, también ellos empezaron a venir conmigo, para que hiciera el favor de dictarles o prestarles los apuntes escolares. Disgustó tal proceder al profesor, pues mi equivocada benevolencia favorecía su pereza. Y me lo prohibió severamente.

Acudí entonces a un medio más ventajoso, es decir. explicarles las dificultades y ayudar también a los más atrasados. Así agradaba a todos y me ganaba el bien querer y el cariño de los compañeros. Empezaron a venir para jugar, luego para oír historietas y para hacer los deberes escolares y, finalmente, venían porque sí, como los de Morialdo y Castelnuovo.

Para darles algún nombre, acostumbrábamos a denominar aquellas reuniones Sociedad de la Alegría. El nombre venía al pelo, ya que era obligación estricta de cada uno buscar buenos libros y suscitar conversaciones y pasatiempos que pudieran contribuir a estar alegres. Por el contrario, estaba prohibido todo lo que ocasionara tristeza, de modo especial las cosas contrarias a la ley del Señor. En consecuencia, era inmediatamente expulsado de la Sociedad el blasfemo, el que pronunciase el nombre de Dios en vano o tuviera conversaciones malas.

Así colocado a la cabeza de una multitud de compañeros, se pusieron de común acuerdo estas bases :
· Todo miembro de la Sociedad dc la Alegría debe evitar toda conversación y toda acción que desdiga de un buen cristiano.
· Exactitud en el cumplimiento de los deberes escolares y religiosos.

Todo esto contribuyó a granjearme el aprecio, al extremo de que en 1832 mis compañeros me honraban como a capitán de un pequeño ejército. Me reclamaban por todas partes para animar las diversiones, hacerme cargo de alumnos en sus propias casas, y también para dar clase y hacer repasos a domicilio. De este modo me facilitaba la divina Providencia la adquisición de cuanto necesitaba para ropas, objetos de clase y demás, sin ocasionar ninguna molestia a mi familia.

7- Días de alegría y de escuela

«Si no tienes un amigo que te corrija, paga a un enemigo»

Entre los que componían la Sociedad de la Alegría encontré a algunos verdaderamente ejemplares.

Merecen ser nombrados de entre ellos Guillermo Garigliano, de Poirino, y Pablo Braja, de Chieri. Estos tomaban parte con gusto en los juegos, con tal que primero se hicieran los deberes escolares. A los dos les gustaba el retiro y la piedad, y constantemente me daban buenos consejos.

Los días festivos, después de la reunión reglamentaria del colegio, íbamos a la iglesia de San Antonio, en donde los jesuitas tenían una catequesis estupenda, amenizada con algunos ejemplos, que aún guardo en la memoria. Durante la semana, la Sociedad de la Alegría se reunía en casa de uno de los socios para hablar de religión. A esta reunión iba libremente el que quería. Garigliano y Braja eran de los más asiduos.

Nos entreteníamos un poco en amenos recreos, con charlas piadosas, lecturas religiosas, oraciones, dándonos buenos consejos y avisándonos de los defectos personales que uno hubiese observado o de los que hubiera oído hablar a alguien. Sin que entonces lo supiese, practicábamos aquel aviso sublime: «Dichoso quien tiene un monitor», y aquello de Pitágoras: «Si no tienes un amigo que te corrija las faltas, paga un enemigo para que te haga este servicio ».

Una sola palabra en broma bastaba…

A más de estos amistosos entretenimientos, íbamos a oír sermones, a confesarnos y a recibir la santa comunión.

Bueno será os recuerde aquí que en aquel tiempo, la re1igión formaba parte fundamental de la educación. Al profesor que, aun en broma, dijera una palabra indecorosa o irreverente, se le privaba inmediatamente del cargo. Y si eso sucedía con los profesores, ¡imaginad la severidad que se empleaba con los alumnos indisciplinados y escandalosos!

Todos los días de la semana se oía la santa misa. Al empezar la clase se rezaba devotamente el ofrecimiento de obras, seguido del avemaría. Al acabar, la acción de gracias, seguida también del avemaría. Los días festivos se reunían los alumnos en la iglesia de la congregación. Mientras llegaban los jóvenes se hacía una lectura espiritual, a la que seguía el oficio de la Virgen. Después la misa y luego la explicación del Evangelio. Por la tarde, catecismo, vísperas e instrucción.

Todos debían recibir los santos sacramentos, y para impedir la negligencia en tan importantes deberes, había obligación de presentar, una vez al mes, la cédula de confesión. Quien no hubiese cumplido con este deber, no podía presentarse a exámenes de fin de curso, aunque fuera de los primeros de la clase. Esta severa disciplina producía maravillosos efectos. Se pasaban los años sin oír una blasfemia o una mala conversación. Los alumnos eran dóciles y respetuosos, en clase y en casa. Sucedía a menudo que en las clases, numerosísimas por cierto, aprobaban todos al fin de curso. Mis condiscípulos de tercero, cuarto y quinto aprobaron todos.

Un canónigo simpáticoPara mí, el acontecimiento más importante fue la elección de un confesor fijo en la persona del doctor Maloria, canónigo de la colegiata de Chieri. Me recibía siempre con bondad, cuantas veces iba a él. Es más, me animaba a confesar y comulgar con la mayor frecuencia. Era raro encontrar quien animase a la frecuencia de los sacramentos.

No recuerdo que ninguno de mis maestros me lo aconsejase.

