El inicio de la gran obra salesiana

DB01Ciudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Internet

Fuente: Memorias del Oratorio. Autor: San Juan Bosco

Los Salesianos contamos con algunas fechas importantes; días que marcaron la historia de la gran obra fundada por nuestro Padre Don Bosco y que, gracias a cada uno de los acontecimientos, existe la Congregación hoy en día. Algunas de estas fechas son poco conocidas pero, en esta oportunidad, te compartiremos talves una de las más importantes: el inicio del Oratorio Festivo.

Para que no te quedes con la duda, aunque en otro artículo te lo explicaré más a detalle,
el Oratorio Festivo era el lugar en donde Don Bosco reunía a sus muchachos para
compartir un poco de catecismo, de juegos, oración; además de enseñarles a leer y escribir,
participar de la Santa Misa y darles alimento.

Pues bien, fue el 8 de diciembre de 1841, justo antes de iniciar la Misa, que Don Bosco conoce a un muchacho, con quien se iniciará la gran obra salesiana. Pero, mejor dejaré que sea el propio Don Bosco quien te cuente como fue este momento.

Tomado de las Memorias del Oratorio (Autobiografía de Don Bosco)

Apenas entré en la Residencia Sacerdotal de San Francisco, me encontré con una bandada de muchachos que me acompañaban por calles y plazas hasta la misma sacristía de la iglesia de la Residencia. Pero no podía ocuparme de ellos directamente por falta de local. Un feliz encuentro me ofreció la ocasión para intentar llevar a la práctica el proyecto en favor de los muchachos errantes por las calles de la ciudad, especialmente de los salidos de las cárceles.

El día solemne de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre de 1841, estaba, a la hora establecida, revistiéndome de los ornamentos sagrados para celebrar la santa misa. El sacristán José Comotti, al ver un jovencito en un rincón, le invitó a que me ayudara la misa.

-No sé hacerlo, respondió él, muy avergonzado.
-Ven, dijo el otro, tienes que ayudar.
-No sé, contestó el jovencito; no lo he hecho nunca.
-Eres un animal, le dijo el sacristán muy furioso. Si no sabes ayudar, ¿entonces a qué vienes aquí?

SanJuanBosco (8)Y diciendo esto, agarró el mango del plumero y la emprendió a golpes contra las espaldas y la cabeza del pobre chico. Entonces yo grité en alta voz:
-Pero ¿qué haces? ¿Por qué le pegas de ese modo? ¿Qué te ha hecho?
-¿A qué viene a la sacristía si no sabe ayudar a misa?
-Haces mal.
-¿Y a usted qué le importa?
-Me importa mucho; se trata de un amigo mío; llámalo en seguida que voy a hablar con él.
Se puso a llamarlo:
-¡Oye, pillo!
Y corriendo tras él y asegurándole mejor trato, lo condujo de nuevo. Llegó temblando y llorando el pobre chico por los golpes recibidos.
-¿Ya has oído misa?, le dije con la mayor amabilidad que pude.
-No, respondió.
-Ven y la oirás; después querría hablarte de un negocio que te va a gustar.

Accedió sin mayor dificultad. Era mi deseo quitarle la mala impresión recibida del sacristán. Celebrada la santa misa y terminada la acción de gracias, llevé al muchacho al coro. Asegurándole que no tenía por qué temer más palos, con la cara sonriente empecé a preguntarle como sigue:
-Amigo, ¿cómo te llamas?
-Bartolomé Garelli.
-¿De qué pueblo eres?
-De Asti.
-¿Vive tu padre?
-No, murió ya.
-¿Y tu madre?
-También murió.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis.
-¿Sabes leer y escribir?
-No sé.
-¿Has hecho ya la primera comunión?
-Todavía no.
-¿Te has confesado?
-Sí, cuando era pequeño.
-Y ahora, ¿vas al catecismo?
-No me atrevo.
-¿Por qué?
-Porque los compañeros pequeños saben el catecismo y yo; tan mayor; no sé nada. Por eso tengo vergüenza de ir a la catequesis.
-Y si yo te diera catecismo aparte; ¿vendrías?
-Vendría con mucho gusto.
-¿Te gustaría que fuese aquí mismo?
-Vendría con gusto; siempre que no me peguen.
-Estate tranquilo; nadie te tocará: serás amigo mío y tendrás que vértelas sólo conmigo. ¿Cuándo quieres que comencemos nuestro catecismo?
-Cuando le plazca.
-¿Esta tarde?
-Sí.
-¿Quieres ahora mismo?
-Pues sí; ahora mismo; con mucho gusto.

Me levanté e hice la señal de la cruz para empezar; pero mi alumno no lo hacía porque no sabía hacerla. En aquella primera lección me entretuve en enseñarle a hacer la señal de la cruz y en darle a conocer a nuestro Señor Creador y el fin para que nos creó. Aunque de flaca memoria, en pocos domingos, dada su asiduidad y atención, logró aprender las cosas necesarias para hacer una buena confesión y poco después haría su primera comunión. A este primer alumno se unieron otros. Durante aquel invierno me dediqué a algunos mayorcitos que necesitaban una catequesis especial y, sobre todo, a los que salían de las cárceles. Entonces palpé por mí mismo que, si los jóvenes sa1idos de un lugar de castigo encontraran una mano bienhechora, que se ocupara de ellos, les asistiera los días festivos, les buscara colocación con buenos patronos y les visitara durante la semana, estos jóvenes se daban a una vida honrada, olvidaban el pasado y resultaban, al fin, buenos cristianos y dignos ciudadanos.

Este es el origen de nuestro Oratorio, que con la bendición del Señor, tomó tal incremento como yo nunca hubiera podido imaginar.

 

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