Meditación para el día miércoles: El Juicio

Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco, Parroquia Espíritu Santo, Las CharcasPor Juicio entendemos la sentencia que el Salvador dará al fin de nuestra vida, y con la que fijará la suerte de cada uno por toda la eternidad.

Apenas haya salido el alma del cuerpo, enseguida comparecerá ante el Divino Juez.

Lo que puede hacer muy terrible este comparecer es que el alma se encuentra ante un Dios al cual ha despreciado y desobedecido, y el cual conoce todos los secretos del corazón, y todos los pensamientos, palabras y acciones de cada persona.

San Pablo dice: “cada uno tendrá que presentarse ante el tribunal de Cristo para darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo, y para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal”.

San Agustín habla así explicando cómo será el juicio que nos espera: “Pecador cuando comparezcas ante el Creador para ser juzgado, te presentarás ante un Juez que ha oído todo lo que has dicho, que ha visto cuanto has hecho y ha leido en tu cerebro todos tus pensamientos y deseos, como lo dice el Salmo 138. Ante tí tendrás a tu conciencia que te recordará todo lo que has hecho, pensado y dicho, lo bueno y lo malo, con uan exactitud admirable; todos podemos repetir las palabras del Salmo: “¿A dónde podré ir Señor lejos de tu mirada? Si voy hasta lo más alto del cielo, allí estás Tú, y si me hundo en el más profundo abismo, allí te encuentro. Si voy hasta el extremo del oriente, allí estás presente y si huyo hasta el extremo occidente, allá también me encontraré contigo”.

El libro del Apocalípsis cuenta lo siguiente: “Entonces se abrirá el libro de la vida donde está escrito lo que cada uno hizo, y cada cual será juzgado según sus obras”.

Imaginemos como puede ser aquel juicio: Dice el Juez: ¿Quién eres tú? -Yo soy un buen cristiano creyente- le responderás -Bien, seguirá diciendo el juez -si eras cristiano creyente, debiste actuar como tal. Vamos a ver: ¿Cómo cumpliste los diez mandamientos? ¿El 1ro.? ¿el 2do.? ¿el 3ro.? ¿Qué tal recibías los sacramentos? ¿Frecuentemente? ¿Bien y con fervor? ¿Con qué atención escuchabas los sermones? ¿Qué tanto leías la Sagrada Escritura? ¿Qué libros buenos leíste y propagaste?

¿De qué maneras aceptabas las correcciones que te hicieron tus padres y superiores?¿Dabas buen ejemplo a los demás? ¿Ayudabas a los necesitados? ¿Qué tan generosas eran tus limosnas a los templos y a los pobres? ¿Cuántos pequeños sacrificios me ofreciste? ¿Callabas las palabras que no debías decir? Recordabas aquel aviso que dejé dicho “Hasta que una palabra indebida tendrán que dar cuenta en el día del Juicio”.

¿Con qué exactitud cumplías los deberes de cada día?

Que terrible será si el Divino Juez tiene que decir: “Que mal correspondiste a tantas gracias y a los innumerables favores que el cielo te dió. Tan pronto empezaste a tener uso de razón, comenzaste a ofender a tu Dios. Mentiras, desobediencias, pequeños robos, peleas, mal comportamiento en el templo y en la clase y en el recreo y hasta en la calle; y descuido y pereza en el cumplimiento de tus deberes. Luego en tu adolescencia: pensamientos impuros y acciones indebidas; conversaciones inmorales y malas amistades. Empezaste a dejar de asistir a la misa de los domingos y a tratar mal a tus padres y familiares. Estallidos de mal genio no controlados; respuestas irrespetuosas; ah, sí al menos al llegar a mayor te hubieras corregido. Pero no. Tu malicia fue aumentando. Tus pensamientos y acciones se fueron volviendo peores. Cuantos malos ejemplos diste y a cuantas personas. Cuantas confesiones hechas sin arrepentimiento y cuantas comuniones recibidas sin fervor, y cuantas veces habrías podido confesar y comulgar y no lo hiciste por descuido y pereza.

Pero quizás lo más espantable les sucederá a quienes dieron escándalo o mal ejemplo. Imaginemos cómo podrá ser. Se dirigirá disgustado el Divino Juez hacia quien daba malos ejemplos y enseñaba a pecar y le dirá: “¿Ves aquella alma que camina por las sendas del pecado? Pues fuiste tu con tus conversaciones corrompidas y tus malos ejemplos quien le enseñó a practicar la maldad. Tú, como cristiano creyente debías haber enseñado con los buenos consejos y el buen ejemplo a los demás como portarse bien y ganarse el paraíso, pero hiciste perder la sangre que derramé por esas almas y les enseñaste el camino de la eterna perdición”.