El que iba a confesar y comulgar más de una vez al mes, era tenido por uno de los más virtuosos, y muchos confesores no lo permitían. yo creo que debo a mi confesor el no haber sido arrastrado por los compañeros a ciertos desórdenes que los jóvenes inexpertos han de lamentar muy a menudo en los grandes centros escolares. Durante estos años no olvidé a mis amigos de Morialdo. Mantuve siempre relación con ellos, y de cuando en cuando los visitaba los jueves. En las vacaciones de otoño, apenas sabían de mi llegada, venían a mi encuentro desde lejos, y siempre la convertían en una auténtica fiesta.

También entre ellos se introdujo la Sociedad de la Alegría. Se apuntaban en ella todos los que durante el año se habían distinguido por su conducta moral. Por el contrario, se daba de baja a los que se hubiesen portado mal, sobre todo si habían blasfemado o sostenido malas conversaciones.

8- Encuentro con Luis Comollo

El riesgo de un suspenso

Terminada la enseñanza básica, nos visitó el abogado y profesor don José Gozzani, Magistrado de la Reforma, y hombre de muchos méritos. Fue muy benévolo conmigo. Me quedó tan buen recuerdo de él y sentí por él tal gratitud, que de allí arrancaron la amistad y trato íntimo que siempre mantuvimos. Aquel bonísimo sacerdote vive todavía ( 1873) en Moltedo Superior, cerca de Oneglia, lugar de su nacimiento. Entre sus muchas obras de caridad, fundó una beca en nuestro colegio de Alassio (1 de marzo de 1872) para un jovencito que desee seguir la carrera eclesiástica.

Aquellos exámenes fueron muy rigurosos. Sin embargo, mis cuarenta y cinco condiscípulos pasaron todos a la clase superior, que corresponde al último curso de básica. Yo estuve a punto de ser suspendido, por haber dejado copiar el tema a otro. Si aprobé, se lo debo a la protección de mi venerado profesor, el padre Giusiana, dominico, que logró pudiese hacer un nuevo ejercicio, el cual me salió tan bien que obtuve la máxima calificación.

Había entonces la saludable costumbre de que en cada curso el municipio premiase al menos a un alumno con la dispensa de la matrícula, que era de doce liras. Para obtener este favor era preciso sacar sobresaliente en los exámenes y en la conducta moral. A mí me favoreció siempre la suerte; así que en todos los cursos estuve libre de pago.

Aquel año perdí uno de los compañeros más queridos. El muchacho Pablo Braja, mi querido e íntimo amigo, tras una larga enfermedad, modelo acabado de piedad, de resignación y de fe viva, moría el día… del año… (lO julio 1832), marchándose así a juntarse con San Luis, de quien se mostró devoto fiel toda su vida. Fue una pena para todo el colegio. A su entierro asistieron todos los compañeros. Y muchos, durante largo tiempo, iban los días de vacación a comulgar, a rezar el oficio de la Santísima Virgen o la tercera parte del rosario por el eterno descanso del alma del amigo fallecido.

Mas Dios se dignó compensar esta pérdida con otro compañero de la misma virtud, pero aún más notable por sus obras. Este fue Luis Comollo, del cual hablaré enseguida.

«A patadas y bofetones »

Terminé, pues el año de humanidades (último de básica) con bastante éxito, en forma tal que mis profesores, especialmente el doctor Pedro Banaudi, me aconsejaron pidiera examen para pasar a filosofía; y lo aprobé; pero como me gustaba el estudio de las letras, pensé que me iría bien seguir los estudios con regularidad y hacer la retórica en el curso 1834-35.

Precisamente aquel año comenzaron mis relaciones con Comollo. La vida de este excelente compañero ya fue escrita aparte, y la pueden leer todos cuando quieran. Anotaré aquí un hecho que fue ocasión de que le conociera entre los estudiantes de humanidades. Se comentaba entre los alumnos de nuestro curso que en aquel año se nos añadiría un alumno santo. Y se decía que era sobrino del cura de Cinzano, sacerdote anciano y muy conocido por su santa vida. Yo deseaba conocer al joven, mas no sabía su nombre.

Un suceso me lo puso al alcance.

Estaba muy en boga entonces el peligroso juego del fil derecho a la hora de entrar en la escuela. Los más disipados y menos amigos del estudio eran de ordinario los que más afición le tenían.

Hacía algunos días que veía a un tímido joven, como de unos quince años, que, al llegar a la escuela, escogía un lugar y, sin preocuparse del griterío de los demás, se ponía a leer o estudiar. Un compañero insolente se le acercó, le tomó por un brazo y pretendía que también él se pusiera a saltar.
-No sé -respondió el otro humildemente y mortificado-. No sé; nunca he jugado a estos juegos.
-Pues has de venir. De lo contrario te obligaré yo a patadas y bofetones.
-Puedes pegarme lo que quieras, pero no sé. No puedo y no quiero.

El mal educado y perverso condiscípulo, agarrándolo por el brazo, lo arrastró y ledio un par de bofetones, que resonaron por toda la escuela. Ante aquel espectáculo sentí hervir la sangre en mis venas. Esperaba que el ofendido, lógicamente, se vengase, tanto más cuanto que el ultrajado era mucho mayor que el otro en estatura y en edad. Pero cuál no fue mi maravilla cuando el joven desconocido, con la cara enrojecida y casi lívida, echando una mirada de compasión a su ofensor, le dijo solamente:
-Si con esto te das por satisfecho, dalo por terminado. Yo te perdono. Aquel acto heroico dejó en mí ganas de saber su nombre: era Luis Comollo, sobrino del cura de Cinzano, de quien tantos encomios se habían oído.

