Don Bosco Novena

Novena a Don Bosco: Día 09

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Acto de Contrición

Jesús mi Señor y Redentor: yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar, y confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis culpas, y me has de llevar a la vida eterna.

Oración Inicial

Señor Dios Padre Celestial: Tú que has suscitado en San Juan Bosco un Educador admirable para la juventud, un benefactor eficaz para los pobres y angustiados, y un generoso bienhechor para los que necesitan salud, empleo, facilidades de estudio, tranquilidad espiritual, conversión u otra gracia especial, y que con el Auxilio de la Virgen María le has permitido hacer tantos y tan admirables prodigios a favor de los devotos que la rezan con fe, concédenos imitarlo en su gran interés por salvar almas, y por obtener el mayor bien espiritual y corporal para el prójimo. Que recordemos siempre que el bien que hacemos a los demás, lo recibe tu Hijo Jesús como hecho a Él mismo y que debemos hacer a los otros todo el bien que deseamos que los demás nos hagan a nosotros.

Por la intercesión de tan amable Protector, concédenos las gracias que te pedimos en esta novena…

 [En este punto, en silencio, pide los favores que deseas obtener]

Desde ahora aceptamos que se cumpla siempre y en todo tu Santísima Voluntad, pero te suplicamos humildemente que tengas misericordia de nosotros, remedies nuestros males, soluciones nuestras situaciones difíciles y nos concedas aquellos que más necesitamos para nuestra vida espiritual y material.

Todo esto te lo suplicamos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, quien contigo y el Espíritu Santo, vive y reina y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Súplica a María Auxiliadora

Oh María, Virgen Poderosa, grande e ilustre defensora de la Iglesia; Admirable Auxiliadora de los Cristianos; Terrible contra los enemigos del alma como un ejército en orden de batalla. Tú que has triunfado de las herejías y de los errores del mundo, consuélanos en nuestras angustias.

Fortalécenos en nuestras luchas. Asístenos en los momentos difíciles. Protégenos contra los adversarios de la salvación y a la hora de la muerte llévanos al gozo eterno del Paraíso. Amén.

Día Noveno

Consideración: La muerte de Don Bosco

Su salud va decayendo cada día más. Tiene 72 años. Su organismo está totalmente desgastado de tanto trabajar. Durante 40 años un continuo dolor de cabeza (que a veces parece que me ha va hacer saltar la tapa del cráneo, tan violento es- dice Don Bosco), lo atormenta. Pero nadie lo sabe, sólo su médico. Un dolor agudísimo en un ojo lo ha hecho sufrir lo indecible durante 30 años, hasta que ha perdido el ojo, pero nadie, fuera de sus más íntimos amigos, lo ha sabido. Nunca los dolores han hecho desaparecer la sonrisa de sus labios ni la alegría de su corazón. Desde su primer año de sacerdote (y ya lleva 47 de ordenado) adquirió, por confesar en una cárcel inmunda, un brote molestísimo por toda su piel, pero nunca ha demostrado impaciencia por las torturas que esto le propicia. Una protuberancia dolorosa en la espalda le hace sufrir mucho mientras confiesa y sin embargo pasa 10 o 12 horas seguidas confesando, y sólo se nota que sufre, por algunos movimientos involuntarios que a veces tiene. Sólo a la hora de su muerte, al cambiarlo de ropa, vinieron a notarlo. Nunca habló de ella ni se quejó lo más mínimo. Jamás nadie, al verlo siempre tan alegre, hubiera creído que sufría tanto. Sus dolores de muelas eran tan desesperantes que a veces algunos jóvenes le pidieron que les pasara entre ellos ese dolor mientras predicaba y sufrieron tanto, tantísimo en ese rato, que creyeron enloquecer. Y él los aguantaba con la calma más admirable, todo por el reino de Dios y la salvación de las almas de sus discípulos a quienes tanto amaba.

