Una vida enmarcada por un sueño: 1815-1825

San Juan Bosco, Don Bosco, Memorias del Oratorio, Salesianos1- Año de hambre y un sueño

Hijo de campesinos

Nací el día consagrado a la Asunción de María al cielo del año 1815, en Morialdo, barrio de Castelnuovo de Asti. Mi madre se llamaba Margarita Occhiena, y era natural de Capriglio; y mi padre, Francisco. Eran campesinos. Se ganaban honradamente el pan de cada día con el trabajo y el ahorro. Mi padre, casi únicamente con sus sudores, proporcionaba sustento a la abuelita, septuagenaria y achacosa, y a tres niños, el mayor de los cuales, Antonio, era hijo del primer matrimonio. José era el segundo, y Juan el más pequeño, que soy yo. Además había dos jornaleros del campo.

Muerte del padre

No tenía yo aún dos años cuando Dios nuestro Señor permitió en su misericordia que nos turbara una grave desgracia. Un día, el amado padre, en plena robustez, en la flor de la edad, deseoso de educar cristianamente a sus hijos, de vuelta del trabajo, enteramente sudado, entró descuidadamente en la bodega, subterránea y fría. El enfriamiento sufrido se manifestó hacia el anochecer con una fiebre alta, precursora de un gran resfriado. Todos los cuidados resultaron inútiles. En pocos días se puso a las puertas de la muerte. Confortado con todos los auxilios de la religión, después de recomendar a madre confianza en Dios, expiraba, a la edad de treinta y cuatro años. Era el 12 dc mayo de 1817. No sé qué fue de mí en aquellas tristes circunstancias. Sólo recuerdo, y es el primer hecho de la vida del que guardo mi memoria, que todos salían de la habitación del difunto y que yo quería permanecer en ella a toda costa.
-Ven, Juanín; ven conmigo -repetía mi afligida madre.
-Si no viene papá, no quiero ir -respondía yo.
-Pobre hijo -añadió mi madre-, ven conmigo. ya no tienes padre.

Y dicho esto, rompió a llorar; me agarró de la mano y me llevó a otra parte,mientras yo lloraba al verla llorar a ella. Y es que, en aquella edad, no podía ciertamente comprender cuán grande desgracia es la pérdida del padre. Este hecho sumió a la familia en una gran consternación.

Penuria económica

Había que mantener a cinco personas y las cosechas de aquel año, nuestro único recurso, se perdieron por causa de una terrible sequía. Los comestibles alcanzaron precios fabulosos. El trigo se pagó hasta 25 liras la hémina (igual a 23 litros); y el maíz a 16 liras. Algunos testigos contemporáneos me aseguran que los mendigos pedían con ansia un poco de salvado con que suplir el cocido de garbanzos o judías para alimentarse. Se encontraron personas muertas en los prados con la boca llena de hierbas, con las que habían intentado aplacar su hambre canina. Me contó mi madre muchas veces que alimentó a la familia mientras tuvo con qué hacerlo. Después entregó una cantidad de dinero a un vecino, llamado Bernardo Cavallo para que fuese en busca de comestibles. Rondó éste por varios mercados, mas nada pudo encontrar ni a precios abusivos. Volvió al cabo de dos días, hacia el anochecer. Todos le esperaban, pero cuando dijo que volvía con el dinero en el bolsillo y que no traía nada, el miedo se apoderó de todos, ya que, dado el escaso alimento que habían tomado aquel día, eran de temer las funestas consecuencias del hambre para aquella noche. Mi madre, sin apurarse, pidió prestado a los vecinos algo que comer, pero ninguno pudo ayudarla.
-Mi marido -añadió entonces- me dijo antes de morir que tuviera confianza en Dios. Venid, hijitos míos, pongámonos de rodillas y recemos.

Tras una corta plegaria, se levantó y dijo:
-Para casos extraordinarios, medios extraordinarios.

Fue entonces a la cuadra, en compañía del señor Cavallo, mató un becerro y, haciendo cocer una parte a toda prisa, logró aplacar el hambre de la extenuada familia. Días más tarde pudo proveerse de cereales, traídos de muy lejos, a precios enormes.

Proponen a Margarita un nuevo matrimonio

Puede imaginarse lo que sufriría y se cansaría mi madre durante años tan calamitosos. Pero con trabajo infatigable y gran economía, sacando partido de los recursos más insignificantes, junto con alguna ayuda verdaderamente providencial, se pudo salvar aquella crisis de víveres. Mi propia madre me contó muchas veces estos hechos y me los confirmaron parientes y amigos.

Pasada aquella terrible penuria y alcanzada una mejor situación económica, alguien propuso a mi madre un matrimonio ventajoso, pero ella replicó siempre:
-Dios me dio un marido y me lo quitó. Tres hijos me dejó al morir, y yo sería una madre cruel si les abandonase en el preciso momento en que me necesitan.

Le dijeron que sus hijos quedarían bajo un buen tutor, el cual se ocuparía de todo.
-Un tutor -contestó la generosa mujer- es un amigo, mientras que la madre de mis hijos soy yo. No los abandonaré jamás, así me ofrezcan todo el oro del mundo. Su mayor cuidado fue instruir a los hijos en la religión, ensañarles a obedecer y tenerlos ocupados en trabajos compatibles con su edad.

La primera confesión

Era yo muy pequeño, y ella misma me enseñaba a rezar. Cuando ya fui capaz de unirme a mis hermanos, me ponía con ellos de rodillas por la mañana y por la noche y todos ,juntos rezábamos las oraciones y la tercera parte del rosario.