¡Vaya garrote!

Desde entonces le tuve por amigo íntimo, y puedo decir que de él aprendí a vivir como buen cristiano. Puse toda mi confianza en él, y él en mí. Nos necesitábamos mutuamente. Yo necesitaba su ayuda espiritual, y él la mía corporal. Comollo, por su gran timidez, nunca intentaba la propia defensa ni contra los insultos de los malos. Yo,en cambio, era temido por todos los compañeros, aun mayores de edad y estatura, por mi fuerza y coraje.

Lo había hecho patente un día con ciertos individuos que querían burlarse de Comollo y pegarle, lo mismo que a otro muchacho llamado Antonio Candelo, el caso clásico de chico bonachón. Quería yo intervenir en favor de ellos, y la ocasión no se hizo esperar. Viendo un día a aquellos inocentes maltratados, dije en alta voz:
-¡Ay de los que se burlen de éstos!

Muchos de los más altos y descarados se juntaron en defensa común, amenazándome a mí mismo, al tiempo que sonaban dos bofetadas en la cara de Comollo. En aquel instante me olvidé de mí mismo. Echando mano, no de la razón, sino de la fuerza bruta, al no encontrar a mi alcance ni una silla ni un palo, agarré por los hombros a un condiscípulo y me serví de él como de un garrote para golpear a mis enemigos. Cuatro cayeron tendidos por el suelo, y los otros huyeron gritando y pidiendo socorro. Mas… ¡ay! En aquel momento entró en el aula el profesor, y, al ver por el aire brazos y piernas en medio de un vocerío de padre y muy señor mío, se puso a gritar dando bofetadas a derecha e izquierda.

Iba a descargar la tempestad sobre mí, pero hizo que le contaran antes la causa del jaleo. Entonces dispuso que se repitiera la escena o, mejor, la prueba de aquella mi fuerza. Rió el profesor, rieron todos los alumnos, y fue tal la admiración, que no se pensó más en el castigo que me había merecido.

«Estás tan atento en tratar a los hombres…»

Comollo me daba lecciones muy diferentes. Apenas pudimos hablar a solas me dijo:
-Amigo mío, me espanta tu fuerza. Créeme, Dios no te la dio para destrozar a tus compañeros. El quiere que nos amemos los unos a los otros, que nos perdonemos y devolvamos bien a los que nos hacen mal. Admirado de la caridad de mi amigo, me puse en sus manos, dejándome guiar a donde quería y como quería.

De acuerdo con él y con mi amigo Garigliano, íbamos juntos a confesar, comulgar y hacer la meditación, la lectura espiritual, la visita al Santísimo y a ayudar la santa misa. Luis sabía insinuarse con tanta bondad, dulzura y cortesía que era imposible rechazar sus invitaciones. Recuerdo que un día, conversando con un compañero, pasé de largo por delante de una iglesia sin descubrirme la cabeza. El me dijo en seguida con gracia:
-Juan, estás tan atento en tratar a los hombres que te olvidas hasta de la casa del Señor.

9- Diversos sucesos

Mocito de café

Tras estos detalles de la vida escolar, contaré algunos sucesos que pueden servir de amena diversión. El año de humanidades cambié de pensión. Así podía estar más cerca de mi profesor don Pedro Banaudi, y condescender con un amigo de mi familia, llamado Juan Pianta, que abría aquel año un café en la ciudad de Chieri. Aquel hospedaje era ciertamente bastante peligroso. Pero viviendo con medios cristianos y continuando las relaciones con compañeros ejemplares, pude seguir adelante sin daños morales.

Los deberes escolares me dejaban mucho tiempo libre, que dedicaba, en parte, a leer los clásicos italianos y latinos, y, en parte, a fabricar licores y confituras. Al cabo de medio año estaba en condiciones de preparar café y chocolate, y dominaba los secretos y las fórmulas que me permitían confeccionar toda clase de dulces, licores, helados y refrescos.

Mi amo comenzó dándome albergue gratuito. Y, después, al considerar lo útil que podría serle para su negocio, me hizo proposiciones ventajosas con tal de que dejase todas las demás ocupaciones para dedicarme totalmente a aquel oficio. Pero yo trabajaba en ello sólo por gusto y diversión. Mi intención era la de seguir los estudios.

Una desgracia

El profesor Banaudi era un verdadero modelo de maestro. Había llegado a hacerse respetar y amar por todos los alumnos sin imponer nunca un castigo. Amaba a todos como a hijos, y ellos le correspondían como a un tierno padre.

Se determinó hacerle un regalo en el día de su fiesta onomástica para testimoniarle nuestro aprecio. A tal efecto acordamos preparar composiciones en prosa y en verso, y presentarle algunos obsequios que nosotros juzgamos serían de su agrado.

La fiesta resultó espléndida. No es para decir la alegría del maestro, que, para demostrarnos su satisfacción, nos llevó a comer al campo. Resultó un día felicísimo. Profesor y alumnos formaban un solo corazón y todos buscaban la manera de manifestar la alegría de su espíritu.

A la vuelta, antes de llegar a la ciudad de Chieri, el profesor se encontró con unforastero al que hubo de acompañar, dejándonos a nosotros solos durante un corto trecho de camino.