Pero ya al final de 1887 su organismo no es capaz de resistir más. Tiene el hígado atascado. Los riñones en condiciones desastrosas; los pulmones deshechos, y la parálisis bloquea sus piernas (ya desde 20 años atrás venía sufriendo de hinchazón y dolores en las piernas, y así con ese martirio tenía que estarse horas y horas ante la puerta de la oficina de l os Ministros de gobierno para obtener algunas ayudas para los niños pobres).

El médico declara: “El cuerpo de Don Bosco es como una máquina a la cual han hecho trabajar sin descanso día y noche por años y años. Ya no hay nada que pueda curarlo. No muere de enfermedades. MJuere de desgaste total por tanto trabajar”.

El 20 de diciembre de 1887 escribe sus últimos mensajes. Toma unas estampas de María Auxiliadora (las estampas que siempre repartía en todas partes) y escribe en ellas los siguientes pensamientos para que sean enviados a sus discípulos y amigos.

“Haced pronto muchas obras buenas, porque después puede faltaros tiempo para hacerlas”.

“Si hacemos el bien, obtendremos bienes en esta vida y premio en la eternidad”.

“El más grande enemigo de Dios es el pecado”.

“Oh María: sé la salvación del alma mía”.

“Al final de la vida se recoge el fruto de las buenas obras”.

“Los jóvenes son los preferidos de Dios y de la Virgen María”.

“Quien salva el alma, salva todo. Quien pierde su alma, lo pierde todo”.

“Quien ayuida a los pobres, será generosamente recompensado en el tribunal de Dios”.

“Qué grande recompensa tendremos por todo el bien que hayamos hecho en la vida”.

El 29 de diciembre de 1887 manda llamar a sus dos más íntimos amigos: El Padre Rúa y Monseñor Cagliero y les dice: “Escribid para todos mis discípulos del mundo esta recomendación mía: ‘Amaos siempre como hermanos, ayudaos unos a otros, soportaos vuestros defectos fraternalmente'”.

Ninguna preocupación terrena lo preocupa. Está desprendido de todo. Al Padre Biglieti, su secretario, le dice: “Busca en los bolsillos de mi sotana. Saca la cartera a ver si hay algún dinero. Creo que no hay nada, pero si hay algo se lo darás inmediatamente al ecónomo. Quiero que se sepa que Don Bosco nació pobre y murió sin un centavo”.

Puede partir tranquilo. Deja la comunidad salesiana en manos de su más fiel y santo discípulo: el padre Miguel Rúa. Son 768 salesianos y 267 novicios. En Europa, 38 colegios para niños pobres y en América 26, todos dirigidos admirablemente por los religiosos que él ha formado. A la iglesia católica le ha conseguido en sus 47 años de sacerdocio más de 6000 sacerdotes. Ha obrado más de 800 milagros (par ala causa de canonización la Iglesia aceptó 650, de dichos milagros) como Jesús, ha pasado su vida haciendo el bien.

El 2 de diciembre celebra su última misa (en adelante sólo puede asistir a la Santa Misa y comulgar). El 6 de diciembre va por última vez a su queridísima Iglesia: el Santuario de María Auxiliadora, que con tanta fe y tanto sacrificio y amor ha levantado en honor de la Reina del Cielo. Asiste a la despedida de los misioneros que salen para el Ecuador. Es la 12va. expedición de Misioneros que Don Bosco envía a tierras de América. No les puede hablar en voz alta pero desde su sillón de enfermo asiste al sermón que su delegado les dirige. Luego todos los misioneros pasan junto a él y arrodillándose le besan las manos llorando, antes de partir para las lejanas tierras. Con emoción les recomienda: “Propagad la devoción a la Santísima Virgen en esas tierras. Si supiereis cuántas almas quiere ganar María Auxiliadora para el cielo por medio de los salesianos”.

El 29 de enero (fiesta de su gran amigo San Francisco de Sales) recibe por última vez la Sagrada Comunión. Ya ha dado sus últimas recomendaciones: “Decid a todos que trabajen mucho. El trabajo y la templanza harán florecer a la Congregación. Propagad siempre y en todas partes la Devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora. Tened gran obediencia al Santo Padre el Papa. Tratad bien a todos, hasta a los más humildes. Os espero a todos en el Paraíso”. En su habitación se reúnen los salesianos llenos de angustia profunda.