Recuerdo que ella me preparó para mi primera confesión. Me acompañó a la iglesia, se confesó antes que yo, me recomendó al confesor y después me ayudó a dar gracias. Siguió ayudándome hasta que me juzgó capaz de hacerlo dignamente yo solo.

A la escuela

Así llegué a los nueve años. Quería mi madre enviarme a la escuela, pero le asustaba la distancia, ya que estábamos a cinco kilómetros del pueblo de Castelnuovo. Mi hermano Antonio se oponía a que fuera a la escuela. Se arbitró una solución: durante el invierno iría a clase a Capriglio, pueblecito próximo, donde aprendí a leer y a escribir. Mi maestro era un sacerdote muy piadoso, que se llamaba don José Lacqua; fue muy amable conmigo y puso mucho interés en mi instrucción y sobre todo en mi educación cristiana. Durante el verano contentaría a mi hermano trabajando en el campo.

Un sueño que enmarca una vida

Tuve por entonces un sueño, que me quedó profundamente grabado para toda la vida.

En el sueño me pareció estar junto a mi casa, en un paraje bastante espacioso, donde había reunida una muchedumbre de chiquillos en pleno juego. Unos reían, otros jugaban, muchos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias, me metí enseguida en medio de ellos para hacerlos callar a puñetazos e insultos. En aquel momento apareció un hombre muy respetable, de varonil aspecto, noblemente vestido. Un blanco manto le cubría de arriba abajo. Su rostro era tan luminoso que no se podía fijar en él la mirada. Me llamó por mi nombre y me mandó ponerme al frente de aquellos muchachos, añadiendo estas palabras:
-Con golpes, no; sino que deberás ganarte a estos tus amigos con la mansedumbre y la caridad. Ponte, pues, ahora mismo a enseñarles la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud. Aturdido y espantado, dije que yo era un pobre muchacho ignorante, incapaz de hablar de religión a aquellos muchachos. En aquel momento cesaron ellos en sus riñas, alborotos y blasfemias y rodearon al que hablaba. Sin casi saber lo que me decía, añadí:
-¿Quién sois vos para mandarme estos imposibles?
-Precisamente porque esto te parece imposible, debes convertirlo en posible con la obediencia y la adquisición de la ciencia.
-¿En dónde? ¿Cómo podré adquirir la ciencia?
-Yo te daré la Maestra. Bajo su disciplina podrás llegar a ser sabio, pero sin Ella toda sabiduría se convierte en necedad.
-Pero ¿quién sois vos que me habláis de este modo?
-Yo soy el Hijo de Aquella a quien tu madre te acostumbró a saludar tres veces al día.
-Mi madre me dice que no me junte con los que no conozco, sin su permiso.
Decidme, por tanto, vuestro nombre.
-Mi nombre pregúntaselo a mi Madre.

En aquel momento vi junto a él una Señora de aspecto majestuoso, vestida con un manto que resplandecía por todas partes, como si cada uno de sus puntos fuera una estrella refulgente. Ella, al verme cada vez más desconcertado en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercase, y tomándome bondadosamente de la mano, me dijo:
-Mira.

Al mirar me di cuenta de que aquellos muchachos habían desaparecido. Y vi en su lugar una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y varios otros animales. La majestuosa Señora me dijo:
-He aquí tu campo, he aquí en donde debes trabajar. Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas que ocurre en estos momentos con estos animales, lo deberás hacer tú con mis hijos. Volví entonces la mirada, y en vez de los animales feroces, aparecieron otros tantos mansos corderillos que, haciendo fiestas al Hombre y a la Señora, seguían saltando y balando a su alrededor.

En aquel momento, siempre en sueños, me eché a llorar. Pedí que se me hablase de modo que pudiera comprender, pues no alcanzaba a entender qué quería representar todo aquello. Entonces Ella me puso la mano sobre la cabeza y me dijo:
-A su debido tiempo, todo lo comprenderás.

Dicho esto, un ruido me despertó y todo desapareció.Quedé muy aturdido. Me parecía que tenía deshechas las manos por los puñetazos que había dado, y que me dolía la cara por las bofetadas recibidas. Y, después, aquel personaje y aquella Señora llenaron mi mente de tal modo, con lo dicho y oído, que ya no pude reanudar el sueño aquella noche.

¿Capitán de bandoleros?

Por la mañana conté en seguida aquel sueño; primero a mis hermanos, que se echaron a reír, y luego a mi madre y a la abuela. Cada uno lo interpretaba a su manera.

Mi hermano José dijo: «Tú serás pastor de cabras, ovejas y otros animales». Mi madre:
« ¡Quién sabe si un día serás sacerdote! ». Antonio, con dureza: «Tal vez capitán de bandoleros». Pero la abuela, analfabeta del todo, con ribetes de teólogo, dio la sentencia definitiva: «No hay que hacer caso de los sueños».

Yo era de la opinión de mi abuela. Pero nunca pude echar en olvido aquel sueño. Lo que expondré a continuación dará explicación de ello. Yo no hablé más de esto, y mis parientes no le dieron la menor importancia. Pero cuando el año 1858 fui a Roma para tratar con el Papa sobre la Congregación Salesiana, él me hizo exponerle con detalle todas las cosas que tuvieran alguna apariencia de sobrenatural.

Entonces conté, por primera vez, el sueño que tuve de los nueve a los diez años. El Papa me mandó que lo escribiese literal y detalladamente y lo dejara para alentar a los hijos de la Congregación. Esta era precisamente la finalidad de aquel viaje.

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