En aquel momento se acercaron algunos compañeros de clases superiores y nos invitaron a ir a bañarnos en un lugar llamado la Fuente Roja, que estaba a dos kilómetros y medio de Chieri. Yo, con algunos compañeros más, me opuse, pero inútilmente. Algunos vinieron conmigo a casa, y los otros se empeñaron en irse a nadar.

¡Desgraciada determinación! Pocas horas después de llegar nosotros a casa, vinieron corriendo, espantados y jadeantes, primero uno y luego los demás, diciendo:
-¿ Sabéis ? Felipe N., el que tanto insistió para que fuéramos a nadar, se ha ahogado.
-¿Cómo? -preguntamos todos al primero-. ¡Pero si se le tenía por un gran nadador!
-¿Qué queréis que os diga ? -siguió otro-. Para animarnos a sumergirnos en el agua, confiando en su pericia y no conociendo los remolinos de la peligrosa Fuente Roja, se tiró el primero. Esperábamos que saliera a la superficie, pero nos equivocamos. Nos pusimos a gritar, vino gente, se emplearon muchos medios, y, después de hora y media, no sin arriesgarse alguno, se logró sacar fuera el cadáver. Aquella desgraciacausó en todos profunda tristeza. Ni aquel año, ni el siguiente (1835) se oyó hablar a nadie de ir a nadar.

Hace algún tiempo me encontré con alguno de aquellos antiguos amigos y recordamos con verdadero dolor la desgracia sufrida por el infeliz compañero en el remolino de la Fuente Roja.

1O- Amistad con el judío Jonás

Crisis a los dieciocho años

Durante el año de humanidades, estando todavía en el café de Juan Pianta, entablé amistad con un joven hebreo llamado Jonás. Frisaba éste los dieciocho años. Era de hermosísimo aspecto y cantaba con una voz preciosa. Jugaba bien al billar. Nos conocíamos de encontrarnos en la librería de un tal Elías. Apenas llegaba al café, preguntaba por mí. Yo le tenía gran cariño, y él, a su vez, sentía por mí una granamistad. Rato libre que tenía, venía a pasarlo conmigo en mi aposento. Nos entreteníamos cantando, tocando el piano, leyendo y relatando mil historias.

Un día tomó parte en una reyerta, que podía acarrearle tristes consecuencias, por lo que corrió a aconsejarse conmigo. Yo le dije:
-Querido Jonás: si fueras cristiano, te acompañaría en seguida a confesarte; pero esto no te es posible.
-También nosotros vamos a confesarnos, si queremos.
-Vais a confesaros, pero vuestro confesor no está obligado al secreto, y no tiene poder para perdonar los pecados, ni puede administrar ningún sacramento.
-Si quieres acompañarme, iré a confesarme con un sacerdote.
-Yo te podría acompañar, pero se requiere una larga preparación.
-¿Cuál?
-La confesión perdona los pecados cometidos después del bautismo. Por lo tanto, si tú quieres recibir cualquier sacramento, se precisa recibir el bautismo primero.
-¿Qué debo hacer para recibir el bautismo?
-Instruirte en la religión cristiana, creer en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Entonces, sí podrías recibir el bautismo.
-¿Y qué ventajas me traería el bautismo?
-El bautismo te borra el pecado original y todos los pecados actuales, te abre la puerta para recibir otros sacramentos; en fin te hace hijo de Dios y heredero del paraíso.
-Entonces los judíos, ¿no nos podemos salvar?
-No, querido Jonás. Después de la venida de Jesucristo, los judíos no pueden salvarse sin creer en él.
-¡Pobre de mí si mi madre llega a enterarse de que quiero hacerme cristiano!
-No temas; Dios es el señor de los corazones, y si te llama para hacerte cristiano,
él hará de modo que tu madre se conforme o proveerá de otro modo al bien de tu alma.
-Tú que me aprecias tanto, si estuvieras en mi lugar ¿qué harías?
-Empezaría por instruirme en la religión cristiana; mientras tanto, Dios abriría los caminos para cuanto deba hacerse en lo porvenir. Toma, pues, el catecismo elemental y empieza a estudiarlo. Ruega a Dios que te ilumine y te haga conocer la verdad.

El drama familiar

Desde aquel día empezó Jonás a aficionarse al estudio de la fe cristiana. Venía al café y, después de echar una partida de billar, me buscaba para conversar sobre religión y catecismo.

En pocos meses aprendió la señal de la cruz, el padrenuestro, el avemaría, el credo y las verdades principales de la fe. Estaba contentísimo de ello y cada día que pasaba mejoraba en su conducta y en sus conversaciones.

Era huérfano de padre desde niño. La madre, de nombre Raquel, había tenido alguna vaga noticia de que el hijo se inclinaba a cambiar de religión, pero no sabía nada seguro.

La cosa se descubrió así. Un día, haciéndole la cama, encontró el catecismo que su hijo había dejado inadvertidamente entre el colchón y el jergón. Se puso a gritar por toda la casa, llevó el catecismo al rabino y, sospechando lo que sucedía, corrió a toda prisa en busca de Bosco, de quien había oído hablar muchas veces a su propio hijo. Imaginaos el tipo de la misma fealdad y tendréis una idea de la madre de Jonás.

Era tuerta, dura de oído, de nariz abultada, desdentada, labios gruesos, boca torcida y barbilla larga y puntiaguda. Tenía una voz que parecía un gruñido. Los judíos solían llamarla la Bruja Lilí, nombre con el que ellos indican lo más feo.