El santo ha caído en un sopor del cual no sale sino cuando le hablan del Paraíso. Cuando la campana de la torre da el toque del Ángelus, sus salesianos lo invitan a rezar a la Virgen, y se le oye recitar en voz baja: “Jesús, María, os doy el corazón y el alma mía…Madre, ábreme las puertas del Paraíso”. La parálisis se extiende hora por hora.

Los principales periódicos del mundo han enviado a sus corresponsales y publican cadea día los boletines acerca de la salud del santo.

El Papa León XIII pregunta cada mañana a su secretario: “¿Y Don Bosco cómo amaneció?”. Le envía una bendición especialísima.

El Cardenal de Turín viene cada día a visitarlo. Miles de personas oran por él.

Al verlo sufrir tanto (en ninguna posición en la cama logra descansar; en todas sufre muchísimo) alguien le dice al oído: “Don Bosco recuerde los sufrimientos de Jesús en la cruz y ofrézcale a él sus sufrimientos”
-Si, sí -responde- eso procuro hacer siempre.

Monseñor Cagliero le administra la Extremaunción o Unción de los Enfermos. Es una escena emocionante. Todos lloran. Don Bosco parece un ángel. Monseñor Cagliero no es capaz de contenerse y estalla también en llanto.

Le dice al oído que le ha llegado la bendición del Santo Padre. Esto lo consuela mucho.

El 30 de enero de 1888 Don Bosco entra en agonía. Los médicos dicen que dentro de pocas horas partirá para la eternidad. La noticia corre como un rayo. Todos los religiosos y todos los alumnos del inmenso plantel quieren despedirse de su amadísimo educador. Van desfilando junto a su cama de enfermo y cada uno estampa un beso cálido en su mano semiparalizada. Son más de ochocientos. Toda la tarde están desfilando.

Por la noche, su más grande y fiel amigo, el Padre Rúa, se arrodilla junto a él y le dice al oído: “Don Bosco…aquí estamos sus hijos, sus discípulos a quienes tanto amó. Le pedimos perdón por todos los disgustos que le hemos dado, por todo lo que ha tenido que sufrir por nuestra culpa. En señal de su perdón total, yo le guiaré su mano para que nos dé su bendición” y le fue llevando la mano hasta trazar la cruz de bendición sobre todos sus discípulos y amigos.

Enero 31 de 1888: Son las 4:30 de la madrugada. Los salesianos rodean el lecho de su fundador. Don Belmonte al sentir que ha cesado el estertor que duraba ya hora y media y que por un instante la respiración se ha tornado regular y tranquila, exclama: “Don Bosco se muere”. Todos caen de rodillas, Monseñor Cagliero reza: “Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, expire en vuestros brazos y en paz el alma mía”.

El moribundo lanza tres suspiros y su corazón deja de palpitar.

Don Bosco había muerto. Tenía 72 años, 5 meses y 15 días. El reloj señalaba las 4:45 del día 31 de enero de 1888.

La noticia apareció en todos los periódicos importantes del mundo (hasta en los de Colombia). Los diarios de Turín tuvieron que hacer tres y más ediciones en ese día y era tanta la gente que quería saber datos acerca del gran santo que quien conseguía el periódico lo leía en voz alta para todos los que lo rodeaban, en plazas, calles y mercados.

Toda la gran ciudad se dirigió hasta el sitio donde Don Bosco acababa de morir. Más de 40,000 personas desfilan aquel día ante el cadáver. Toda la noche estuvo también la iglesia abierta porque era tanta la gente que quería despedirse de él que a ninguna hora se pudieron cerrar las puertas del templo.

El cadáver revestido de los ornamentos para celebrar misa fue colocado sentado en un sillón. Allí mismo aquel día se obraron varias curaciones milagrosas.

El Padre Rúa al comunicar la muerte de su gran amigo exclamó: “Hemos perdido un padre en la tierra pero hemos ganado un intercesor en el cielo”. Y así fue. Los milagros empezaron a multiplicarse de una manera que nadie lo había previsto.