A otra persona le dirá: “¿Ves aquella alma que se corrompió y se perdió? Fuiste tú quien con malos consejos y males acciones me la robó y la entregó al demonio, poniéndole en peligro de condenarse eternamente. La Justicia Divina reclama a tu alma el mal que le hiciste a aquella otra alma infeliz”.

¿Qué te parece este examen? ¿Qué te dice tu conciencia? Todavía estás a tiempo para corregirte y salvarte. Pide perdón a Dios cada día por tus pecados. El ha dicho: “Un corazón arrepentido, Dios nunca lo desprecia”.

Tienes que hacer ya desde hoy un serio propósito de convertirte, de cambiar de vida y empezar a ser mejor y de preferir cualquier mal y hacer cualquier sacrificio con tal de no ofender a Nuestro Señor.

Y cuando tengas que sufrir frío, hambre, sed, humillaciones, enfermedades, disgustos, malos tratos, tristezas, falta de dinero o de comodidades, o hacer trabajos que te cuestan, aprovecha esta gran oportunidad que se te presenta para pagarle al Señor las deudas que le tienes, y dile una y otra vez: “Oh Señor, todo esto lo acepto y te lo ofrezco por tu amor, y para obtener el perdón de los pecados”.

Algunos se imaginarán que el examen si es muy severo pero que podemos presentar excusas. Aquí en la tierra si es fácil excusarse y decir que no tuvimos la culpa. Pero ante el Juicio de Dios todo es distinto. El te podría decir: “¿Qué no sabías que esto había que hacerlo y aquello evitarlo? ¿Y no te lo dijeron en los sermones y en las clases de catecismo y no lo leíste en los buenos libros? Y tu conciencia no te andaba repitiendo: “No hagas esto, no digas aquello. Haz el bien y evita el mal”.

Pero, dirá algún pecador, allí en el juicio me defenderán la Virgen y los Santos. ¿De veras? Ojalá que sea así. ¿Pero si era tan poquito y tan malo lo que rezabas? No te tendrán ellos que decir: “¿No nos reconociste como amigos en la tierra y ahora quieres que te reconozcamos como amigos en la eternidad?”

Al momento de dictar sentencia, el miedo que invadirá a quien murió en enemistad con Dio será tan grande, que el Libro Santo lo describe así: “Dirán a los montes: “sepultadnos” y a las montañas “escondednos”, pero aquellos no se moverán. Solo les resta ver abrirse el infierno a sus pies”.

Pensemos ahora como dicta el Juez inexorable la tremenda sentencia. Después de decir con inifinita bondad a los buenos “Venid benditos de mi Padre a gozar del Reino que os está esperando en el cielo”, y de invitarlos a entrar a gozar para siempre en el Paraíso, se volverá muy serio hacia los que se dedicaron a obrar el mal, y les dirá: “Id malditos al fuego eterno, preparado, para el diablo y para los que los siguen. Allí ser el llanto y el crujir de dientes”.

Proferidas estas palabras, mientras los buenos entran cantando el Aleluya al Paraíso, los malos caerán en manos de los demonios que los arrastrarán a los abismos de penas y miserias.

San Alfonso hace esta emocionante descripción: “El alma, al redibir su sentencia de condenación, antes de alejarse para siempre dirigirá su última mirada al cielo y en el colmo de su desconsolación dirá: “Adiós compañeros y amigos que habitan el Reino de las Gloria. Adiós familiares que se han salvado. Ustedes gozarán para siempre mientras yo iré a las condenación eterna. Adiós ángeles y santos. Desde este momento dejo de ser hijo de Dios y seré para siempre esclavo del demonio en el infierno. ¡Adiós, adiós, adiós!”.

¿No temes que sea dictada contra ti una sentencia parecida? Por amor a Jesús y a María. Por amor a tu alma y a tu felicidad, prepárate con buenas obras y con una conductas santa a recibir una sentencia favorable. Para que puedas oír de labios de Jesús aquellas sus hermosas palabras: “Porque has sido fiel en lo poco, yo te constituiré sobre lo mucho.Entra al gozo de tu Señor”.

Oh Jesús: Tú que has dicho: “No juzguen y no serán juzgados por Dios. Non condenen y no serán condenados por Dios”, concédeme la gracia de no juzgar jamás a nadie y de no condenar nunca a ninguno y así obtener para el día del Juicio no recibir de Ti la sentencia de condenación.

María: que en el día del Juicio tan tremendo me ibre de caer al honor horrendo. Oh madre, tu amor e intercesión. Amén.

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