Su aparición me espantó, y antes de que pudiera rehacerme, empezó a decir:
-Sepa usted que se equivoca del todo. Usted ha sido el que pervirtió a mi Jonás. Lo ha deshonrado ante todos. No sé qué va a ser de él. Temo que se haga cristiano, y usted será el culpable.

Comprendí entonces quién era y de qué hablaba. Le expuse con toda calma que debía estar satisfecha y dar gracias a quien hacía el bien a su hijo.
-¿Qué bien? ¿Es que es algún bien hacerle a uno renegar dc su religión?
-Cálmese, buena señora -le dije-, y escúchenle. Yo no he buscado a su hijo Jonás; nos hemos encontrado en la librería de Elías.

Nos hicimos amigos sin saber cómo; él me, aprecia y yo le aprecio también mucho y, como amigo suyo de verdad, deseo que salve su alma y que pueda conocer la religión fuera de la cual no hay salvación para nadie. Advierta que yo le he dado un libro a su hijo, diciéndole únicamente que conozca nuestra religión y que, si él se hace cristiano, no abandona la religión hebrea, sino que la perfecciona.
-Si él se hace cristiano, deberá dejar a nuestros profetas, pues los cristianos no admiten a Abrahán, Isaac y Jacob, ni a Moisés ni a los Profetas.
-Nosotros creemos en todos los santos patriarcas y en todos los profetas de la Biblia. Sus escritos, sus palabras y profecías constituyen el fundamento de la fe cristiana.
-Si estuviera aquí nuestro rabino, él sabría responderle. Yo no sé ni la Mishná ni la Gemará (las dos partes del Talmud); pero ¿qué será de mi pobre Jonás? Dicho esto, se fue. Sería largo contar aquí los muchos ataques que me dirigieron la madre, el rabino y los parientes de Jonás. Y no hubo amenaza ni violencia que no empleasen también contra el animoso joven. Todo lo soportó y siguió instruyéndose en la fe.

Como peligraba su vida en familia, se vio obligado a abandonar su casa y vivió casi de limosna. Pero muchos le socorrieron. Y para que todo procediera con la debida prudencia, recomendé a mi amigo a un sabio sacerdote que le prodigó cuidados paternales.

Cuando estuvo bien instruido en religión y se decidió a hacerse cristiano, se celebró una gran fiesta, que fue de edificación para toda la ciudad y de estímulo para otros judíos, algunos de los cuales abrazaron más tarde el cristianismo. Los padrinos fueron los esposos Carlos y Octavia Bertinetti, los cuales proveyeron al neófito de cuanto necesitaba, de forma que, hecho cristiano, pudo ganarse honestamente el pan con su trabajo. El nombre que se le puso fue el de Luis.

11- Magia blanca

“Quemé mis composiciones”

Además de mis estudios y de diversos entretenimientos, como el canto, el piano, la declamación, el teatro, etc., a los que me entregaba con toda el alma, había aprendido otros varios juegos.

Los naipes, las bolas, las chapas, los zancos, los saltos, las carreras eran diversiones que me gustaban mucho y en las que, si no era consumado maestro, tampoco era mediocre. Muchos los había aprendido en Morialdo, otros en Chieri; y si en los prados de Morialdo era un aprendiz principiante, ahora ya podía competir con profesionales. Todo esto maravillaba no poco, ya que, como en aquella época apenas se conocían tales habilidades, parecían cosas del otro mundo.

¿Qué decir de los juegos de manos? A menudo daba sesiones en público y en privado, y como la memoria me favorecía bastante, me sabía al pie de la letra grandes párrafos de los clásicos, particularmente en verso. Estaba tan familiarizado con Dante, Petrarca, Tasso, Parini, Monti y otros que podía citarlos a capricho como si fueran cosa mía. Por eso me resultaba realmente fácil improvisar sobre cualquier tema.

En aquellas diversiones, en aquellos espectáculos, a veces cantaba, a veces tocaba o componía versos que se tenían por obras de arte, pero que en realidad no eran más que trozos de autores adaptados al tema propuesto. Por eso, nunca di mis composiciones a otros, y alguna que escribí procuré echarla al fuego.

Juegos de manos

Crecía la maravilla con los juegos de manos. Ver salir de una cajita pelotas y más pelotas, todas más gordas que la misma caja. Sacar de una bolsita huevos y más huevos, eran cosas que dejaban a todos boquiabiertos.

Cuando me veían recoger las voluminosas pelotas en la punta de la nariz de los asistentes y adivinar el dinero de los bolsillos ajenos; cuando, sólo al tocar con los dedos, se reducían a polvo monedas de metal, o se hacía aparecer a todo el auditorio bajo un horrible aspecto y hasta sin cabeza, entonces algunos comenzaron a pensar si no sería yo un brujo, ya que no podía realizar tamañas cosas sin intervención del demonio.

Un pollo vivo en la cazuela

Contribuyó a acrecentar esta fama el amo de mi casa, Tomás Cumino. Era éste un fervoroso cristiano y hombre de buen humor. Yo me aprovechaba de su carácter y de su simpleza, para hacérselas de todos los colores.

Un día había preparado, con mucho cuidado, un pollo en gelatina para obsequiar a los huéspedes en su día onomástico. Llevó el plato a la mesa. Pero, al destaparlo, saltó afuera un gallo que, aleteando, cacareaba escandalosamente.