El entierro fue el 3 de febrero (desde el 31 había estado el cadáver expuesto a la veneración continua del público que llegaba de todas partes).

Más de cien mil personas acudieron a ver pasar la humilde carroza que llevaba a su última morada al amigo de los pobres y de los niños. Ese hijo del pueblo y bienhechor del pueblo, recibió dele pueblo una conmovedora demostración de veneración, de cariño y gratitud en ese día.

Cerca de 20,000 fieles escoltaron la carroza fúnebre en su largo recorrido. Desde los más ricos señores de la capital hasta los más pobres lustrabotas de los barrios alejados quisieron acompañarlo. Obispos y larguísimas filas de sacerdotes iba precediendo los funerales. El cadáver fue depositado en las afueras de la ciudad; en un colegio salesiano llamado Valsálice, y allí permaneció hasta que el Papa Pío XI lo declaró Santo. Desde entonces reposa en el bellísimo altar en la Basílica de Turín, donde peregrinos del mundo entero van a visitarlo, y obtienen de su poderosa intercesión los más variados favores del cielo.

Ejemplo: El segundo milagro de Don Bosco para la canonización.
Ana Maccolini tenía flebitis. Una pierna enormemente hinchada, le era imposible moverla. Por arteriosclerosis estaban en peligro de morir por gangrena en la pierna enferma. Dos médicos declararon que ya no tenía curación. La enferma tomó una reliquia de Don Bosco (una tela que le había pertenecido al Santo Sacerdote) y se la colocó en la pierna enferma. Inmediatamente la pierna quedó curada, desapareció la hinchazón y Ana pudo moverse con toda facilidad.

Práctica

Haré que otras personas conozcan a San Juan Bosco. Para ello repartiré novenas o biografías suyas.

Gozos

Santo que nunca desoyes a quien confiado te implora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

Enséñanos la humildad con que ascendiste a esa altura donde hoy tu gloria fulgura en eterna claridad; y prodiga con ternura al que sufre y al que llora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

Deslumbraste de belleza, blanco lirio inmaculado la Iglesia te ha proclamado por tu angélica pureza, de la inocencia dechado, de castidad bella aurora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

El trabajo y la oración fueron tu gloria y anhelo, siempre pensando en el cielo, donde estaba tu corazón. Torna de nuestra alma el hielo en hoguera abrasadora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

¡Dadme almas! era el clamor de tu celo prodigioso, el salvarlas fue tu gozo y llevarlas al Señor, ese era el fin poderoso de tu obra redentora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

Suave apóstol de los niños, protector de su inocencia. En la tierna adolescencia colocaste tus cariños. Y cuan brillante la excelencia de tu obra educadora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

Lleno de firme confianza en el auxilio divino, proseguiste tu camino en Dios puesta la esperanza. Y Él sempre en tu ayuda vino con su mano protectora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

De la Virgen bajo el faro colocaste tus labores; por ti, ella da sus favores y es de los hombres amparo. Envía al mundo los fulgores de esa luz consoladora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

De tu obra el fundamento fue la Santa Eucaristía, pues tu alma unida vivía al Divino Sacramento. Jesús Hostia te infundía esa constancia creadora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

¡Oh Apóstol! ¡Oh Padre! ¡Oh Santo!, atiéndenos bondadoso, cambia nuestro llanto en gozo, tú que ante Dios puedes tanto, y en ti halle amparo amoroso la humanidad pecadora

Ruega, Padre, por nosotros a María Auxiliadora.

Oración Final

¡Oh! San Juan Bosco, Padre y Maestro de la Juventud, que tanto trabajaste por la salvación de las almas: se nuestro guía para bien de la nuestra, y la salvación del prójimo. Ayúdanos a vencer las pasiones y el respeto humano; enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Auxiliadora y al Papa, e implora de Dios para nosotros una santa muerte, a fin de que logremos reunirnos contigo en la gloria. Amén.

Padre Amado, haz que seamos tan santos como lo eras tú.

Padre Nuestro

Ave María

Gloria

Salve – por la conversión de los pecadores.

San Juan Bosco, ruega por nosotros.

Señal de la Cruz

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