Otra vez preparó una cazuela de macarrones, y, después de haberlos cocido bastante tiempo, cuando fue a echarlos en el plato salieron convertidos en puro salvado. Muchas veces llenaba la botella de vino y, al echarlo en el vaso, lo encontraba agua clara; pero se decidía a beber aquella agua y se le había trocado otra vez en vino.

Convertir las confituras en rebanadas de pan, el dinero de la bolsa en piezas inútiles de lata roñosa, el sombrero en cofia, y nueces y avellanas en saquito de guijarros, eran transmutaciones la mar de frecuentes.

El bueno de Tomás no sabía a qué carta quedarse.
-Los hombres -decía para sí- no pueden hacer tales cosas. Dios no pierde el tiempo en cosas inútiles. Luego el demonio anda de por medio.

Como no se atrevía a comentarlo con los de casa, se aconsejó con un sacerdote vecino, el reverendo Bertinetti. Y como éste también barruntase algo de magia blanca en todo aquello, decidió contárselo al Delegado del obispo en la escuela. Este era por entonces un respetable eclesiástico, el canónigo Burzio, arcipreste y párroco de la catedral.

Este, que era un señor muy instruido, piadoso y prudente, sin decir nada a nadie, me llamó «a dar explicaciones».

«Tú sirves al demonio o el demonio te sirve a ti»

Llegué a su casa mientras él rezaba el breviario, y, mirándome sonriente, me hizo sentar para que esperara un poco. Por fin me dijo que le siguiera a un saloncito, y una vez allí empezó a preguntarme con palabras corteses, pero con aspecto severo:
-Hijo mío, estoy muy contento de tu aplicación y de la conducta que has observado hasta ahora. Pero se cuentan ya tantas cosas de ti… Me dicen que conoces el pensamiento ajeno, que adivinas el dinero que los demás llevan en su bolsillo , que haces ver blanco lo negro y lo negro blanco, que conoces los hechos mucho antes de que sucedan y otras cosas por el estilo. Das mucho que hablar, y alguien ha llegado a sospechar que te sirves de la magia, y que en tus obras puede haber intervención del diablo. Dime, pues: ¿quién te enseñó todas estas ciencias? ¿Adónde fuiste a aprenderlas? Dímelo con toda confianza. Te doy mi palabra de que únicamente me serviré de ello para tu bien.

Con mucha naturalidad le pedí cinco minutos de tiempo para responder y le invité a que me dijera la hora exacta. Metió una mano en el bolsillo y no encontró el reloj.
-Si no tiene el reloj -añadí-, al menos deme una moneda de cinco céntimos.

El canónigo registró todos los bolsillos, y no encontró el monedero.
-Bribón -empezó a gritar montando en cólera-, tú sirves al demonio, o el demonio te sirve a ti. Me has robado el reloj y el monedero. Ya no puedo callar; estoy obligado a denunciarte, y aún no sé cómo te aguanto y no te propino una paliza.

Pero, al contemplarme tranquilo y sonriente, se calmó un tanto y continuó:
-Bueno, vamos a tomar las cosas con calma. Ea, explícame tus misterios. ¿Cómo te las has arreglado para que mi reloj y mi monedero se escapasen de mi bolsillo sin darme cuenta? ¿y adónde diablos han ido a parar esos objetos?
-Señor arcipreste -empecé a decirle respetuosamente-. Se lo explicaré en pocas palabras: todo es habilidad de manos, inteligencia previa o cosa preparada.
-¿Qué tiene que ver la inteligencia con esa desaparición de mi reloj y mi monedero?
-Se lo explico en dos palabras. Al llegar a su casa, estaba usted dando una limosna a una mendiga y dejó el monedero sobre un reclinatorio. Al pasar luego de una habitación a otra, depositó el reloj en la mesita. Yo escondí ambas cosas, y, mientras
usted pensaba que las llevaba consigo, resultó que estaban bajo esta pantalla. Y así diciendo, levanté la pantalla y aparecieron los dos objetos que, según él, el demonio ya había llevado a otra parte.

Rióse mucho el buen canónigo; me pidió que le hiciera algunos otros juegos de destreza y, cuando supo cómo se hacían aparecer y desaparecer los objetos, quedó muy satisfecho, me hizo un regalo y concluyó:
-Ve y di a tus amigos que la ignorancia es el pasmo de los ingenuos.

12- Las olimpiadas de Juan Bosco

«A la velocidad de un tren»

Demostrado que en mis habilidades no había nada de magia, de nuevo me entregué a reunir a mis compañeros y a divertirme como antes.

Sucedió por entonces que algunos levantaban hasta las nubes a cierto saltimbanqui, que había dado un espectáculo público recorriendo a pie la ciudad de Chieri de punta a punta en dos minutos y medio, que es casi el mismo tiempo que emplea una locomotora a gran velocidad.

Sin medir las consecuencias de mis palabras, dije que yo me desafiaba con el charlatán. Un compañero imprudente fue a contárselo a él, y heteme metido en un desafío:¡un estudiante desafía a un corredor de profesión!

El lugar escogido fue la alameda de la Puerta de Turín. La apuesta era de veinte liras. Como yo no tenía tal cantidad, varios amigos que pertenecían a la Sociedad de la Alegría me ayudaron.

Asistía una enorme multitud.

Comenzó la carrera, y mi rival me tomó unos pasos de ventaja. Pero enseguida gané terreno y le dejé tan atrás que se paró a la mitad de la carrera, dándome por ganada la partida.
-Te desafío o saltar -dijo-. pero hemos de apostar cuarenta liras, o más, si quieres.

La varita mágica

Aceptamos el desafío, y como le tocase a él la elección del lugar, fijó el salto: consistía en saltar un canal hasta el muro de contención. Saltó él primero y llegó a poner los pies junto al muro justamente. De esta manera, al no poder saltar más allá, yo podía perder, pero no ganar. Mas el ingenio vino en mi ayuda. Di el mismo salto, pero apoyé las manos sobre el parapeto o muro y caí de la otra parte. Me dieron un gran aplauso.
-Te desafío otra vez. Escoge el juego de destreza que prefieras.

Acepté y elegí el de la varita mágica, apostando ochenta liras. Tomé, pues, una varita, puse un sombrero en su extremo y apoyé la otra extremidad en la palma de ]a mano. Después, sin tocarla con la otra, la hice saltar hasta la punta del dedo meñique, del anular, del medio, del índice, del pulgar; la pasé por la muñeca, por el codo, sobre los hombros, a la barbilla, a los labios, a la nariz, a la frente; luego, deshaciendo el camino, volvió otra vez a la palma de la mano.

-No creas que voy a perder -dijo el rival-; éste es mi juego favorito.

Tomó la misma varita y, con maravillosa destreza, la hizo caminar hasta los labios, donde chocó con su nariz, un poco larga, y, al perder el equilibrio, no tuvo más remedio que agarrarla con la mano, porque se le caía al suelo.

«Nos hubiera gustado que ganase»

El infeliz, viendo que le volaba su dinero, exclamó casi furioso:
-Paso por todo, menos porque me gane un estudiante.

Pongo las cien liras que me quedan. Las ganará el que coloque sus pies más cerca de la punta de aquel árbol. Señalaba un olmo que había junto a la alameda. Aceptamos también esta vez. En cierto modo hasta nos hubiese gustado que ganase, pues nos daba lástima y no queríamos arruinarle.

Subió primero él, olmo arriba; llegó con los pies a tal altura, que a poco más que hubiera subido se hubiese doblado el árbol, cayendo a tierra el que intentase encaramarse más arriba. Todos convenían en que no era posible subir más alto.

Lo intenté. Subí cuanto fue posible sin doblar el árbol. Después, agarrándome en el árbol a dos manos, levanté el cuerpo y puse los pies un metro más arriba que mi contrincante. ¿Quién podrá nunca expresar los aplausos de la multitud, la alegría de mis compañeros, la rabia del saltimbanqui y mi orgullo por haber resultado vencedor, no de unos condiscípulos, sino de un campeón de charlatanes?

Una comida para veintidós estudiantes

En medio de su gran desolación, quisimos proporcionarle un consuelo. Compadecidos de la desgracia de aquel infeliz, le propusimos devolverle el dinero, si aceptaba una condición: pagarnos una comida en la fonda de Muletto. Aceptó agradecido. Fuimos en número de veintidós: ¡tantos eran mis partidarios!

La comida costó veinticinco liras y le devolvimos doscientas quince.

Fue aquel un jueves de gran alegría. Y yo me cubrí de gloria por haber ganado en destreza a todo un profesional. Los compañeros, contentísimos, porque se divirtieron a más no poder con el espectáculo y el banquete final. También debió de quedar contento el charlatán, que volvió a ver en sus manos casi todo su dinero y gozó también de la comida. Al despedirse dio las gracias a todos diciendo:
-Al devolverme el dinero, me evitáis la ruina. Os lo agradezco de corazón. Guardaré de vosotros grato recuerdo. Pero en la vida me volveré a desafiar con un estudiante.

13- Pasión por los libros

Dos tercios de la noche leyendo

Al verme pasar el tiempo tan disipado, diréis que necesariamente debía de descuidar los estudios.

No os oculto que habría podido estudiar más. Pero recordad que, con atender en clase, tenía suficiente para aprender lo necesario. Tanto más cuanto que entonces yo no distinguía entre leer y estudiar. Podía repetir fácilmente el argumento de un libro leído o expuesto por otro. Además, como mi madre me había acostumbrado a dormir más bien poco, podía emplear dos tercios de la noche en leer libros a mi placer y dedicar todo el día a trabajos de mi libre elección, como dar repaso o lecciones particulares, cosas que, aunque me prestaba a hacerlas por caridad o por amistad, no pocos me las pagaban. Había por aquel tiempo en Chieri un librero judío, de nombre Elías, con quien me relacioné asociándome a la lectura de los clásicos italianos. Pagaba un sueldo por cada volumen, que devolvía después de leído. Leía en un día un volumen de la Biblioteca Popular.

Al alba con Tito Livio en las manos El año último de básica lo empleé en la lectura de los autores italianos. En el de retórica, me di a estudiar los clásicos latinos, y comencé a leer a Cornelio Nepote, Cicerón, Salustio, Quinto Curcio, Tito Livio, Cornelio, Tácito, Ovidio, Virgilio,

Horacio y otros.

Yo leía aquellos libros por diversión. Me gustaban como si los entendiese totalmente. Sólo más tarde me di cuenta de que no era cierto, puesto que, ordenado sacerdote, habiéndome puesto a explicar a otros aquellas celebridades clásicas, entendí que, sólo después de mucho estudio y gran preparación, se alcanza el sentido justo y su calidad literaria. Pero los deberes escolares, las ocupaciones de los repasos, el mucho leer, requerían el día y una gran parte de la noche. Varias veces me sucedió que me pillaba la hora de levantarme con las Décadas, de Tito Livio, entre las manos, cuya lectura había empezado la noche anterior.

Esto arruinó de tal forma mi salud, que durante varios años mi vida parecía estar al borde de la tumba. Por eso siempre aconsejaré hacer lo que se pueda y no más. La noche se hizo para descansar, y, fuera del caso de necesidad, nadie debe dedicarse a estudios después de cenar. Un hombre robusto resistirá durante algún tiempo, pero acabará por dañar más o menos su salud.

14- Decisión de la vocación

«Mi poca fe en los sueños»

Mientras tanto, se acercaba el final del curso de retórica, época en que los estudiantes acostumbraban a decidir su vocación. El sueño de Morialdo estaba siempre fijo en mi mente.

Es más, se me había repetido otras veces de un modo bastante más claro, por lo cual, si quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico, hacia el que sentía, en efecto, inclinación. Pero la poca fe que daba a los sueños, mi estilo de vida, ciertos hábitos de mi corazón y la falta absoluta de las virtudes necesarias para este estado, hacían dudosa y bastante difícil tal deliberación.

¡Oh, si entonces hubiese tenido un guía que se hubiese ocupado de mi porvenir! Hubiera sido para mi un gran tesoro; pero este tesoro me faltó. Tenía un buen confesor, que pensaba en hacerme un buen cristiano, pero en cosas de vocación no quiso inmiscuirse nunca.

Aconsejándome conmigo mismo, después de haber leído algún buen libro, decidí entrar en la orden franciscana. Pensaba para mí:
-«Si me hago sacerdote secular, mi vocación corre riesgo de naufragio. Abrazaré el estado eclesiástico, renunciaré al mundo, entraré en el claustro, me daré al estudio, a la meditación, y así, en la soledad, podré combatir las pasiones, Especialmente la soberbia, que ha echado hondas raíces en mi corazón».

«Dios te prepara otro lugar»

Hice, pues, la demanda a los conventuales. Sufrí el correspondiente examen y me aceptaron. Todo quedó a punto para entrar en el convento de la Paz en Chieri. Pocos días antes del fijado para mi entrada, tuve un sueño bastante extraño. Me pareció ver una multitud de aquellos religiosos con los hábitos rotos, corriendo en sentido contrario los unos de los otros. Uno de ellos vino a decirme:
-«Tú buscas la paz, y aquí no vas a encontrarla. Observa la actitud de tus hermanos. Dios te prepara otro lugar: otra mies».

Quería hacer alguna pregunta a aquel religioso, pero un rumor me despertó y ya no oí nada más. Expuse todo a mi confesor, el cual no quiso oír hablarle de sueños ni de frailes. Me dijo:
-En este asunto es preciso que cada uno siga sus inclinaciones y no los consejos de los otros.

Una charla aclara el horizonte

Sucedió entre tanto algo que me impidió efectuar aquel mi proyecto. Como los obstáculos eran muchos y duraderos resolví exponer la cosa al amigo Comollo. Él me aconsejó que hiciera una novena, durante la cual escribiría a su tío párroco. El último día de la novena, en compañía de mi inolvidable amigo, confesé y comulgué. Oí después una misa y ayudé otra en el altar de Nuestra Señora de las Gracias, en la catedral. De vuelta a casa encontramos una carta del tío de Comollo, concebida en estos términos:

«Considerado atentamente todo lo expuesto, aconsejaría a tu compañero no entrar en un convento. Tome la sotana y, mientras sigue los estudios, conocerá mejor lo que Dios quiere de él. No tema perder la vocación, ya que con el recogimiento y las prácticas de piedad superará todos los obstáculos».

Seguí aquel consejo y me apliqué seriamente a cuanto pudiera ayudarme para vestir la sotana.

El cólera en Turín

Después del examen de retórica, sufrí el de la toma de hábito clerical en Chieri, precisamente en las actuales habitaciones de la casa de Carlos Bertinetti, que al morir nos dejó en herencia y que tenía alquiladas el arcipreste canónigo Burzio. Aquel año los exámenes no fueron en Turín, según costumbre, a causa del cólera que amenazaba a nuestros pueblos.

Quiero hacer notar aquí una cosa que da a conocer claramente hasta qué punto se cultivaba el espíritu de piedad en cl colegio (hoy instituto nacional) de Chieri. Durante los cuatro años en que frecuenté aquellas escuelas, no recuerdo haber oído una conversación o una sola palabra contra las buenas costumbres o contra la religión. Terminado el curso de retórica, de los veinticinco alumnos que componían la clase, veintiuno abrazaron el estado eclesiástico, tres se hicieron médicos y uno comerciante. Vuelto a casa para pasar las vacaciones, dejé de hacer el saltimbanqui y me di a las buenas lecturas, que, para vergüenza mía lo digo, había descuidado hasta entonces.

Seguí ocupándome de los niños, entreteniéndoles con historietas, agradables recreos y cantos religiosos. Es más, observando que muchos eran ya mayorcitos, pero muy ignorantes de las verdades de la fe, me apresuré a enseñarles, en primer lugar, las oraciones de cada día, y otras cosas importantes en aquella edad. Era aquello una especie de oratorio al que acudían unos cincuenta muchachos, que me obedecían y me querían como a un padre.

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